ARTÍCULO

México y sus revoluciones

Tusquets, Ciudad de México
 

La coincidencia en el tiempo de los dos centenarios capitales para la historia de México –el de la insurrección independentista y el de la Revolución– ofrece una oportunidad excepcional para establecer un balance necesario: «Hay que celebrar dos siglos, no solo dos fechas» (Enrique Krauze). Más aún cuando esa historia ha sido tan tormentosa y sus huellas siguen sin ser del todo borradas, aun cuando sólo sea en forma de mitos como el zapatismo. También sigue en pie la cuestión de la identidad, que arranca nada menos que de la consideración de la conquista como un hecho catastrófico, siendo el origen del poder criollo aún hoy vigente, mientras que la nacionalidad mexicana enlaza con el pasado azteca. A la hora de conmemorar, la forma de saltar por encima de las contradicciones y de los agujeros negros ha consistido mayoritariamente en una exaltación de los momentos heroicos, del grito de Dolores lanzado por el cura Hidalgo a la entrada en Ciudad de México de Zapata y Villa.
Sería injusto, en todo caso, no apreciar el rigor de grandes exposiciones, como la oficial sobre La construcción de la nación, en el Palacio Nacional, o la del pintor José Clemente Orozco en el Colegio de San Ildefonso, cuyas imágenes desgarradoras de la revolución deshacen la visión tópica de la misma como un festival de heroísmo. Es, de todos modos, la excepción confirmadora de la regla de que en la imagen presentada de la revolución dominó la dimensión romántica, con los auténticos revolucionarios en primer plano, los citados Villa y Zapata, los constructores Carranza y Obregón –bastante sanguinarios, eso sí–, oscurecidos, como la Constitución de 1817 y, sobre todo, en el más absoluto olvido los «revolucionados», quienes sufrieron la revolución, a los que Enrique Krauze, siguiendo a Luis González, devuelve la palabra en unas páginas de este De héroes y mitos, para destapar un panorama de muerte, hambre y violaciones.
Krauze parte en su último libro de esa oscilación pendular entre la pertinencia del doble balance y el pesimismo sobre las posibilidades de que sea realizado adecuadamente. «El 2010 llegó justo a su tiempo, ni antes ni después. ¿Estamos preparados los historiadores para la alta reflexión que nos corresponde? Lo dudo mucho». Krauze no se limita a emitir un juicio generalizador, sino que en el capítulo «Desvaríos académicos» somete a un juicio implacable a determinados participantes en el congreso organizado en 2007 prematuramente por la UNAM, luego editado, e incluso a quienes pretendieron llegar los primeros en la organización del bicentenario sin cuidarse de los mimbres imprescindibles para hacer el texto, con hermosas portada e impresión, mas sin incluir temas capitales como la cultura, «el fruto mayor de la revolución» (Octavio Paz) o la cuestión obrera. «Los historiadores –advierte Krauze en otro momento– nos quedamos penosamente cortos en el esfuerzo de desmitificación porque, con la excepción de Jean Meyer y Luis González, no nos detuvimos a criticar de manera suficiente cada fragmento del mito; no juzgamos con el equilibrio debido el Porfiriato, no dimos cuenta del hambre, la enfermedad, el desarraigo, la desolación y la muerte que provocó la Revolución… ¿Era necesaria tanta destrucción?».
Falta tal vez en el libro de Krauze una reflexión similar sobre la insurrección que finalmente desemboca en la independencia. El autor había trazado ya un cuadro esclarecedor de las figuras de Hidalgo y de Morelos en Siglo de caudillos (1994), con anotaciones muy precisas sobre su pensamiento político, así como de la significación de los cambios registrados en la valoración cívica del primero, lo que de paso ilustra cómo Krauze va ampliando y profundizando su reflexión de los temas, de aquel libro a este De héroes y mitos. Los personajes, sean protagonistas o quienes escribieron sobre ellos, son objeto de giros sucesivos que nos informan sobre su personalidad y sobre el doble marco histórico: aquel en que actuaron los primeros y desde el que emitieron sus juicios los segundos. Se trata a veces de juicios contradictorios, sobre la conquista y Cortés (recordemos aquí el magnífico capítulo en La presencia del pasado [2005] sobre «la progenie de Cuauhtemoc»), sobre Hidalgo, sobre el fugaz emperador Agustín de Iturbide. Por supuesto, Krauze no olvida el tremendo legado de violencia que deja la forma de la insurrección dirigida por Hidalgo desde un primer momento: «la terrible convicción, puesta en práctica una y otra vez, de que la violencia, sólo la violencia, redime». El «¡mueran los gachupines!», rápidamente materializado con una matanza de masas en Guanajuato, la capital minera, pocos días después del grito de Dolores, respondía sin duda al odio contenido de los indígenas oprimidos, pero no fue un buen comienzo. Tampoco deja de lado Krauze el precio económico de la guerra por la independencia, que lleva muy pronto al rápido fracaso de un emperador Iturbide incapaz siquiera de pagar a las tropas y de obtener empréstitos razonables. Algo que habría de marcar la historia de México hasta la década de 1880.
La cuestión es saber hasta qué punto la cuesta abajo económica es un resultado de las presiones sociales que la insurrección independentista libera, de sus odios y frustraciones ante una sociedad tan injusta como la colonial, o si intervienen en el desastre las estrategias adoptadas por los líderes del movimiento. El levantamiento por la independencia, bajo una u otra fórmula, inevitable, según reconoce el propio Félix María Calleja, el general español vencedor de Hidalgo, en una famosa frase cien veces citada («este vasto reino pesa demasiado sobre una metrópoli cuya existencia vacila»), la última vez en la imaginativa novela histórica de no ficción escrita por Jean Meyer, Camino a Baján (Barcelona, Tusquets, 2010), donde se acumulan los datos documentales demostrativos de la afirmación subsiguiente de Calleja: «Sus naturales y aun los mismos europeos están convencidos de las ventajas que les resultarían de un gobierno independiente». Es la mejor explicación de la futura conducta de Iturbide y del Plan de Iguala. Otra cosa es que la insurrección tomara el curso destructivo que acaba con la riqueza minera, con los transportes, con la producción textil, por lo cual desde 1821 hasta los años ochenta el país vive al borde de la bancarrota. De ahí la fragilidad de los gobiernos civiles, la cascada de pronunciamientos al hispánico modo, las guerras civiles, los múltiples fusilamientos y la sucesión de poco heroicas deslealtades y traiciones. El México palacial descrito por Alejandro de Humboldt se convirtió en un caserón en ruinas, listo para ser invadido y desmembrado. Para la génesis del desastre, conviene recordar textos como el proyecto de confiscación de bienes de adictos al gobierno español, redactado en 1812 e incluido en la Historia documental de México, donde es propuesta la quema del tabaco, de los ingenios de azúcar, para añadir que «estas mismas medidas deben tomarse contra las minas, destruyendo sus obras, y las haciendas de metales, sin dejar ni rastro, porque en esto consiste únicamente nuestro remedio»: a la independencia desde la igualdad en la miseria.
Difícil independencia, reiteradamente amenazada, en el curso de la cual la penuria de los recursos y la debilidad de las instituciones fue bien que mal cubierta por personalidades que, con no menor frecuencia, ejercieron un liderazgo carismático. Lector temprano de Carlyle, y justo perceptor de su influencia sobre Max Weber, Krauze no pretende escribir una historia de héroes, aun cuando en Siglo de caudillos describiera México como el país carlyleano por excelencia, un juicio hoy rectificado, sino simplemente destacar el papel de esos líderes en los dos siglos de pasado mexicano, «con el propósito de conocerlos y comprenderlos, nunca deificarlos». El rigor del trabajo histórico, acorde con la máxima de Godelier de que la historia no explica nada, sino que debe ser explicada, encuentra el complemento en una sensibilidad hacia el objeto de estudio, observable tanto en De héroes y mitos como en la luminosa conferencia sobre Porfirio Díaz, incluida en un libro ahora reeditado: Milada Bazant (coord.), Ni héroes ni villanos, Ciudad de México, Miguel Ángel Porrúa, 2010). «Todos eran mexicanos, todos pensaron y creyeron lo mejor para el país», comprendidos Iturbide y Maximiliano de Habsburgo, propone en ella Krauze. Lo cual no le impide seguir estimando en De héroes y mitos que la matanza de estudiantes del 2 de octubre de 1968, en la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, fue un crimen de Estado donde el PRI mostró su cara de dictadura asesina, haciendo imprescindible el tránsito a la democracia en México. Allí no hubo héroes; los villanos, ocultos hasta ahora en sus responsabilidades, mostraron su verdadero rostro.
Estamos ante un rasgo más que contribuye a apreciar la personalidad intelectual y moral de Enrique Krauze, autor de una sucesión de estudios magistrales gracias a los cuales resulta posible conocer, amar y compartir el dolor por un país.

01/05/2011

 
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