ARTÍCULO

Ciencia, evolución y creacionismo

Alianza, Madrid
Trad. de Miguel Ángel Coll
232 pp. 16,50 €
 

Si se accede a la página web de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos (www.nasonline.org), en su parte izquierda aparece el programa de actividades. Entre otras está la denominada «Recursos en evolución». Quizá sería más conveniente ofrecer el acceso directo a la página de tales recur¬sos (www.nationalacademies.org/evolution), pero si me he permitido la licencia de dirigir primero al lector a la página principal es por la sencilla razón de mostrarle que el tema de la enseñanza y la difusión de la evolución biológica preocupa, y mucho, a la probablemente más prestigiosa de las academias científicas. Esta institución viene desarrollando desde hace décadas una serie de documentos sobre la evolución biológica. El último de ellos, denominado Ciencia, evolución y creacionismo, ha sido preparado por una comisión de miembros especialistas de la Academia junto con otros del Instituto de Medicina. Pues bien, Ayala ha sido el presidente de la misma. Puedo decirles que la lectura del documento, de acceso gratuito por otra parte, constituye el mejor de los resúmenes de los dos libros de Ayala que aquí reseño. Aunque en éstos el orden de los capítulos es distinto y los contenidos también lo son en algunos de ellos, lo cierto es que la preocupación o el tema central es el mismo, y no es otro que el título del documento preparado por la comisión presidida por Ayala, a saber: la ciencia, el evolucionismo y el creacionismo. Ambos libros hacen referencia –sus títulos o subtítulos así lo certifican– a estos tres temas y, desde luego, los dos abundan sobre el litigio, en clave histórica, que con respecto a la factibilidad de la evolución biológica y su explicación natural han sostenido la ciencia y la religión. Aunque el orden expositivo, y algunos contenidos de detalle, como los ejemplos particulares que se aportan como pruebas a favor de la evolución y/o de la selección natural, o las pruebas en contra aportadas por la teo¬lo¬gía natural o el reciente diseño inteligente, son distintos, probablemente pensando en dos tipos de lectores también diferentes, lo cierto es que existe un núcleo de tesis común. Los componentes de ese núcleo podemos obtenerlos simplemente de la lectura de los títulos de los capítulos. El libro en español contiene la siguiente secuencia: introducción: la Biblia y la evolución; diseño inteligente; la revolución de Darwin; selección natural; pruebas de la evolución; evolución humana; evolución molecular; el creacionismo y sus problemas; creacionismo y fundamentalismos en Estados Unidos; ciencia: poder y límites; Darwin en la historia de las ideas. La secuencia de la obra en inglés, con ciertas licencias por mi parte en la traducción, es la siguiente: introducción; diseño inteligente –la versión original–; la revolución de Darwin –diseño sin diseñador–; selección natural; los argumentos de la evolución; evolución humana; biología molecular; locuras y fallos fatales; más allá de la biología; epílogo para especialistas.
El núcleo, como comentaba, del desarrollo de las dos obras se articula en torno a los siguientes cuatro apartados o tesis: a) la historia y la crítica del pensamiento creacionista, fundamentalmente el contemporáneo a Darwin y el actual; b) la historia y las pruebas clásicas y modernas de la evolución y de la selección natural que constituyen el fundamento de la moderna teoría científica de la evolución biológica; c) la radical diferencia entre la ciencia y el creacionismo, así como sus ámbitos de explicación y aplicación; d) la discusión en torno a la compatibilidad entre la evolución biológica con base científica y la fe religiosa.
Son muchos los factores que debiera traer aquí a colación para justificar por qué hemos tenido que esperar hasta el siglo XIX para entrar por el camino, bien delineado por Darwin, de la evolución biológica y la relación de parentesco, más o menos alejada, entre todos los seres que han poblado o pueblan el planeta. No se trata solamente del papel desempeñado por la tradición judeocristiana en torno al origen de los seres naturales y sobrenaturales y la escala que ocupan en la jerarquía de la creación, sino también filosofías que de forma insistente andaban buscando dar con una justificación racional a seres tan complejos y peculiares como los humanos. Pero no solamente esto, pues las mismas ciencias interesadas en estudiar empíricamente la naturaleza de lo vivo han tenido que esperar, mucho más de lo que lo hicieron las ciencias físico-matemáticas, a encontrar elementos de racionalidad, datos empíricos o simplemente instrumentos de medición apropiados para dar apoyo suficiente a la teoría evolutiva.
La línea fundamental de razonamiento de Ayala, en lo que respecta a la consideración científica de la evolución biológica, coincide, diría que casi sin excepción, con la de cualquier otro especialista de la biología evolutiva de nuestro tiempo. El descubrimiento y comprensión del fenómeno de la evolución biológica es uno de los logros capitales de la ciencia, porque no sólo explica la diversidad de la vida en el planeta, sino también porque ha sido reiteradamente confirmada por multitud de observaciones y experimentos pertenecientes a buena parte de las diferentes disciplinas que configuran la biología. De hecho, difícilmente podríamos pensar en la biología moderna sin hacer referencia a la explicación evolutiva y, en buena parte debido a ella, puede afirmarse que hemos logrado avances importantes en campos tan variados como la agricultura, el medio ambiente, la medicina o la lucha contra las enfermedades. La evolución biológica es uno de los mayores logros científicos de la humanidad.
El creacionismo, sin embargo, no es una ciencia. Por tanto, Ayala necesita introducir los elementos fundamentales que caracterizan la metodología y el proceder de la ciencia para poder delinear cuándo, y cuándo no, estamos conduciéndonos con explicaciones científicas. Más aún, y de forma muy justificada, niega que de la posible circunstancia de que una teoría particular no pueda dar con la explicación de una observación se siga necesariamente la confirmación de la teoría alternativa. Eso no sucede en el ámbito de la ciencia cuando hablamos del proceso de confrontación entre teorías científicas. Ambas se afanan por dar con alguna explicación convincente en el marco de sus propios supuestos y durante un tiempo podemos asistir a la coexistencia de ambas, hasta que finalmente una desbanca a la otra o, más probablemente, una absorbe a la otra. Pero no es el caso que nos ocupa, porque el creacionismo o la variante actual del diseño inteligente no constituyen una teoría científica alternativa a la de la evolución biológica. No son teorías científicas que contraponer a ninguna otra. Son otra cosa y sus dominios de aplicación son totalmente distintos a aquel al que se circunscribe la teoría evolutiva, al igual que el resto de teorías científicas que sobre la naturaleza vienen formulándose desde la emergencia de la ciencia.
De la constatación de estos dominios de aplicación diferentes se sigue, obviamente, que la educación sobre los contenidos propios de cada una no pueda ser la misma y, en todo caso, no sería admisible que cualesquier instancias educativas, superiores o no, admitiesen impartir en las clases de ciencias ambos tipos de enseñanza. Son distintos, ya que el de la teoría evolutiva es ciencia y el otro, no. Por lo tanto, y para no confundir, como reza el manifiesto a favor de la enseñanza del evolucionismo, que esta cuestión, si fuera el caso, se enseñe en el lugar que le corresponde.
Probablemente sea el cuarto de los apartados que constituyen el núcleo de sus libros el que reviste, a mi juicio, un mayor nivel de discusión y, en todo caso, puede tener una recepción diferente por parte de los lectores dispuestos a conceder que las tres tesis anteriormente mencionadas son correctas. Se trata de la tesis sobre la supuesta arrogancia de la ciencia y algunos científicos, en este caso de la propia biología evolutiva, a la hora de dar cabida en su seno a una explicación integral de cualquier fenómeno. La ciencia –sostiene Ayala– tiene límites, pues su ámbito de aplicación y, probablemente, de método, le imposibilita para llegar a explicaciones relativas a, por ejemplo, las creencias o los valores. Ayala sostiene que, si de la ciencia no pueden derivarse creencias o valores, tampoco puede negarlos. Recurre en sus textos a las propias declaraciones de la Academia de Ciencias de Estados Unidos, a las que ya se ha hecho referencia al principio, donde se afirma que si la ciencia no tiene capacidad para verificar un propósito u objetivo en el universo o el sentido de la existencia humana, es perfectamente factible que personas seguidoras de la ciencia, científicos inclusive, puedan ser religiosos. Hubiera sido deseable que concluyera este argumento sosteniendo que la afirmación complementaria es también válida; a saber: que la ciencia admite en su seno confesiones no religiosas. Aunque Ayala no lo comente explícitamente, y quizás haciendo un guiño a determinados sectores de la sociedad norteamericana, la cuestión no va a quedar así. La ciencia, en su proceder, dejando a un lado la arrogancia de sus practicantes, no tiene un ámbito de aplicación limitable, y aquellos terrenos que hoy por hoy se presentan como vedados a su capacidad explicativa quizá no lo estén en un futuro. La historia de la ciencia es el mejor ejemplo para sostener esta tesis. Difícilmente se entendería la arrogancia atea de Dawkins sobre la prescindibilidad de Dios, aunque sólo sea aplicada a las dos cuestiones mencionadas anteriormente sobre el objetivo del universo y el sentido de la existencia humana, si el autor de El gen egoísta no estuviese plenamente convencido –supongo– de que disponemos o vamos a disponer de evidencias científicas sobre la ausencia del primero y la falta del segundo.

01/09/2008

 
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