ARTÍCULO

Cultura y movilización (a vueltas con la renovación de la historia social)

 

Frente a la historia tradicional, protagonizada por individuos relevantes y jalonada de grandes acontecimientos políticos, surge en el período de entreguerras (Marc Bloch y Lucien Febvre fundan los Annales en 1929) y se desarrolla algo más tarde, después de la Segunda Guerra Mundial, otro tipo de análisis histórico que hace hincapié en las estructuras económicas, en las relaciones entre las clases sociales y en las grandes transformaciones colectivas.

Se trata de un poderosísimo movimiento de renovación que cristaliza en influyentes autores, obras y escuelas (en especial, británicas y francesas), pero que desborda con mucho el ámbito académico –recuérdese que en ese medio fructifica también un marxismo más crítico, de corte específicamente occidental–, y proporciona así una nueva relación del hombre con su pasado. La historia o la nación dejan de ser ya el resultado de un evento magnificado (casi siempre bélico), o de una personalidad providencial (guerrero o caudillo). El conjunto de la sociedad toma ahora el relevo como protagonista histórico: no en vano, y a falta de mejor nombre, el nuevo enfoque se conoce como «historia social».

Un sector de la historiografía reformadora recaerá sin embargo en un dogmatismo estéril y un esquematismo de nuevo cuño. Sobre todo cuando la atención se desplaza casi exclusivamente al estudio del conflicto social, y las masas se convierten en protagonistas únicas de una historia cada vez más mecanicista. Buena parte de la historia social deviene en crónica –mejor dicho, apología acrítica– del movimiento obrero. La misma evolución académica e ideológica se sufre en España, en un proceso agravado incluso por la polarización política que desencadena en los años sesenta-setenta la pervivencia del franquismo.

Precisamente, superado ya éste, a comienzos de la década de los ochenta, dos de los historiadores que participan en el libro que aquí se reseña, José Álvarez Junco y Manuel Pérez Nedesma, daban la voz de alarma en un artículo que se ha convertido en referencia inexcusable para los que transitan por estos terrenos (Revista de Occidente, marzo-abril 1982). Pedían en él una «segunda ruptura» en los estudios de historia social, una ampliación del campo de estudio, una renovación metodológica y una mayor flexibilidad de enfoque, de tal modo que la diversidad y complejidad de los movimientos sociales en la época contemporánea no quedara reducida sistemáticamente al seguimiento doctrinario de las vicisitudes del movimiento obrero.

No se trataba tan sólo de relativizar la importancia del obrerismo y sus manifestaciones (dando cabida a otras formas de protesta colectiva, luchas agrarias –y no sólo proletarias–, agitaciones espontáneas, movimientos sectoriales inclasificables y por ello habitualmente marginados, etc.), sino también de abrir la propia historia social a las aportaciones de otras disciplinas afines, a tono con lo que estaban haciendo otras escuelas europeas: la psicología de masas, la sociología histórica, la antropología cultural, la propia historia comparada... Para decirlo en términos concretos y rotundos, ello tenía que implicar una revolución de tal calibre que llevara, por ejemplo, al reconocimiento del carlismo como movimiento sociopolítico incomparablemente más importante en nuestro siglo XIX que un todavía renqueante –y muy minoritario– movimiento obrero.

Desde entonces acá ha vuelto a llover mucho, el debate sobre lo que es y debe ser la historia social ha tomado carta de naturaleza en los distintos foros universitarios, una importante revista de Valencia lleva ese nombre y da cabida sistemáticamente a reflexiones conceptuales y metodológicas sobre el tema, y, en definitiva, se han publicado numerosos estudios de índole teórica y práctica sobre los más diversos aspectos de los movimientos sociales o, incluso, de los sectores tradicionalmente olvidados (mujeres, infancia, minorías étnicas, delincuentes, emigrantes, prostitutas, ancianos, enfermos, etc.).

Quizás el aspecto más importante a subrayar no sea la pérdida de protagonismo del sujeto histórico anterior, el proletariado industrial que dicta la ortodoxia marxista, sino la alteración de la misma perspectiva histórica, que acepta e integra ahora una serie de elementos que hubieran sido impensables hace unas cuantas décadas. Surgen así campos específiaos que han adquirido un sorprendente desarrollo en los últimos tiempos: historia de las mentalidades y de la vida cotidiana en sus más diversas facetas, etnología de la alcoba, actitudes ante el miedo y la muerte, examen de las fiestas y los ritos, análisis de las supersticiones, de los castigos y hasta de la relación del hombre con los alimentos, por citar una panoplia de temas de moda.

¿Éxito fulgurante? Quizás, pero entonces hay que apresurarse a recordar, como decía no hace mucho un dirigente político, que de éxito también se muere. La historia social se ha fragmentado en multitud de enfoques y especialidades: su misma flexibilidad ha hecho del «todo vale» una de las más importantes señas distintivas, y así se ha llegado a una alarmante carencia de una visión de conjunto. Podríamos decir, exagerando sólo un poquito el diagnóstico, que conforme más sabemos de los más variados aspectos sociales, menos sabemos de la sociedad que presumiblemente estamos analizando. ¿Haría falta una «tercera ruptura»? Lo cierto es que ya se han alzado voces críticas propugnando de distintas maneras una superación del impasse actual.

En estas coordenadas nos llega la obra colectiva Cultura y movilización en la España contemporánea. Antes que nada hay que felicitarse por la propia aparición de un libro que pretende aunar una renovación teórica con la aplicación de esa metodología renovada a la historia contemporánea de España. No andamos sobrados de reflexiones de esa índole, como ponen de relieve las discusiones especializadas, en las que siguen siendo inevitables las referencias a Eric. J. Hobsbawm, Perry Anderson, Edward P. Thompson, George Rudé, Immanuel Wallerstein, John Rule, Ralf Dahrendorf, Theda Skocpol y demás popes de la historiografía occidental. Seguimos sabiendo aquí más sobre la formación de la clase obrera británica, o sobre lejanas revoluciones comparadas, que sobre aspectos básicos de la sociedad española del siglo XIX.

El punto de partida de esta contribución española queda definido con precisión en las primeras páginas por uno de sus editores, M. Pérez Ledesma: frente a la historia social clásica que explica los movimientos colectivos como resultado de «condiciones objetivas» (la estructura y la coyuntura económica, la existencia de clases enfrentadas), los autores de este volumen pretenden poner la cultura en un primer plano, «como un factor decisivo a la hora de explicar la formación de identidades colectivas y la aparición de las dormas de acción conjunta que caracterizan a tales movimientos» (pág. 10). Primer plano no significa negación de las otras causas (estructurales, objetivas), se apresuran a aclarar, sino en todo caso la superación de la"perspectiva ingenua sobre la realidad, que no tiene en cuenta que la realidad social, humana, es siempre una construcción cultural.

Es obvio que no podemos entrar aquí en una discusión pormenorizada de tal propuesta metodológica –mejor dicho, de sus implicaciones–, pero el primer problema que debe mencionarse es que, pese al evidente esfuerzo de los autores, el concepto de cultura aquí asumido –todo tipo de elaboraciones mentales de una sociedad– es enormemente impreciso. En ese marco no es exagerado decir que cultura es todo, de modo que, ni siquiera cuando la adjetivamos de «política», podemos saber muy bien de qué estamos hablando: de la ideología y estructura de un partido, de los símbolos nacionales, del desencanto progre y del fanatismo ultra, de la participación política y de la abstención, del mito como revulsivo y de la explicación científica, de la familia carlista, del milenarismo ácrata, la tradición laica, el pistolerismo patronal...

En contra de lo que en un primer momento pueda parecer, esa objeción apenas afecta negativamente a la obra en su conjunto, debido a que su contenido concreto, empírico, de estudio detallado de diversas formas de movilización contemporáneas, está bastante por encima de ese intento de trazar un marco teórico que –al menos en la formulación que aquí se ofrece– no resulta del todo convincente. Y es que si atendemos sólo a la primera vertiente, es decir a los estudios sobre movilización en la España reciente, nos encontramos, hora es ya de decirlo, con un libro excelente. Excelente sobre todo a nivel de pistas, insinuaciones y sugerencias, porque la extensión de los artículos que lo componen difícilmente puede dar para más. En este sentido, el mejor elogio que se puede hacer de algunos de ellos es que saben realmente a poco.

Un comentario de estas dimensiones nos imposibilita la discusión que varios de ellos merecerían. Pero al menos necesitamos apuntar que el examen del nacionalismo español en cuatro momentos bélicos determinados constituye un brillante eslabón más en la cadena de estudios que el profesor Álvarez Junco viene dedicando en los últimos tiempos al fenómeno nacionalista en la península. Se echa en falta no obstante una valoración de conjunto del nacionalismo español como «mito movilizador»: ¿hasta qué punto lo fue, teniendo en cuenta la debilidad e inconsistencia del mismo, cómo se enfatiza en distintos momentos? La comparación con otros nacionalismos vecinos puede resultar esclarecedora, pero esto requeriría ya un estudio más amplio y sistemático que, esperamos, aparezca pronto.

Magnífica también la aportación de Demetrio Castro, sobre todo al delimitar nítidamente el anticlericalismo tradicional, popular, más bien crónico e inofensivo, del moderno anticlericalismo, político y violento, que estalla en determinados momentos históricos con furia incontenible; aunque también en este caso el artículo, por las limitaciones aludidas, no alcanza a dar una razón de fondo del (inmenso) peso del anticlericalismo como factor movilizador de la vida española contemporánea, ni de por qué el ataque a la Iglesia y a los curas llega a veces a tal paroxismo, sobreponiéndose a otras formas (en teoría más racionales) de protesta y violencia políticas.

En realidad, los estudios más originales o incisivos son los que en cierto modo despiertan más el apetito del lector, sin llegar nunca a saciarlo. Ahí radica la mayor virtud de este libro, en su capacidad de aguijonear, en su permanente llamada a la reflexión. ¿Aparece en otras ideologías políticas –y hasta qué punto– algo semejante a las omnipresentes «imágenes familiares» del carlismo (Jordi Canal), o es algo absolutamente específico de este movimiento político? En cualquier caso, ¿cuáles son las concomitancias de esa familia tradicional con otros movimientos católicos o integristas? ¿Por qué tienen una fácil y amplia difusión determinados mitos («importados») en la construcción de una identidad colectiva de la clase obrera (Pérez Ledesma), y no otros más cercanos, racionales o comprensibles? Dicho muy a lo bruto, ¿por qué los «mártires de Chicago», con nombres extranjeros difícilmente memorizables, y no los mártires de Alcoy, Arcos o Jerez? ¿Se puede responsabilizar a la Segunda República de no construir una representación simbólica de la nación (Pamela Radcliff), o era más bien el resultado, a esas alturas difícilmente maleable, del débil desarrollo de la identidad nacional española desde el siglo precedente?

Muchas preguntas, desde luego, y no lo decimos en sentido peyorativo, sino todo lo contrario. Quizás, como ya habrá podido comprobarse, el libro que comentamos peca por generosidad. Quiere abarcar mucho, desde la llamada guerra de la Independencia hasta los fenómenos más recientes, como la participación política en los años ochenta. El problema, como suele ocurrir en una obra de estas características, en la que han intervenido muchas manos, es que la estructura se resiente, por falta de unidad y homogeneización, y ello en más de un sentido. El lector se ve forzado a aceptar como punto de partida una inevitable arbitrariedad en la selección de problemas o cuestiones, producto del azar o la necesidad de los especialistas convocados –cada uno con su tema de investigación a cuestas–, pero no de unos criterios científicos preestablecidos: ¿por qué aparece el anticlericalismo y no el antimilitarismo, el nacionalismo vasco y no el catalán, el republicanismo y no el franquismo? Sobre todo en el caso de este último, hay que preguntarse con cierta perplejidad por esa omisión, un vacío de cuatro décadas, en una obra que trata de los movimientos sociales en la España contemporánea.

En cualquier caso, las limitaciones apuntadas vuelven a hacer referencia a lo que falta, no a lo que la obra ofrece, y se hacen tanto más evidentes cuanto más nos interesa lo que nos cuenta. Estamos ante un libro serio, riguroso e innovador, sin duda uno de los más importantes en su campo de los últimos meses. Está escrito además en un lenguaje accesible para el no especialista. Por si fuera poco, algunas de las apreciaciones que contiene sobre la (tenue) identidad colectiva de los españoles deberían ser declaradas de utilidad pública. Por aquello de no repetir determinados errores (trágicos) del pasado.

01/02/1998

 
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