ARTÍCULO

Cultura periodística

 

Este tercer tomo de la historia del periodismo español publicada por Alianza Editorial continúa la obra iniciada por las autoras hace más de una década con los dos primeros volúmenes de la colección, dedicados a los siglos XVIII y XIX. Hay dos buenas razones para explicar la larga espera de esta nueva entrega: en primer lugar, la extraordinaria densidad del período tratado, probablemente el más importante, en cantidad y calidad de títulos, de la historia de la prensa española, y en segundo lugar el alto grado de exigencia con el que las autoras han abordado su trabajo, que llega al lector como fruto de una investigación directa sobre buena parte de las mil doscientas publicaciones citadas, y no de un simple digest de referencias de segunda mano.

Tras un amplio capítulo introductorio sobre aspectos generales del periodismo español a lo largo de esta etapa –el marco legal, los géneros periodísticos, la evolución tecnológica y morfológica de la prensa, su estructura industrial y financiera, tipología política y empresarial, el status profesional del periodista, público y mercado de la prensa española–, la obra se organiza fundamentalmente en torno a un eje cronológico del que van surgiendo las distintas ramificaciones temáticas, es decir, la actuación de los principales grupos periodísticos y de las grandes cabeceras en cada período concreto. Así, en el punto de arranque del período tratado –1898–, se plantean ya algunas de las cuestiones esenciales para el análisis del papel de la prensa en el siglo XX : sobre su autonomía real respecto al poder político y sobre la capacidad corruptora y la propensión al sensacionalismo del naciente periodismo de masas, que tan destacado protagonismo tuvo en la guerra contra Estados Unidos en 1898, creando –a semejanza de la propia prensa norteamericana– un clima desaforado de belicismo y patrioterismo. El adverso resultado de aquella guerra potenció, sin duda, el papel de la prensa como chivo expiatorio de una España en crisis, pero las autoras subrayan también los elementos de continuidad que se aprecian en el periodismo español antes y después del 98 y el carácter pasajero de aquella crisis de prestigio y de lectores. La primera década del siglo supuso, efectivamente, un reforzamiento de la tendencia –visible ya desde 1874– hacia una prensa más profesional y empresarial –prensa industrial, la llamaban sus detractores– y un paulatino agotamiento de la prensa de partido, típicamente decimonónica, vinculada sobre todo a los partidos, facciones o personalidades del régimen de la Restauración.

El panorama descrito en este capítulo –«Del desastre colonial a la primera guerra mundial»– ilustra elocuentemente la pluralidad real de la sociedad española de la época más allá de las severas limitaciones legales e institucionales impuestas por la monarquía canovista. La prensa política y, de manera más disimulada, los grandes diarios de empresa –ABC, El Liberal, El Imparcial,La Vanguardia, etc.– reflejan fielmente esa diversidad ideológica del país con un amplio abanico de opciones que abarca desde el carlismo más anacrónico y pintoresco hasta el anarquismo y el socialismo, pasando por el republicanismo, el catalanismo, el nacionalismo vasco y el liberalismo en sus innumerables versiones. Pero el incontenible dinamismo de la sociedad civil del país se expresa también en multitud de publicaciones literarias y culturales que anticipan la gran eclosión intelectual y periodística de la etapa que empieza en 1914, fecha emblemática de la historia cultural española y del compromiso político de los intelectuales de aquella generación, expresado principalmente a través del diario ElSol y de la revista España.

La compleja situación en que queda la prensa a partir de la primera guerra mundial demuestra la fragilidad de la estructura empresarial del periodismo español y su dependencia de ayudas externas de la más diversa procedencia, sean las subvenciones de los países en guerra, sea el famoso anticipo reintegrable con el que el Estado quiso apuntalar al sector económicamente más castigado, y políticamente menos independiente, de la prensa diaria. Mª Cruz Seoane y Mª Dolores Saiz sostienen, sin embargo, que tanto la guerra mundial como posteriormente la dictadura de Primo de Rivera –coyunturas devastadoras para el sector, por razones bien distintas– impusieron un brusco cambio de ritmo en la evolución de la prensa nacional, forzada a llevar a cabo una reconversión a fondo que eliminara algunos de sus rasgos más anacrónicos y acelerara la modernización de sus medios técnicos, de sus contenidos y hasta de la profesión periodística, que algunos entendían todavía a la manera romántica y bohemia del siglo XIX . La vieja prensa de partido mantenida artificialmente con cargo a los fondos de reptiles de algunos ministerios no podía ser inmune a la crisis final de la vieja política anunciada por Ortega en 1914. El capítulo sobre la II República empieza por plantear una de las grandes paradojas de la historia política del periodismo español. La prensa fue considerada por unos y otros como uno de los factores decisivos del triunfo republicano de abril de 1931 –recuérdese el impacto de «El error Berenguer» de Ortega–, que alguien llegó a definir como un simple motín de prensa. Sorprende, por ello, el profundo divorcio que casi desde el principio existió entre la II República y esa misma prensa, incluidas muchas de las publicaciones liberales y de izquierdas teóricamente afines al régimen republicano. Las autoras reconstruyen con toda la claridad posible las claves y las secuencias que marcan ese extraño desencuentro: el acoso al régimen por parte de la prensa monárquica y católica, pero también anarquista y comunista; las disposiciones represivas del gobierno Azaña, la popularidad de algún diario izquierdista de dudosa ejecutoria –La Libertad y La Tierra, por ejemplo–, la no menos sinuosa trayectoria de El Sol, la soledad mediática de un régimen que lo fiaba todo a la bondad intrínseca de su política y la tardía y fallida operación destinada a constituir un trust de periódicos republicanos próximos a Manuel Azaña. Frente a una izquierda cada vez más dividida surgía una derecha que, bajo las siglas de la CEDA, iba a reorganizarse rápidamente a partir del poderoso entramado periodístico creado por la Editorial Católica desde principios de siglo. Que el diario El Debate viviera, como se dice en el libro, «sus mejores años» bajo el régimen republicano es un aparente contrasentido, sólo comparable con la definitiva desaparición del que fue buque insignia de la prensa católica en cuanto triunfaron sus ideales antirrepublicanos en 1939.

Al final del libro se afirma que en el primer tercio del siglo XX, el de la llamada edad de plata de la cultura española –que fue en gran medida una cultura periodística–, la prensa no sólo estuvo a la altura, sino incluso «por encima de las circunstancias de la vida española». Para entender esta afirmación no hay más que pasearse por las páginas del millar largo de periódicos y revistas que las hemerotecas españolas conservan de aquella época, o leerse este libro de M.ª Dolores Saiz y M.ª Cruz Seoane, llamado a ser, sin duda, uno de los títulos más importantes de la historiografía española de los últimos años.

01/03/1997

 
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