ARTÍCULO

Pavadas de un infante difunto

Galaxia Gutenberg, Barcelona
580 pp. 23,50 €
Cátedra, Madrid
672 pp. 17 €
 

Comenzaré confesando que al cabo de las cien primeras páginas del primero de estos libros, de más de quinientas cincuenta, tomé la decisión de autoextraditarme a un mundo raro donde nunca hubiera leído ni sabido nada de Cabrera Infante. Mi decisión era, justo para no prejuiciarme, continuar leyéndolo en el más absoluto vacío. Fue en vano, claro está. Pero al menos tuve la idea e intenté su praxis.
Debo seguir diciendo, pues, que el rey está desnudo. Y que no es culpa suya, sino de quienes lo han presentado al público en semejante desamparo. Hablando en cristiano: Cuerpos divinos se publica póstumamente por un motivo extraliterario, y ese motivo es, ¡oh patoja paradoja!, que el libro lo firma Cabrera Infante. O sea, una vez más en cristiano: está blindado. Porque si no lo firmase él, pongo muy en duda que se hubiera publicado. (Por pura maldad añadiría que incluye trechos tan mal escritos que parecen obra del Norberto Fuentes de Dulces guerreros cubanos, apoteosis de la desidia redaccional).
El libro nos traslada a La Habana previa al 1 de enero de 1959, cuando los rebeldes castristas entran en la capital del país. Una Habana vista y recorrida por Cabrera Infante de manera [a]morosa, casi siempre detrás de unas faldas, y en tales casos siempre con el declarado propósito de acceder al sanctasanctórum que ellas ocultan, y ¡ábrete sésamo! Es todo un compendio de la vida erótica y sentimental de aquella juventud cubana intelectual y políticamente más o menos comprometida, en un cañamazo difícil de seguir para un no cubano. Pero eso no sería el reproche a hacerle a Caín –como firmaba sus críticas de cine–, sino que su verborrea (defecto que comparte con su detestado Fidel Castro) le resta claridad a lo que narra, eso cuando no pasa de ser pura logomaquia: bla bla bla; o cha cha cha verbal.
Por otra parte, lo que narra es una mera sucesión de aventuras eróticas, un amor encendido que en Cuerpos divinos no acaba bien [en la vida real del autor diríase que sí], las idas y venidas (incluyendo entre las últimas también las venéreas) de un periodista y redactor de semanario, la intrahistoria de un grupo humano cuyos personajes casi son intercambiables, y el trajín de la vida en una ciudad donde patrulla la policía como Perico por su casa y están a la orden del día los desafueros de una dictadura sin freno. Conforme avanza el libro, y a la par van avanzando las tropas rebeldes hacia la capital, paradójicamente el libro se vuelve más y más y más y más incoloro, inodoro e insípido, hasta hacer de las últimas 157 páginas (la cuarta parte) un relato simplemente referencial de los primeros días de la Revolución y los primeros viajes de Fidel Castro por ambas Américas, con Cabrera Infante a bordo de su avión presidencial, así pues como testigo presencial privilegiado de muchas anécdotas a veces divertidas, las más de ellas triviales. Y teniendo como perenne hilo musical el ritornello del deseo de mujer (de follar, más bien, hablando mal y pronto), en innumerables acciones de acoso y derribo, no siempre exitosas.
Mi tarjeta de lectura de Cuerpos divinos es una sucesión de, asimismo, incontables números de páginas seguidos de uno, dos y hasta tres clamantes signos de interrogación. Me limitaré aquí a una muestra representativa. El hecho de que afirme «Siempre me molestaba que los cubanos utilizaran tres palabras para decir taxi» (p. 107) y se pase todo el libro llamándolos «máquinas de alquiler»: justo esas tres palabras. O la incongruencia de frases como «al sábado siguiente salimos, después de cobrar, Silvio Rigor, René de la Nuez, tal vez Pepe [...], Cardoso y Ernesto el fotógrafo. Lo recuerdo muy bien porque era un día nublado pero de mucho calor» (p. 243), puesto que, si lo recuerda tan bien, ¿a santo de qué ese «tal vez Pepe»? O la continua y hastiante seudopedagogía léxica, con frases como «parquée [sic] (si éste fuera otro libro habría dicho en cubano parquié» (p. 403) o «me gustó cómo aun en un momento trivial [...] se cuidaba de decir estalló y no explotó como cualquier otro cubano» (p. 431), además sin coma clarificante después de «explotó». O el que nos tome por necios a los lectores: «la editorial Luz Hilo (recordable retruécano ya que su dueño se llamaba Lucilo de la Peña: Lucilo-Luz-Hilo, ¿lo cogieron?» (p. 457). O la repetida afirmación de que las tetas de la mujer que se desnuda para él son las más bellas que nunca vio en la vida (páginas milyuna), recurso hiperbólico tan de García Márquez y que llega a cansar y hasta a hacer sospechar una fijación inextirpable.
Y ahora esta sarta de perlas: «dejaría ver la media mitad de sus senos» (p. 256); «no pasaba frente a casa intencionadamente si no [sic] por casualidad» (p. 309); «René podía acoger las más penosas situaciones con la mayor impasividad del mundo» (p. 398); «[en Río de Janeiro] subí al Pan de Azúcar, con su monumental imagen de Cristo, y crucé de Río a Copacabana?» (p. 518); «la orquesta del restaurant todavía tocando [en Río] zambas interminables» (p. 519), y en fin la escena en el club de Washington donde todos quieren beber whiskey con soda y Cabrera Infante, que es de los varones quien habla inglés, encarga «Scotch and soda for everybody then» (p. 508), lo que a un escocés le provocaría intenciones homicidas respecto al narrador.
No poco de lo antedicho es achacable a una edición negligente o que sencillamente no ha tenido lugar. Pero, a mi juicio, se debe también a que este es un libro inestimable como cantera de datos para historiadores de La Habana pre- y primorrevolucionaria, así como para biógrafos del autor, sí; pero un libro que aún estaba en el taller. Uno que el propio Cabrera Infante, diría yo, antes de sacarlo a la luz pública lo habría pulido, descartando –a fuer de buen consejo– un considerable número de páginas repetitivas y nadadicientes. Hay ocasiones en que el lector sacude la cabeza y se dice: «¡Pero todo esto es tan baladí!» (harto más gráfica, Mafalda habría sentenciado: «¡Pero che, cuánta pavada!»). Hasta los juegos de palabras y las anécdotas más divertidas (por ejemplo, en la página 484 la de Lezama Lima pronunciando «Sturm und Drang» a la manera cubana) quedan como boyas desorientadas en este flujo irrefrenable del lenguaje.
«¿Por qué comencé así esta tercera parte de lo que quiere ser una novela y no pasará de ser una velada autobiografía?» (p. 339), se pregunta Cabrera Infante. La respuesta podría ser que se trata de una pregunta excedida de retórica, como lo está la mayor parte de su libro, ya sea una novela fallida o una autobiografía no velada: ¿lo cogieron?
Afortunada y casi paralelamente, en la benemérita colección Letras Hispánicas de Cátedra ha aparecido una edición anotada por Nivia Montenegro y Enrico Mario Santí de Tres tristes tigres que, a juzgar por lo que llevo hojeado y ojeado, es fiable y de una gran calidad, si bien me parece arriesgado afirmar (p. 273) que la canción «Hernando’s Hideway», de la película The Pajama Game, está basada en el tango «La cumparsita». Sea como fuere, este otro libro casi me hace olvidar que el mismo autor, en Cuerpos divinos, al pretender ridiculizar a Hemingway, inesperadamente consigue el efecto contrario: quedar como el enanito que le tira chinitas al gigante. Y sin la puntería de un David. Y bien saben los dioses que no soy un fan de Hemingway, pero... pero aún hay clases.

01/07/2010

 
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