ARTÍCULO

Alta infidelidad

Alfaguara, Madrid
248 págs 15,35 €
 

Acaso lo único desacertado del libro de relatos Cuernos, de Joaquín Leguina, sea precisamente el título, un título que no puede pronunciarse sin alguna clase de incomodidad, digamos, cañí. No es que sea insuficientemente descriptivo, en sentido estricto, pero, en cierta forma, retrotrae al lector a una España hirsuta y agreste, salida de las páginas de alguna novela de Camilo José Cela (años cuarenta) o de una película de Alfredo Landa (años sesenta); una España, en fin, que no es precisamente, en casi ninguno de sus extremos, la de estos relatos. El título es, a la vez, poco y demasiado descriptivo: de ninguna forma abarca la variedad de situaciones que dan cuerpo a los relatos, e induce al lector a pensar que el autor ha querido darse un chapuzón de tipismo de zarzuela. No hay nada de esto último. Los relatos de esta obra incluyen matices y experiencias que implican formas de organización social de las emociones y de la convivencia ajenas a la rutina del matrimonio y a sus diversas sanciones religiosas o civiles; sean, por ejemplo, los heterodoxos relatos «La habitación blanca» o «Números primos» testimonio fehaciente de esta afirmación.

Tanto como la infidelidad de la pareja o conyugal, importa en este conjunto de relatos otra forma de fidelidad que trasciende los límites de la vida en común. La pareja de antónimos, fidelidad e infidelidad, domina el interés de estas narraciones, que, en cuanto a sus modalidades narrativas concretas, abarca desde el relato gótico, «Números primos», pasa por la inauguración de los sentimientos amorosos de la adolescencia, «En septiembre», se demora en la exploración de nuevas formas de relación amorosa, «La habitación blanca» o «El jueves, después de comer», no retrocede ante el misterio detectivesco, «Gambito de dama», y, en fin, llega hasta el documento social: el examen de los ajustes de cuentas sentimentales, disfrazados de ajustes de cuentas políticos (de España), en «Hold up» (del Chile de la dictadura de Pinochet), en «Calcetines negros». Por otra parte, en las páginas de este libro de Joaquín Leguina, la noción de fidelidad no sólo se aplica al ámbito tradicional de las relaciones de parejas. La fidelidad, para el narrador, debe tener en cuenta también que hay ideales e ideas respecto de los cuales algunas formas de relación de pareja pueden constituir una traición.

Tal vez en medio de algunos relatos habrá lectores que se sientan abrumados por la cantidad de información histórica, social o sociológica que se les brinda; quizá el autor no haya sabido o no haya querido prescindir de unos conocimientos de político o sociólogo que le sirven muy bien para documentar ambientes, para proporcionar claves que trasciendan las decisiones individuales, pero que acaso ocupen, en algunas ocasiones, condicionándolo, un espacio que podría haberse destinado a mejorar algún escorzo o a pulir el relieve psicológico de algunos personajes. Sin embargo, hay momentos en que se dan la mano muy adecuadamente la información de naturaleza histórica (y aun la geológica o la botánica) con la forma del relato, pienso en el delicado e inteligente homenaje benetiano de «Números primos», del que disfrutarán, sin duda, los lectores de Volverás a región o de Una tumba; al igual que disfrutarán del misterio detectivesco de «Gambito de dama» los lectores de Faulkner.

Un conjunto de relatos cuyo hilo conductor es el de la antonimia de la fidelidad y la infidelidad brinda, sobre todo, ocasiones para reflexionar sobre las relaciones entre parejas, y sobre la forma canónica de esas relaciones, la del matrimonio. No es una colección de cuentos el lugar oportuno para exponer doctrina social sobre estos asuntos, que exigirían, eso sí, la redacción de un tratado, o una suerte de antropología histórica y comparada. Los relatos cumplen su misión, como en este caso, si logran hacer visibles las relaciones personales y amorosas como acciones en el campo de batalla. El cuerpo humano, por su parte, puede aparecer como soldado en una batalla de la que suele desconocer la estrategia y la táctica. Y sobre todos estos asuntos hay abundantes motivos de reflexión en Cuernos. Llega, incluso, el libro a esa atalaya desde la que el interés por el cuerpo humano permite adivinar el Canaán del sexo, pero, prudentemente, haciendo buena la regla de Erving Goffman, «hay una norma de nuestra sociedad: cuando los cuerpos se desnudan, la mirada se cubre», se le muestran al lector sólo las fértiles altiplanicies del erotismo. La celebrada fotografía de Barbara Kruger lo anunciaba en su título: «Tu cuerpo es un campo de batalla». Según Joaquín Leguina, además de tu cuerpo, participan en el conflicto, entre otros, las emociones, los sentimientos y el amor. Como campo de batalla, el cuerpo humano ofrece un puesto de observación inmejorable para ver el conjunto de la sociedad, pues figura aquél, a la postre, en un lugar eminente en cualquier mediación política; mejor dicho, no hay ideario político que deje de incluir una propuesta ideal del destino del cuerpo humano, y no pocas han sido las ideologías que se han hecho visibles en las representaciones físicas, materiales, carnales de los héroes y heroínas en los que han deseado verse retratadas.

Como campo de batalla, las relaciones de pareja, las regulen San Pablo o el Código Civil, son un observatorio privilegiado para conocer los criterios de organización social. El punto de partida de casi todos estos relatos es relativamente sencillo: una de las formas de la infidelidad más comunes es la que se da dentro del matrimonio o la pareja. La fidelidad no sólo debe ser consecuente respecto de las promesas, también es o debe serlo respecto de la conciencia, de la integridad, del respeto a las personas y de la sinceridad. El autor halla que el matrimonio puede pervertir los votos de fidelidad, y halla asimismo que hay formas de relación extramatrimoniales que son más consecuentes con la noción de fidelidad que la traición que representaría el mantener unas relaciones fundadas en la mentira o en el poder que injustamente se ejerce sobre el otro. De la melancólica contemplación de estos variados campos de batalla sabe el autor sacar provechosas lecciones literarias.

El poder y la fascinación que sobre la conciencia contemporánea sigue teniendo la noción de fidelidad a una persona, a una idea, a un compromiso, a un proyecto político o social, hará que la atención de los lectores de Cuernos se dirija de forma casi exclusiva hacia un repertorio de posibilidades que exploran variantes de la infidelidad comunes, poco comunes o francamente inhabituales; sin embargo, una parte considerable del atractivo de este conjunto de relatos reside de forma eminente en la virtud de la narratividad, es decir, en la capacidad del autor para contar, para solicitar del lector una forma de atención que es puramente literaria, y que no depende nada más que del artificio para atraer el interés hacia aquella virtud. Eso ocurre, incluso, cuando algunas de las anécdotas que llegan al telar del narrador son conocidas, lo cual demuestra que, pese a la minuciosa documentación que trae el autor a sus relatos, pese al atractivo de los análisis, el interés es, de forma predominante, literario.

01/05/2002

 
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