ARTÍCULO

Los filos de la muerte

Tusquets, Barcelona
238 págs. 14 €
 


Novelista tardío (su primera y espléndida novela, El cuarzo rojode Salamanca , es de 1993, cuando el autor tenía sesenta y cinco años), Luciano G. Egido ha publicado un total de cinco novelas que, aparte de ser muy valoradas por la crítica, han obtenido algunos premios de prestigio como el Miguel Delibes o el de la Crítica. Cuentos del lejano oeste supone su primera aportación a la narrativa breve, lo cual no significa, en su caso, un descanso o una pausa entre obras de más largo alcance ni una concesión a un género menor que apenas requiere atención o esfuerzo.

Todo lo contrario, Egido coincide con Cervantes en que «la salsa de los cuentos es lo bueno del lenguaje», y por tanto, no necesita de narraciones extensas, como hacía en sus novelas, para comunicar su visión profunda del mundo, de la vida y de la muerte. Porque dos son, en efecto, los ejes temáticos del libro: por un lado, la identidad del ser humano, el sentido de su ser y estar en la vida y en el mundo; por otro, la presencia inevitable de la muerte, que acecha a las personas, a veces de modo sarcástico, y juega importuna con su indefensión.

En el primer caso, como puede constatarse en los microrrelatos de la primera mitad del libro, Egido bucea en el desdoblamiento de la personalidad y el alter ego, en el mismo reflejo especular y existencialista en que se miraban Juan Ramón, Machado o Pessoa, y recurre al discurso sentencioso que, a través de Borges, entronca con los clásicos como Gracián. En el segundo caso, ya no funcionan ni el pensamiento ni el lenguaje sentencioso, sino el cauce de la narración, pues la idea obsesiva de la muerte, con su dictamen inapelable, se abre paso, entre un tono y una atmósfera que acaban alcanzando perfiles míticos y legendarios, a través de la recuperación de la memoria. Las anécdotas cotidianas y sus protagonistas, más emblemáticos que pintorescos, conforman unos ambientes que poco tienen que ver con la narrativa actual, ya que el espacio de los relatos se localiza en el «lejano oeste» de la zona rural salmantina y el tiempo remite en bastantes al ya lejano y épico de la Guerra Civil.

Sus personajes, entre los que a menudo se incluye el narrador, parecen convivir con la fatalidad o habitar en su alfoz hasta que les llega su hora. No hay lugar para la esperanza o la compasión. Incluso sobre los cuentos más cercanos al humor (véanse aquellos que presentan anécdotas costumbristas o los que relatan con desenfado e ironía infidelidades amorosas) siempre sobrevuela una agobiante tensión dramática que se deja conducir en todo momento por un determinismo feroz. La vida es siempre esa tela delicada dada antes de tiempo a los agudos filos de la muerte, y la existencia ese territorio gobernado de pronto por el dolor, la soledad, la traición, la indefensión o la violencia.

También es consciente Egido de que la esencialidad del cuento constituye una verdadera prueba de concentración lingüística para el tino y la capacidad narrativa de un escritor. Por eso, él afronta el reto y se embarca en una búsqueda formal arriesgada, organizando con meticulosidad los textos de acuerdo con una estructura de progresión creciente que avanza desde la tensión semántica de los microrrelatos iniciales, formados algunos por dos o tres palabras y otros por uno o varios renglones, hasta la amplificación de la trama de los últimos, que partiendo de un par de páginas se van alargando hasta sobrepasar la decena. Tan completa es, sin embargo, la visión del mundo, de la vida o de la muerte encerrada en una palabra o en los espacios en blanco como en los relatos dotados de un desarrollo argumental definido y redondo.

El pulso narrativo no desfallece. Todo está calculado con precisión en el desarrollo estructural y en la dosificación de la intriga, y raro es el cuento que permite atisbar algún elemento superfluo, sea argumental o expresivo. Las piezas breves se acercan en su síntesis y concisión a la naturaleza y la sustancia de los poemas (no en vano son sus modelos y referentes los poetas), pero tampoco las más largas se caracterizan por la peripecia compleja o la escritura perifrástica, antes al contrario, presentan unas acciones delimitadas por coordenadas muy estrictas y unas fórmulas discursivas igualmente concisas.

Pocas objeciones literarias, en consecuencia, pueden hacerse al conjunto, pues sus méritos sobrepasan con creces a sus posibles defectos y su lectura es enormemente gratificante. En cuanto a las deficiencias, que las hay, pueden rastrearse también en los maestros que le sirven de modelos. Por ejemplo, algunos microrrelatos caen en la simple ocurrencia, en una especie de chascarrillo fácil, como les ocurría a algunos Proverbios y cantares de Machado; algunos cuentos fuerzan demasiado su final para conseguir la sorpresa, tal y como hicieron a menudo Poe y sus seguidores; otros descuidan la intriga para llegar a un desenlace previsible, como sucede en el titulado «Amistad»; y algún otro, en fin, y esto sólo es achacable al autor, adolece de un costumbrismo explícito, más propio de un cuadro o una escena, que contrasta con el movimiento y el tono del resto, cosa que les sucede, por ejemplo, a los titulados «La subida al cielo del tío Juan Sincarnes» o «El circo».

01/02/2004

 
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