ARTÍCULO

Delibes y el otro Delibes

Menoscuarto, Palencia
530 pp. 22 €
 

Qué significativa y reveladora puede ser esa otra obra de los grandes escritores. Me refiero a aquellos textos que el propio autor, con la colaboración vicaria de la crítica, ha ido orillando como espuma en la vistosa singladura de sus libros insignia. Los criterios que guían –no siempre con acierto– en esta actividad jerarquizadora son muy variados. Unas veces la marginalidad es el tributo que se paga por la incursión en un género inhabitual; otras responde a la conciencia de que se ha engendrado una pieza menor; y en ocasiones obedece a los límites impuestos por su condición de puntual experimento (temático o formal) destinado a no fructificar en posteriores proyectos. Sea cual sea la casuística de la postergación, el papel de esa obra menor puede resultar excepcionalmente iluminador por dos razones antitéticas y, al mismo tiempo, complementarias. En primer lugar, por su importancia para aquilatar tanto la diacronía de una personalidad literaria como su coherencia. Ello es posible por su papel de banco de pruebas creativo y también por su aptitud para insistir, con ligeras variantes, en las señas de identidad ya forjadas en libros de mayor calibre. La segunda razón se refiere a las creaciones más disonantes y raras, tan elocuentes como las demás si se acepta que en la trayectoria de un escritor importante las bifurcaciones ignoradas o poco transitadas son tan relevantes como los caminos principales.
El caso de la narrativa breve de Delibes puede ilustrar suficientemente todo lo anterior. En primer término, su lectura constituye un privilegiado muestrario de los asuntos, personajes y espacios más característicos de las novelas capitales del autor. Un muestrario de singular elocuencia por la necesaria selección y síntesis que implica el género elegido, y que dota a muchos de los cuentos de un carácter complementario o especular respecto a aquellas «ficciones mayores». Un claro ejemplo se encuentra en diversos relatos de La partida (1954) o de La mortaja (1970) donde, de forma muy similar a las novelas urbanas del escritor vallisoletano, es fácil encontrar esos individuos aquejados de la inanidad en que se expresa moralmente el reducido mundo de la ciudad provinciana. En este sentido, hay narraciones que encapsulan aquellas facetas de las clases medias urbanas que paralelamente ha ido analizando el autor en novelas tan importantes como Cinco horas con Mario o La hoja roja, y en otras de más discreto alcance como Mi idolatrado hijo Sisí o Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso. Al igual que en ellas, estos cuentos sondean las silenciosas tragedias de la cotidianidad, sólo que sustituyendo la exhaustividad dialéctica de la novela por la metonimia y la conden­sación significativa de una pequeña anécdota: un reencuentro interesado que revela la mezquindad del fracaso («Una peseta para el tranvía»), la erosión del individuo en la brega laboral («El traslado»), la soledad y la desesperanza de la vejez («El patio de vecindad») o, en fin, el descubrimiento súbito de las imposturas conyugales («El otro hombre»).
Pero si hay un vector de la novelística de Delibes que encuentra un reiterado eco en su narrativa breve, ése es el del mundo rural. Y lo hace con toda la compleja –a veces paradójica– diversidad que presenta en títulos tan emblemáticos como El camino, Diario de un cazador, Las ratas o Los santos inocentes. Hay que coincidir con Gustavo Martín Garzo cuando, en el prólogo a este volumen, señala la facultad que tiene la naturaleza en la obra de Delibes para «restaurar nuestros vínculos con la vida». Libros como Viejas historias de Castilla la Vieja (1964) y ciertas piezas sueltas –como las que dan título a Tres pájaros de cuenta– revelan un amor incondicional por el mundo rural, recinto que preserva la memoria personal, al tiempo que favorece naturalmente la germinación de ciertos valores éticos que ocupan un lugar central en el pensamiento del escritor.
Ahora bien, esa devoción por el campo no se reduce a la recreación de una Arcadia dulzona y complaciente con las exigencias de la nostalgia. Muy al contrario, hay una reiterada visión fatalista de la naturaleza humana que se asocia al ámbito rural en diversos cuentos. Lo que sucede es que, a diferencia de algunas de las novelas, la perspectiva elegida no es la de la denuncia social, sino otra de carácter más esencialista en la que la metáfora y la alusión predominan sobre el documento crítico. Así sucede en «Los nogales», relato incluido en Siestas con Viento Sur (1957), que elabora literariamente una profunda reflexión sobre el tiempo, la fatalidad y el amor paternofilial con una sencilla historia que apenas se arma en torno a dos personajes y unos nogales que son, a la vez, fuente de vida y condena. Los ejemplos pueden multiplicarse, pero baste resaltar aquellos que utilizan el motivo de la caza, tan caro al autor, para expresar algunas preocupaciones de gran calado: el tamaño mezquino de la ambición («El amor propio de Juanito Osuna»), las encrucijadas del afecto y la lealtad («La perra») o la defensa de la autenticidad y el sentido de la experiencia frente al imperio del simulacro («La caza de la perdiz roja»).
Como ya se ha dicho, la narrativa breve de Delibes resulta tan interesante por sus vínculos con la producción novelística como por sus manifestaciones más divergentes. Ejemplos de lo último no faltan en este volumen. Nadie reconocerá en Delibes, pongamos por caso, a un narrador de la Guerra Civil (aunque su presencia esté latente en buena parte de su obra) y, sin embargo, aquí tenemos un impresionante relato, «El refugio», que puede figurar entre los mejores sobre nuestra contienda. Tampoco es fácil clasificarlo como un humorista, pero lo cierto es que aquí hallamos alguna pieza con mucho de divertimento, como «El primer pitillo» y, en especial, «Los raíles (Apunte para una novela)», relato extenso que, mediante una estructura de contrapunto y una perspectiva cercana a lo grotesco, constituye una parodia de la novela de tesis. A este género tan poco frecuentado por nuestros narradores, el de la novela corta, pertenecen también «La partida», «El loco» y «La mortaja». Los dos últimos, por cierto, son otras dos rarezas interesantes. «El loco» sondea el proceloso mundo de su protagonista y narrador a través de una narración que obedece a mecanismos propios del sueño o del delirio. «La mortaja», por su parte, es un extraño y bellísimo relato que, en principio, versa sobre la orfandad, pero que va convirtiéndose en una lírica experiencia de iniciación.
Hay que agradecer a los editores su renuncia a aplicar criterios ortodoxos a la hora de decidir qué libros incluiría este volumen del que, como se advierte en un texto liminar, están ausentes los relatos que nunca se publicaron agavillados. Gracias a esa decisión el lector de Delibes puede encontrar, junto a cuentos de corte convencional, otro tipo de narraciones como las citadas nouvelles y una variedad de textos de naturaleza híbrida en cuanto al género, bien por su cercanía a la experiencia autobiográfica (Tres pájaros de cuenta), bien por la preeminencia de la evocación descriptiva sobre la acción, como sucede con las estampas que conforman Viejas historias... Todo esto confiere al conjunto un aspecto de miscelánea abigarrada, lo que también puede hacerse extensible al ámbito de los recursos técnicos y de la materia verbal, donde Delibes demuestra su talento versátil, su intuición para seleccionar no la estrategia más vistosa, sino la más eficaz. En este sentido, estamos ante un cuentista plenamente moderno, practicante de una narración sutil en la que el conflicto se desarrolla en un plano lateral, mediante imágenes, sugerencias y escamoteos significativos. Modernidad y diversidad: éstas son las dos cualidades que aportan estos re­latos –casi– completos. No es poca cosa, pues aunque Delibes no necesita reivindicaciones, sí conviene que su obra se lea desde lugares nuevos y más aireados.

01/03/2007

 
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