ARTÍCULO

Relato y biografía

Edilesa, León, 152 págs.
 

«Los libros de la Candamia» es una colección literaria ejemplar por su esmerada presentación y su calidad material, y distinta por su novedosa concepción: los autores leoneses que acoge hablan de sus propios recuerdos con la libertad de la fabulación. Se trata de una original modalidad dentro de la escritura memorialística. Así lo han hecho ya Luis Mateo Díez, Elena Santiago, José María Merino o Juan Pedro Aparicio. A ellos, y a otros, acompaña ahora Antonio Pereira con Cuentos de la Cábila, un intenso y emocionante relato –no encuentro otro término mejor que éste para definirlo– cuyo punto de partida se halla en los citados requisitos; los cuales he subrayado para evitar el equívoco que pudiera producir ese título. Porque cuentos, lo que se dice cuentos, no son, aunque, al margen de las exigencias de género, el libro en conjunto sí alcance el valor de la gran literatura, esa que se hace con una materia humana hondamente sentida y expresada con las mejores y más exactas palabras.

Antonio Pereira (Villafranca del Bierzo, 1923) es poeta y prosista siempre exigente, muy respetado en círculos minoritarios, aunque amplios, por la sustancial creatividad de su escritura. No se trata de un autor vanguardista, si bien no falte en él a veces un impulso experimental, pero muy bien controlado para que la forma no aplaste el contenido. Eso ocurre en muchos de sus originales cuentos. Y algo de ello viene a parar, bajo el aspecto de una engañosa sencillez, a estos Cuentos de la Cábila. Pero digamos ya en qué consisten. Se trata de treinta y un relatos bastante breves ensartados en el hilo tenue de la biografía del escritor. No de toda ella. Sólo recupera el trozo de la infancia y adolescencia, y remata, saltando la mayor parte de su vida, en el momento en que a «un chico de la Cábila que llegó a literato lo hicieron hijo predilecto cuando era mayor y le blanqueaba la barba».

La Cábila es, según sabemos por el propio libro, el barrio menestral del pueblo originario de Pereira, situado en la orilla humilde de las dos en que lo parte el río. El niño perceptivo que fue el escritor, ya con inclinaciones literarias desde temprana edad, observa a los suyos y toma imaginaria nota de lo que sucede a su alrededor, tanto en lo privado como en lo público. Así va dando cuenta de los episodios que alimentan ese trecho biográfico: el modesto negocio familiar y la escuela, personajes y ambiente local de la época, la llegada de la República, el estallido de la guerra, un viaje colectivo a Burgos para aclamar a Franco, pasajes sueltos de la sensualidad naciente y el temeroso sobrevivir en la monotonía de posguerra.

Una materia, pues, más o menos convencional, sin hitos excepcionales. Pero convertida en literatura neta mediante un somero puñado de recursos. Uno, habilísimo, consiste en el punto de vista del narrador, que se desliza desde la perspectiva enjuiciadora del autor mayor hasta la percepción ingenua del pequeño protagonista y testigo. Otro, primordial, radica en la recuperación de aquellos hechos con una eficaz mezcla de proximidad afectiva, distanciamiento y suave ironía, según convenga a las distintas situaciones. Y uno más, el de mayor originalidad, basado en una impecable técnica para convertir una anécdota vital en una especie de cuento, sobre todo por el modo de tratar el desenlace del episodio con un final sorprendente, revelador o paradójico.

De ahí que si los relatos no son cuentos, puedan semejarlo. O que se conviertan en una especie inédita de cuentos cuya materia es vivencial y no imaginaria. O que, en fin, la voz «cuentos» del título abarque una sugestiva polisemia: el sentido popular con que nos referimos a cosas que sucedieron más o menos exactas («cuentos de antaño» y «eso son cuentos», solemos decir) añadido al más preciso de una concreta forma literaria. Al fin y al cabo, da igual, porque lo que de verdad importa es el resultado, y éste resulta excelente. Consiste, ante todo, en una decantación de experiencias convertidas en emociones intensas, sin la menor delicuescencia sentimental, pero también sin renunciar a la fibra cordial con que aflora el pasado al considerarlo materia viva de una biografía.

Una fina ironía, que suena a registro muy auténtico, y una actitud socrática ante la vida, constituyen la doble clave moral de estos recuerdos que rastrean el acceso a la madurez de un muchacho introvertido para quien leer «da más gusto que vivir». Pero ambas claves no explican del todo este «relato memorioso», según llama Pereira a sus Cuentos de la Cábila, porque sería menos intenso si una agazapada melancolía no diera a todo el pasado un denso barniz elegíaco.

01/04/2001

 
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