ARTÍCULO

Oro en las trincheras

Alfaguara, Madrid, 200 págs.
 

Con estos nuevos diez relatos, el escritor Juan Eduardo Zúñiga vuelve a dar muestras de su sensibilidad y talento y parece querer cerrar el ciclo sobre la Guerra Civil y sus consecuencias que iniciara con aquellos volúmenes de relatos que se llaman Largo noviembre de Madrid y La tierra será un paraíso, dentro del cual, recuerden, aparece uno de los mejores cuentos españoles de todos los tiempos: Camino del Tíbet.

La voluntad de continuidad entre éste y aquéllos es explícita: Ruinas,el trayecto: Guerda Taro, el penúltimo y más largo relato de Capital dela gloria (que es, además, el que explica el título del conjunto, al poner en boca de la fotógrafa alemana los versos de Alberti), comienza con casi las mismas palabras con que se incoaba el primer relato de Largo noviembre de Madrid: «Pasarán años y olvidaremos todo, y lo que hemos vivido nos parecerá un sueño, y será un tiempo del que no convendrá acordarse». La ausencia de interlocutores hace pensar que Miguel, el protagonista de este penúltimo relato, que tiene lugar en los días confusos de la rendición de Madrid, estuviera recordando en voz alta las palabras que pronunciara la madre, personaje del libro anterior, como si él, en un guiño cervantino, lo hubiera leído y quisiera seguir sus pasos: ambos protagonistas hacen un fantasmal recorrido por las desoladas calles del centro de Madrid; si en el primer caso era «sólo» un edificio –y una familia– lo que se desplomaba, en el segundo es la fe en un proyecto vital común, el afán contra toda esperanza de resistencia, las ilusiones, la solidaridad, los ideales, en fin, de una generación es lo que se viene, definitivamente, abajo.

Palabras que, sin embargo, tienen un tenso contrapunto en esa coda onírica que cierra el libro –y la serie–; hablo del cuento que se titula Las enseñanzas (una joya entre el fango, el miedo y el olor a pólvora), con ese niño en pos de un maestro, en medio de la ciudad en ruinas, de la mano de su madre; relato que, me parece, ha de leerse en clave autobiográfica, como telón moral y afectivo desde el que se han escrito todos estos textos. En efecto, las palabras finales de esta «otra» madre: «Esto es la guerra, hijo, para que no lo olvides», que dirige a ese niño aterido, cuyo sentido de la realidad parece concluir en la mano y la voz de su madre, son las que cierran el libro y es desde las que, a mi juicio, hay que leer todas sus páginas; palabras que dotan de un sesgo imprevisto a aquellas otras, resignadas, falsamente esperanzadoras, con que se abría la trilogía y que acabamos de citar puestas de nuevo en boca de un personaje crepuscular y huidizo.

La característica común de este ramillete de estampas es el temblor: bajo un aparente y «banal» costumbrismo, laten las vidas marchitas de seres de carne y alma bamboleados por la locura en torno: el recuerdo de antaño choca brutalmente con la realidad de hogaño: el lujoso hotel convertido en hospital de sangre, la amistad en traición, la codicia en norma, el amor en enfermedad del alma y del cuerpo, el deseo en deriva fatal; más el contrapunto –el brigadista y su reloj, la fotógrafa, el amigo enamorado, la madre– de aquellos que se han inmolado «a una justa causa perdida» (pág. 170) y la creación de un «yo» narrativo, en penumbra, casi escondido, desde el que se evocan algunas de las imágenes: «En aquel lejano barrio de las afueras estaba la calle que ahora recuerdo» (pág. 99); «Pensó Antonio que sólo a mí podría hablarme de su amigo Julio» (pág. 85).

Igual que he dicho que no se puede leer esta nueva entrega de relatos sin el horizonte del marco superior desde el que ha sido escrita, incluso con voluntad explícita de que así sea, pienso que en toda la breve e intensa obra, narrativa y ensayística, de Zúñiga late un mismo propósito, moral y estético –sinónimos en literatura, según Juan Ramón–, que se puede perseguir desde sus mismos comienzos: no creo que haya distancia alguna entre estos hombres y mujeres madrileños caracterizados por su fragilidad, «cubiertas de juventudes la frente», a la espera de lo irremediable, y aquellos hermosos y delicados jóvenes isleños del Egeo que pululaban en El coral y las aguas, protagonistas a su pesar de un mundo a la deriva, declinante, cercados por la flota imperial, a las puertas de un final anunciado, víctimas de una brutal invasión que pondrá fin a sus anhelos, a sus juegos y sueños; un mundo endeble y hermoso, fruto de un frágil, por humano, ecosistema.

Como no veo diferencia entre las reflexiones que provocan en Zúñiga las relecturas de sus amados rusos y la «forma» con que construye sus propias imaginaciones narrativas. Dice en El anillo de Pushkin: el escritor se coloca «en el centro de un círculo de enigmas que testimonian que su alma no es única, pura y coherente sino varias a un tiempo, cambiantes y movedizas como fantasmas recubiertos de disfraces»; pues así sus personajes, sometidos a esa incoherencia de ser varios, con deseos alternantes y aun contradictorios a un tiempo, esa complejidad misteriosa, tan inquietante, del alma humana, la gran desconocida de nuestra mente volcada a lo mecánico y externo. Y también: «Incluso en escritores que narran costumbres o hechos concretos se percibe una propensión a estudiar la psicología de quien ofrece su trémula interioridad a la mirada atenta»; dime a quién lees y te diré cómo escribes, podría ser el corolario de esa frase, o dime a qué escritores admiras y estudias y te diré cuál es el ámbito estético y moral de tus anhelos.

Un nuevo libro de Zúñiga, ese autor admirable y secreto a quien su editorial, y le honra, ha reeditado entero: ocho libros en cuarenta años. Un ejemplo.

01/06/2003

 
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