ARTÍCULO

Mapas del reino secreto

Alfaguara, Madrid, 1997
631 págs.
 

La aparición de una obra completa ofrece a menudo la oportunidad de constatar evoluciones y tanteos en la trayectoria de un autor, direcciones reiteradas junto a experimentos aislados y fallidos. A veces, por el contrario, revela fidelidad a una concepción personal del hecho literario, una coherencia que, sin renunciar a la maduración constante, hermana textos separados por el tiempo e ignora títulos y azares editoriales. Esta sensación de unidad es la que, a buen seguro, percibirá quien recorra las páginas de la narrativa breve de José María Merino. Unidad en sentido profundo, pues los relatos de Merino coinciden en algo que trasciende su mera adscripción a un tipo de cuento (el de corte fantástico), y es la confianza en el poder creador de la palabra literaria, capaz de poner orden y luz en aquellas parcelas de la realidad que, a los ojos de la razón, sólo ofrecen caos y opacidad.

Desde sus inicios, la obra breve de Merino practica un continuo asedio a ese reino secreto que da nombre a la primera de las colecciones incluidas en este volumen. Se trata de un vasto territorio en el que la alucinación y el sueño, la fantasmagoría y lo legendario están, sin embargo, anclados de un modo u otro en el precario recinto de lo cotidiano. Y son precisamente los cambios producidos en la forma de articular realidad y fantasía lo que permite explicar la evolución que, dentro de unos parámetros fijos, se percibe en la narrativa de nuestro autor.

A poco que se cotejen los Cuentos del reino secreto (1982) con los de El viajero perdido (1990), se hallará un sensible cambio de perspectiva. En aquel primer libro las fronteras entre lo sobrenatural y el mundo real son permeables, pero están por lo general nítidamente trazadas. No es raro encontrar cuentos en los que, tras la irrupción de un elemento fantástico, se vuelve al cauce seguro de la lógica cotidiana. Éste es, sin duda, el libro de Merino más claramente deudor de la literatura oral, así como de aquellos autores (caso de Bécquer) que encontraron en el modo tradicional de contar su fuente de inspiración. A partir de la segunda colección de relatos, sin embargo, se inaugura un enfoque que alcanza su más radical expresión en Cuentos del Barrio del Refugio (1994). Difuminados sus límites, realidad y fantasía pasan a tener entonces un mismo estatuto en la fábula, y el narrador, siempre en el filo de la navaja, se convierte en un astuto urdidor de equívocos y ambigüedades, y no duda en ocultar al lector los asideros desde los que pueda cómodamente dirimir si es el sueño o la vigilia –pero qué es qué– el espacio en que se debaten los personajes. Merino, como Borges y Cortázar, sabe que la ficción no sólo es capaz de acceder al otro lado del espejo, sino que, instalada en él, puede empezar a contar lo que sucede del lado de acá con otra lógica y otra verdad.

En esta sabia alianza de realidad y fantasía encuentra el autor una manera personal de enfrentarse a temas de siempre. El paso del tiempo y el misterio de la muerte, la nostalgia, el sentimiento de la naturaleza, la crítica, desde una perspectiva ética, al abandono de ideas y sueños por parte de toda una generación..., son sólo algunos de los motivos que suelen aparecer en la obra breve de Merino, y lo hacen sumergidos en su peculiar poética de la ficción, comprometidos profundamente con la sustancia fantástica que, a su vez, desvela recovecos del asunto y, con frecuencia, lo cristaliza en la densidad de una metáfora. Quien se acerque a cuentos memorables como «El niño lobo del Cine Mari», «Bifurcaciones» o «Imposibilidad de la memoria» (relato donde la amnesia generacional se resuelve en la disolución física de los personajes) podrá advertir hasta qué punto lo fantástico puede ser eficaz catalizador de una reflexión profunda y abierta.

Dice el autor, en el prólogo del volumen que nos ocupa, que tal vez sean el movimiento y el tiempo los grandes requisitos exigibles a toda narración breve. En efecto, el uso del tiempo y la progresión dramática (que es también tiempo, al fin) constituyen el basamento estructural de sus cuentos. Porque estos relatos, donde conviven el placer y el asombro de lo narrado en un filandón y los referentes literarios más elaborados, aspiran ante todo a contar cosas, resumir vidas y mundos, y para ello hay que apresar el tiempo en un reducido número de páginas. No es infrecuente, por tanto, encontrar historias apoyadas en la insistente proyección al pasado mediante un sutil contrapunto, estructuras circulares donde el final se convierte en punto de partida, o cuentos cuya materia se escinde o se confunde entre dos temporalidades: la aparentemente real y la que rige en el mundo del sueño o en el de la escritura (cíclicamente insiste el autor en esa veta metaliteraria ya explorada en su Novela de Andrés Choz).

Similar cuidado, declara también Merino en el prólogo, le merece el tratamiento del espacio narrativo. Esta es una constante de su obra cuentística, desde la inicial predilección por la naturaleza y los ambientes rurales (descritos con extraordinaria capacidad de convocatoria sensorial, con lirismo acertado y contenido), hasta la asimilación definitiva del espacio urbano. Sea como fuere, el escenario de la fábula suele cargarse de significados, acompaña con su complexión los avatares de los personajes o participa activamente en el desarrollo de la acción. Sin renunciar a unos referentes reconocibles (excepción hecha de la fábula que cierra el libro), Merino construye un espacio mítico que, aunque como el Barrio del Refugio, puede encontrarse en los mapas, alcanza plena autonomía en la fábula, incluyendo además en su dibujo un posible esbozo de los seres que la habitan. Y no sólo de ellos. Al levantar con sus relatos un mapa del reino secreto, Merino nos presenta un terreno resbaladizo al que la literatura ha puesto orden, pero sólo para que nosotros, lectores, podamos adentrarnos en él y perdernos en la búsqueda de algo impreciso y necesario.

01/05/1998

 
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