ARTÍCULO

Sueños diurnos

Alfaguara, Madrid, 536 págs.
Trad. de Cristina Prei Rossi, Juan García Gayó, Marcelo Cohen y Mario Morales
 

Alguien, no sabemos quién fue el primero, cometió la inexactitud de comparar a Clarice Lispector (Ucrania, 1920-Brasil, 1977) con Joyce. Como el atolondramiento es contagioso, ese lugar común de la crítica se ha venido repitiendo desde entonces con alevosa insistencia. En nuestra opinión, no existe la menor influencia del escritor irlandés en Lispector. Puestos a comparar, su aguda sensibilidad nerviosa se acercaría más bien a Katherine Mansfield o incluso a Djuna Barnes, creadoras de laberintos emocionales y marcado carácter introspectivo. Aunque tampoco. La voz propia de Lispector es demasiado potente e inusual como para deber nada a nadie. Ella sola encontró su propio sendero desde que en 1944, la publicación de su primera novela, Cerca del corazón salvaje (Alfaguara, 1977), escrita a los diecisiete años, revolucionó el panorama cultural brasileño. Y así siguió hasta su muerte, ocurrida a los cincuenta y siete años.

Cuatro décadas de prosa. Clarice Lispector surgió madura, con todo su poderío metafórico íntegro, el cual no hizo sino ensanchar y profundizar sus posibilidades, sin que en esencia sufriese la menor evolución. Fue fiel a una sola idea, siempre la misma, cuya poética es fácil de rastrear en muchos de sus escritos, que abundan en reflexiones sobre la propia escritura. Valga como ejemplo éste, extraído de la que algunos consideramos su obra maestra, la genial novela corta La hora de la estrella (Siruela, 1989): «No, no es fácil escribir. Es duro como partir rocas. Pero saltan chispas y astillas como aceros pulidos».

Prueba de su fidelidad a su propio mito familiar es la presente recopilación de cuentos que, sin carácter exhaustivo, reúne en un solo volumen –qué acierto editorial– cinco libros de narraciones cortas publicados por su autora y que hasta ahora sólo podían encontrarse –si se encontraban-en ediciones parciales: Lazos de familia (1960), La Legión Extranjera (1964), Felicidad clandestina (1971), El viacrucis del cuerpo (1974), ¿Dónde estuviste de noche? (1974; también publicado a veces como Silencio), a los que se ha añadido el póstumo Labella y la bestia (1979).

En todos ellos, Lispector somete su mirada a un proceso de extrañamiento tal sobre el mundo que se acerca peligrosamente al borde del precipicio. Bajo su prosa, los objetos cotidianos se revisten de una luz desorbitada; casi tiritan. Los asuntos de que trata son banales, domésticos, y además no importan: el alboroto mental de una mujer con la bolsa de la compra, provocado por la visión de un ciego mascando chicle («Amor»); la epopeya ridícula y cacareante de una gallina escandalosa que se escapa de la cocina y huye por los tejados («Una gallina»); un profesor de matemáticas que entierra a su perro («El crimen del profesor de matemáticas»); una mujer que, en la cocina, contempla detenidamente un huevo y divaga («El huevo y la gallina»); el problema de qué hacer con una anciana que estorba en todas partes («Viaje a Petrópolis»).

Pero traten de lo que traten, sus cuentos siempre aluden, siquiera de forma oblicua, a ese personaje lispectoriano único y volátil, a trozos, fuera de norma, hecho de conglomerados sintácticos y un íntimo desasosiego que no acaba de decir su nombre. Más allá de sus débiles trazos argumentales, sus cuentos pueden ser entendidos como registros sismográficos de complejas metamorfosis anímicas. Un suceso, nimio en apariencia (la nimiedad parece aquí una condición necesaria), desencadena como respuesta interior de sus personajes femeninos un torbellino de perplejidades, asociaciones de sensaciones e ideas, levanta un oleaje tornasolado de partículas de luz y memoria bajo los cuales se está perdido, se duda, se tiene miedo y se sufre.

El fraseo de la escritora es corto, rotundo, con tendencia al epigrama y a la plasticidad lírica, impulsado por un ritmo jadeante, obsesivo, casi de asmática: «Tenía quince años y no era bonita. Pero por dentro de su delgadez existía la amplitud casi majestuosa en que se movía como dentro de una meditación. Y dentro de la nebulosidad, algo precioso. Que no se desperezaba, que no se comprometía, no se contaminaba. Que era inmenso como una joya. Ella» («Preciosidad»).

Los cuentos de Lispector describen un suave movimiento pendular entre la realidad externa y la interna; entre lo objetivo y lo subjetivo; entre la materialidad del mundo físico y la noche del cuerpo, condenado a metamorfosearse en la noche del alma. En ese minúsculo movimiento, apenas perceptible, está el cuento. Son relatos muy carnales, fuertemente sexuados. Más que «erotismo», lo que los impregna es pasión sensual y una crudeza violenta. Hay, en la mayoría de ellos, como una lucha, como un forcejeo entre una realidad resistente y un yo caótico, al que la autora consigue apresar y dar voz por medio de chispeantes monólogos, no exentos de ironía, que describen ese espacio intermedio en que se produce el vaivén, la indecisión, el balanceo y la continuidad fluida entre lo que hay dentro de la piel y fuera.

Hay que advertir de una cosa: Lispector no es para todo el mundo. Para los que consideran que la literatura debe ser un espejo naturalista puesto al borde del camino, con su acarreo testimonial de datos periodísticos, estas páginas les resultarán extrañas, sospechosas de ser demasiado «oníricas». A aquellos que piensan que el deber de la ficción se limita a «contar una historia», a ser posible con gran despliegue de minucias catastrales, diálogos abundantes y lenguaje invisible, la música verbal aquí desplegada puede producirles una cierta irritación. Pero así es. Lispector reclama lectores cómplices y exigentes, anticonvencionales y activos, dispuestos a entrar en el juego que ella propone y dejarse sorprender por lo inesperado, lo turbio, lo hermoso y lo salvaje. Salvado este escollo inicial, lo que ella ofrece con generosidad, a manos llenas, es de una enorme riqueza, y compensa sin reservas. No en vano la suya es la obra de alguien que quiso ser escritora por encima de todo, «con una determinación tan obstinada como si expresar el alma la suprimiera finalmente» («El mensaje»).

Los mejores cuentos de Lispector sumergen al lector, como en una ensoñación de límites vagos, en la experiencia del misterio, sin cometer la torpeza, claro está, de desvelar el misterio. Ahí reside, en nuestra opinión, una de las claves de su modernidad incesante y del gozo renovado que su lectura produce. No aplastar el misterio, dejar que el misterio respire y se realice en el tejido mismo del cuento, es sin duda una de las proezas mayores de esta irrepetible escritora en el arte del relato breve.

01/01/2003

 
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