ARTÍCULO

Cuba, una vez más

 

El año pasado, coincidiendo con los primeros cien años del Desastre y la pérdida definitiva de los restos del Imperio ultramarino, la producción editorial sobre Cuba alcanzó niveles centenarios, si bien su mayor parte se dedicó a los años finales del período colonial 1 . Por el contrario, los trabajos sobre temas más recientes han sido escasos, siendo los de Marifeli Pérez-Stable y Manuel Vázquez Montalbán aquí comentadas dos de las pocas excepciones, aunque la aproximación de ambas a su objeto de estudio sea diferente. Mientras Pérez-Stable ofrece una visión histórica, política y sociológica de la revolución cubana y su desarrollo posterior, llegando hasta nuestros días, Vázquez Montalbán, en tono periodístico y a través del hilo conductor del reportaje, rastrea las claves profundas de la Cuba actual, aprovechando la estela de la visita papal.

La tesis doctoral de Pérez-Stable, publicada en inglés en 1993, veinte años después de su redacción inicial, hoy se ofrece actualizada en español. Para explicar el proceso revolucionario, presenta sus raíces estructurales y políticas desde principios del siglo. Sin embargo, al acentuar los aspectos económicos y sociales, en detrimento de los políticos, sus argumentos no aportan novedades relevantes, salvo (lo que es muy de agradecer) un cuadro de conjunto homogéneo y coherente. Los capítulos siguientes, ordenados cronológicamente, dan una versión crítica de la revolución, especialmente brillante en lo tocante a la evolución de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) y de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC). Sin embargo, hay algunos grandes temas ausentes, como el respeto a los derechos humanos y políticos y la construcción de la ciudadanía, lo que podría explicar los porqués del callejón sin salida en que se encuentra actualmente la revolución.

Por su parte, el monumental trabajo periodístico de Vázquez Montalbán gira en torno a numerosas entrevistas. Sus interlocutores son integrantes del establishment local, como el fallecido Manuel Piñeiro, (a) Barbarroja, durante años el factotum del espionaje cubano, el presidente de la Asamblea Nacional, Alarcón de Quesada, o Carlos Manuel de Céspedes, vicario general de La Habana; del exilio de Miami o Madrid, como Max Lesnick, Gutiérrez Menoyo o Jesús Díaz, director de la revista Encuentros de la Cultura Cubana; españoles, como Felipe González, Carlos Solchaga y Alberto Recarte, presidente de la Fundación Hispano-Cubana, y altas jerarquías vaticanas, como Rafael Navarro Valls y el presidente de Justicia y Paz, el cardenal Roger Etchegaray. El excesivo tamaño del libro provoca innecesarias repeticiones, algo más notorias cuando se trata de párrafos casi textuales, como ocurre con la Fundación Hispano-Cubana (págs. 436 y 458), la anécdota de Lesnick y los 5.000 dólares de Clinton (págs. 313 y 505) o el chiste de Piñeiro sobre el espionaje norteamericano (págs. 61/62 y 636).

Por diversas razones, la revolución cubana y los fenómenos a ella asociados provocaron un profundo debate político, ideológico, histórico, sociológico, etc. Frente a la revolución, y a quien aparece como su máximo protagonista, Fidel (aunque según la ortodoxia marxista ese rol le corresponde al pueblo), es difícil situarse en posturas intermedias, dominadas por la razón, el equilibrio y la sensatez. Esta dificultad es aún mayor en España y América Latina, donde muchos de los compromisos adquiridos desde 1959 parecen pervivir y los libros aquí comentados y esta crítica comparten dicho pecado originario. En buena medida, esto ocurre porque durante mucho tiempo Cuba fue, y para algunos sigue siendo, un «símbolo sobrecargado de esperanzas» (Pérez-Stable) y el mejor camino, o el mejor ejemplo, de la revolución posible en América Latina o de la revolución imposible en la vieja y caduca Europa. A Cuba siempre se la vio con una lupa teñida de romanticismo.

¿Qué lectura hacer de la Cuba revolucionaria? ¿Estamos frente a un proceso caracterizado por la impronta del comunismo, del marxismo-leninismo (aunque hoy se venda que los vientos de la renovación son acompañados de nuevas relecturas del viejo Gramsci) o a la vieja y permanente revolución nacionalista, la de Martí, Maceo o Félix Varela? ¿Qué señas de identidad esconde el patria o muerte, la consigna indisolublemente vinculada a la trilogía Fidel-Patria-Revolución? ¿Qué papel juegan el Partido Comunista de Cuba (PCC), los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) y las organizaciones de masas, como la CTC o la FMC? Una de las dificultades para escribir sobre Cuba es el peso de los tópicos en su historia. En primer lugar, la omnipresencia de Martí, que afecta a unos y otros. Quizá cuando los nacionalistas cubanos de ambos signos se sacudan su asfixiante yugo, similar al de Bolívar o San Martín, mejore la reflexión sobre Cuba y su pasado. Claro que no se puede hablar de Cuba sin hablar de Martí, pero no todo lo que pasa debe analizarse en términos martianos. No es casual que Fidel y sus compañeros se llenen la boca con su nombre, ni que Radio Martí sea la principal herramienta de propaganda contra-revolucionaria. En segundo lugar, el carácter de burdel generalizado de la isla hasta la llegada purificadora de la revolución. Como bien dice Vázquez Montalbán, La Habana no era Cuba, pero tampoco todas las habaneras se dedicaban a lo que hoy se conoce como jineterismo, por más que quienes practican, ayer y hoy, el turismo sexual se rindan ante la belleza insultante de jineteras y jineteros. Por último, el de los avances incontestables de la revolución en educación y sanidad. Aquí, sin embargo, como hace Pérez-Stable, habría que hablar más del punto de partida, comparando la realidad cubana de fines de la década de 1950 con el resto de América Latina y se vería que ni todo era páramo ni todo burdel, aunque la ciclópea tarea de los revolucionarios fue capaz de construir un impresionante sistema de salud y sanidad.

Para Vázquez Montalbán, la revolución cubana es un bien en sí mismo, algo a conservar sin valorar demasiado cuáles son las ventajas y desventajas que su mantenimiento supone para los cubanos, asumiendo acríticamente que las mejoras en salud y educación son valores superiores a las restricciones en libertades públicas y en capacidad de disenso. Al mismo tiempo, no profundiza en un problema básico: ¿cómo se avanzó en la consecución de los objetivos sanitarios y educativos mientras la URSS subsidió la revolución y cómo se produjo su deterioro a partir de la crisis del comunismo y de la caída del muro de Berlín? ¿Cuál es el estado actual de hospitales y escuelas? ¿Cuál el déficit de viviendas que se arrastra? PérezStable da algunas cifras interesantes: en 1992/1993, 50.000 personas sufrieron neuropatía óptica, una enfermedad causada por la desnutrición; la producción de alimentos disminuyó un tercio entre 1989 y 1994 y el porcentaje de pobres, si bien bajo en relación con América Latina, pasó del 2% en 1998 a casi el 10% en 1996.

En la misma línea Vázquez Montalbán cuestiona el significado de las elecciones libres, del multipartidismo político y de la libertad de expresión: «¿Qué sentido tienen para las masas del Tercer Mundo en general y para las latinoamericanas en primera instancia?». Parecería que su respuesta sintoniza con la de Fidel: «Son superestructuras de la democracia imperialista, sin base social ni material en las democracias latinoamericanas, con sus miserables condiciones de vida para la inmensa mayoría, Estados dependientes del imperio norteamericano y de las multinacionales o de la trama del narcotráfico» (pág. 630). Más allá de lo retórico de las preguntas y del sesgo de su respuesta, hay una cuestión en la que nuestro autor no entra: ¿cómo se vive en América Latina cuando estos ingredientes, aparentemente deleznables, de la sociedad burguesa no existen? En realidad, la sola pregunta acerca del sentido de las libertades formales es un insulto para las víctimas de las dictaduras militares. Es obvio que la democracia en América Latina no es la panacea y debe reforzar su flanco institucional y realizar sustanciales mejoras en la distribución del ingreso, pero con ellas no hay desapariciones, torturas ni crímenes políticos generalizados. Con ellas es posible disentir, sin correr el riesgo de tener que pagar el elevado precio de la cárcel o el exilio.

Para Castro no hay dudas del nulo valor de las libertades formales. Entre sus juicios lapidarios figura el siguiente: «Nadie se imagine que alguien individualmente puede hacer un artículo enjuiciando al Estado, al partido, las leyes, todo, y sobre todo, al partido. Queremos una amplia información, pero esto no quiere decir que alguien se puede tomar la prerrogativa de enjuiciar al partido. Eso debe quedar clarísimo, porque no estamos en un régimen liberal burgués ni mucho menos» (PérezStable, pág. 272). De ahí su empeño en exportar la revolución a América Latina, apoyando a la guerrilla y cualquier aventura partidaria de la lucha armada. Todavía no se ha hecho el balance de la influencia cubana en la barbarie en que los militares y los guerrilleros sumieron a la región ni la responsabilidad de personajes como el Che Guevara o Fidel Castro a la hora de llevar a varias generaciones latinoamericanas a inmolarse gratuitamente en aras de la revolución. Por eso llama la atención el mimo con que Vázquez Montalbán, siempre tan cuidadoso con las palabras, alude al argentino Mario Firmenich, en su época líder máximo e indiscutible de los Montoneros: «De él se ha dicho casi todo. Vive modestamente en Barcelona». En su trabajo, Vázquez Montalbán se prodiga en adjetivos y juicios de valor cuando el panegírico o la condena se adecuan a las necesidades del guión, pero cuando se avanza en la dirección contraria el estilo es dominado por la sobriedad y el ahorro de calificaciones, lo que supone un uso continuo del doble rasero.

Una de sus preocupaciones es mantener los logros revolucionarios tras la muerte de Fidel, o dicho de otro modo ¿cuál será el fin de la revolución? Por eso, una salida es su «reconversión en Revolución cultural frente al neoliberalismo», convergiendo con los movimientos emergentes latinoamericanos, comenzando por el indigenismo zapatista del autoproclamado subcomandante Marcos, para corregir las relaciones de dependencia en la región. Sin embargo, su embelesamiento por lo que llama revolución zapatista (¡cómo se ha devaluado la revolución!), «con un código pegado a la lógica de los indígenas, a su sustrato cultural», al tiempo que reivindica los valores del mestizaje, le hace olvidar la imposibilidad de conjugar la defensa de lo indígena con la apuesta por el mestizaje, por la integración. O lo uno o lo otro. Ambas salidas son incompatibles y no se puede jugar con dos barajas a la vez, aunque sea en el reino del multiculturalismo. No sería malo profundizar en torno a las relaciones entre los indígenas y los ladinos (mestizos) guatemaltecos.

Pese a sus diferencias, ambos autores formulan preguntas comunes: ¿cuál es el futuro de Cuba?, ¿cuándo comenzará la transición, o como se le llame?, ¿es posible compatibilizar la economía de mercado con la economía socialista o fuertemente centralizada?, ¿habrá que esperar a la muerte de Castro para que la situación se desatasque? Igualmente, los dos parten de premisas más o menos similares sobre los orígenes de la revolución y las bases de su legitimidad: antiimperialismo y nacionalismo del movimiento insurreccional que derrocó a Batista, avances en la satisfacción de las necesidades básicas, amplio consenso inicial con fuerte respaldo popular a los líderes revolucionarios, el gran carisma de Fidel. Los mexicanos suelen emplear el dicho de «Tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos». Quizá, por sus características, el mismo adagio se adapta más a Cuba, como señalan la evolución de su nacionalismo radical, las relaciones de amor-odio con su vecino, las permanentes referencias al bloqueo para justificar los actos de gobierno y el actual estado de cosas. Para Pérez-Stable la cuestión es importante, ya que según ella, sin revolución Cuba probablemente habría seguido el rumbo del «desarrollo tropical dependiente», un modelo inexistente en América Latina, pero probable en relación a sus viejos compromisos exportadores. Otro punto en que ambos autores coinciden es el de la importancia del capital humano formado por la revolución. En este, como en otros temas, sus preguntas difieren y sintetizan, de alguna manera, sus puntos de vista sobre Cuba. Para Pérez-Stable la cuestión está en la subutilización del capital humano y el desafío no resuelto de transformar las cuantiosas inversiones en capital humano «en un avance sostenido de la productividad laboral y del crecimiento económico» (pág. 166). Por su parte, Vázquez Montalbán interroga a varios de sus entrevistados por la relación entre capital humano y el autoempleo o trabajo autónomo, ante las restricciones impuestas. Los profesionales, como médicos o abogados, no pueden trabajar como autónomos en sus propias especialidades. Las respuestas obtenidas giran en torno al hecho de que el capital humano fue formado por la revolución y sólo a ella le corresponde fijar su destino, que en absoluto debe colaborar a ahondar las diferencias sociales en Cuba.

Para concluir quisiera señalar que el libro de Vázquez Montalbán no cayó demasiado bien en algunas esferas del gobierno cubano, lo que prueba una vez más el inmovilismo del régimen. No se trata tanto de quién mueve ficha, sino de cuál será el derrotero futuro de Cuba, una preocupación común para nuestros dos autores. Este proceso, en la jerga de los politólogos, suele llamarse transición, una palabra que gusta poco o nada a aquellos que más pronto o más tarde serán removidos del poder, sean los dinosaurios del PRI o los burócratas del régimen castrista.

01/06/1999

 
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