ARTÍCULO

Aves migratorias

 

La ficción trata del cambio: es uno de sus grandes pilares, el eje común que unifica a sus heroínas y héroes, ya se llamen Ulises, Alonso Quijano, Hamlet, Robinson Crusoe, Emma Bovary, Anna Karenina, Hans Castorp, Holden Caulfield o –con perdón– los Pokémon. De las pruebas, procesos de metamorfosis y maduración, capacidad de superación personal o colectiva, obstáculos, purificación espiritual y anímica a que se ven sometidos unos seres intermedios, ni vivos ni muertos, a quienes para simplificar damos el nombre de personajes. Un personaje que no evoluciona es un personaje muerto. Pues bien, no está de más recordarlo a la hora de sumergirse y disfrutar a conciencia de este libro delicioso del escritor japonés Haruki Murakami (Kyoto, 1949), cuyo tema esencial es la transfiguración interior (e incluso física: al personaje central le sale una mancha en la mejilla igual que a Gregor Samsa le salían membranas de escarabajo) y las señales que la preceden.

Su protagonista es Tooru Okada, treintañero, en paro, casado con Kumiko desde hace seis años, a quien un buen día esos heraldos del cambio comienzan a hacerle guiños y a enviarle sus avisos. Durante las primeras páginas del libro no ocurre nada importante, la situación es más bien estática dentro de la pintura de su pequeño y burgués mundo apacible, nada cruje, nada se mueve, fuera de una equivocación telefónica (la voz de una mujer desconocida le susurra un mensaje de gran carga erótica) y de que ha perdido su gato, el gato tan querido por su esposa, y al gato hay que encontrarlo como sea. Cueste lo que cueste. Ese es el punto de arranque. Una voz equivocada, un gato lejos. Como se ve, nada importante. Pero a partir de ahí comienza a deslizarse suavemente cuesta abajo una comedia risueña, irónica, hasta cierto punto inocente, inscrita bajo la constelación de la sorpresa y la sonrisa continuas.

Tiene gracia que el protagonista desempleado esté allí, de brazos cruzados, sin hacer nada, y que gente desconocida (una vidente con un sombrero de plástico rojo obsesionada por el agua, su hermana, muchacha con tendencias suicidas, un viejo excombatiente, etc.) llamen a su puerta, se instalen en su sofá, se beban su té y pasen a relatarle con toda prolijidad y sin ningún pudor su pasado. Okada escucha con paciencia y compasión esos retazos de biografías ajenas, mientras su propia existencia cobra sesgos inesperados, y durante buena parte de la novela se limita a cumplir una función meramente pasiva, ornamental, de escucha: se convierte en lector de textos vivos. Nosotros, junto a él, somos oyentes. Pero esos fogonazos de intimidad cazada al vuelo, extraordinarios todos, muy trabajados desde el punto de vista literario, actúan de manera cervantina como novelas dentro de la novela, interrumpiendo, enriqueciendo y adensando el flujo discursivo del personaje central y su peripecia individual en busca de un sentido para lo que le sucede. La superficie de la novela va construyéndose así de una manera fluvial, orgánica, involuntaria casi, por acumulación de materiales dispersos, cartas, confesiones a deshora y monólogos, lo cual no impide que por debajo la sostenga un incansable rigor narrativo trazado con tiralíneas.

La estructura del libro responde al esquema clásico del héroe que debe superar una serie de pruebas, pasadas las cuales accederá a la solución de un enigma. Por ese lado, aporta pocas novedades. Lo que asombra de Murakami es su ambición desmedida, su profesionalidad, el empeño que pone en superar el realismo ramplón dinamitándolo desde dentro, atacándolo con sus propias armas, distribuyendo cargas de profundidad en un bello edificio de apariencia racionalista que, cuando se desploma, deja ver sus cimientos medio podridos y sus sótanos llenos de ratas. De ahí la continua apelación al lado oscuro de los sueños, la telepatía, el ocultismo, las casas encantadas, lo sobrenatural y, en general, a todo ese reverso parasitario y onírico que empapa poco a poco la novela, tiñéndola de colores nocturnos. Su trazado laberíntico remite a la búsqueda del centro, Grial o Minotauro, y es cierto que el héroe (o antihéroe) de este libro comparece como un San Jorge más bien pacífico y renuente, con pocas ganas de liquidar al dragón, o como un Teseo de ojos rasgados al que los hilos de unas cuantas Ariadnas, más que ayudarle a encontrar la salida, contribuyen a enredarlo más aún. Aquí entra en juego el humor de Murakami, un humor tan contenido y sutil que corre el riesgo de pasar inadvertido o perderse en la traducción. Por fortuna, eso no ocurre, y el lector atento disfrutará, si lo descubre, de esa veta de humor flemático, digno de Buster Keaton, un cosquilleo liviano que parece provocado, para no salirnos del tema, por ciertas plumas de pájaro.

Crónica... es una novela caudalosa, quizá en exceso, lo que a veces lleva a su autor a perderse en meandros y divagaciones, no siempre justificados, incorporar episodios marginales que no aportan gran cosa a la historia central y sólo sirven para rellenar páginas. Como ya quedó expuesto en su anterior libro traducido a nuestro idioma, La caza del carnero salvaje (Anagrama, 1992), Murakami tiende al gigantismo, a la prolijidad enciclopédica, lo cual puede ser tanto un defecto como una virtud, según se mire, pues si por un lado acumula a borbotones peripecias casi de culebrón, por otro lado es fiel heredero y renovador de un género, la novela, que desde sus mismos orígenes se ha caracterizado, más que por la sobriedad, por la exhaustividad barroca, la mutación incontrolada y la incontinencia bulímica. En las casi setecientas páginas de este libro abundantísimo y generoso hay de todo, pasajes espléndidos, dignos de antología, mezclados con desmayos esporádicos que no merman la brillante ejecución de un trabajo poderoso, de largo aliento, fruto de un talento desbordante del que cabe esperar mucho, todo, al cual sólo es capaz de hacer sombra su propio exceso de dotes.

01/12/2001

 
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