ARTÍCULO

Florian Henckel-Donnersmarck: «La vida de los otros»

 

Parece que 2006 ha sido un año notable para el cine realizado en Europa, a tenor de las películas que competían a los Oscars en el capítulo de las producciones en habla no inglesa. Es de desear que el fenómeno siga repitiéndose y vuelvan aquellos tiempos en que era posible elegir en la cartelera de cualquiera de nuestras ciudades entre casi el mismo número de películas europeas que estadounidenses. Tómenlo como una excentricidad, pero últimamente vengo encontrando una relación inversa entre el consumo de palomitas y la calidad del cine que se ofrece. A más palomitas, menos cine. Y como las megasalas, a pesar de su confort, están perdiendo espectadores, posiblemente abrumados, entre otros ruidos, por el de tanto tiroteo, convendrán conmigo en que se anuncian días de esperanza, en los que incluso podemos llegar a contemplar la extinción de los expendedores de palomitas, desalentados por la poca venta, y en los que una parte del cine americano pueda derivar hacia la elaboración de programas de uso en las play stations donde los muertos electrónicos puedan subir hasta el infinito y así se olviden del cine que, ¡ay!, podría ir liberándose de casi todo aquello que le sobra.
En el cine de producción española, dentro de su estrechez estructural, ha habido persistentes síntomas de tal cosa. Películas como Volver, tan magistralmente deudora de la mejor tradición cinematográfica, o algunas otras de jóvenes realizadores y también de algunos veteranos, cuyo nombre ahora no viene al caso, lo atestiguan de modo sobrado. Algo que vale también para el cine europeo y más concretamente, a tenor de ciertas producciones de los últimos años, para el alemán. Recuerdo ahora Good Bye, Lenin o la excelente por tantos conceptos El hundimiento, ambas reseñadas en estas mismas páginas. Vaya por delante que La vida de los otros del realizador novel Florian Henckel-Donnersmarck, se inscribe en tan magnífica estela. Su director trabajó durante ocho años en el proyecto, lo que no está nada mal. Él mismo escribió el guión y, según parece, hubo de resisitir algunas presiones encaminadas a que hiciera la película en clave de comedia. Su éxito, desde luego, ha sido enorme, con más de once nominaciones para los premios de la Academia del Cine alemana y con la obtención del Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 2006. Oscar que, por cierto, disputó, entre otras, como es sabido, a la española Volver.
En La vida de los otros se cuenta la historia de una trasformación, o, mejor dicho, de varias. Y precisamente eso, el cambio, que es el material narrativo por excelencia, aquí se da en abundancia. Primero, el que experimenta el capitán Gerd Wiesler, interpretado por Ulrich Mühe, que de firme defensor de los valores comunistas de la República Democrática Alemana, deviene en cómplice y encubridor de los supuestos disidentes a los que vigila y debe perseguir. Segundo, el del prestigioso autor dramático y poeta Georg Dreyman, interpretado por Sebastian Koch, hombre prudente que mide al milímetro cuanto dice para no incurrir en el desagrado del régimen, lo que puede perjudicar su carrera, hasta el día en que se lanza a la peligrosa aventura de denunciarlo en un artículo en Der Spiegel, el semanario más influyente de la República Federal Alemana. El artículo, publicado naturalmente bajo un nombre supuesto, establece una relación directa entre el alto índice de suicidios de la República Democrática Alemana y la situación política de opresión que allí se vive.
Y todavía otro cambio más, porque su mujer, la actriz Christa-Maria Sieland, que interpreta Martina Gedenk, también vive su propia metamorfosis, cuando, acosada por la Stasi, que obedece las instrucciones de un despechado ministro de Cultura que la desea, no vacila, para salvar su propia carrera, en arruinar la de su marido. En Alemania la película ha generado alguna discusión. Para unos ha arrumbado definitivamente lo que se consideraba un tratamiento demasiado complaciente con el pasado estalinista de la República Democrática, por ejemplo, el que había, según algún punto de vista, en peliculas como Good Bye, Lenin. Los alemanes han acuñado incluso un nuevo vocablo para expresar ese sentimiento, Ostalgie, como si dijeramos «estalgia» (neologismo compuesto de las palabras este y nostalgia).
Cuesta entender el reproche, al menos por lo que se refiere a Good Bye, Lenin, pero, claro, nos falta proximidad, aunque comprendo muy bien a quienes dicen que con el estalinismo no se juega, como no debe jugarse con el nazismo. Y hasta me parece posible que aquella ironía y aquella frescura de Good Bye, Lenin, adoleciera, a ojos alemanes, de una cierta blandura en la denuncia, sobre todo si nos atenemos al personaje de la madre.
Este no es ahora el caso, sin embargo. En La vida de los otros, según opinión mayoritaria del público alemán, ha quedado fielmente retratada la vida cotidiana bajo el estalinismo alemán, en el que, a cambio del pleno empleo y un sistema sanitario universal, aunque anticuado, el ciudadano se había convertido en poco más que un esclavo del Estado. Desde el punto de vista germano, La vida de los otros como título resulta de una ambigüedad muy rica y sugerente. En principio podía pensarse, que se ofrece al público una perspectiva del distinto tipo de vida que llevaban esos otros alemanes, los que no tuvieron la suerte de vivir en la República Federal, o, dicho de otro modo, los que tuvieron la desgracia de quedar atrapados en la República Democrática. Aunque, al poco de iluminarse la pantalla, uno comprende que a lo que se alude es a la vida de aquellos individuos concretos a los que nuestro hombre, el eficiente Gerd Wiesler, implacable capitán de la Stasi, la todopoderosa policía política del régimen, tiene que vigilar; individuos que se erigen así en símbolo de todos los demás, pues, según dice cínicamente en el epílogo de la película el ya ex ministro de Cultura de la RDA, «No había un solo hogar que no estuviera abierto a los ojos y a los oídos de la Stasi».
Ni un palmo de intimidad podía quedar oculto a la mirada inquisitorial de los sabuesos policías políticos, de los esbirros del Estado, encargados de velar por su sedicente seguridad: el cuarto de baño, las alcobas, la cocina, el salón, ningún rincón se libraba de esa mirada vigilante, tal la de un Yavé que todo lo viera y todo lo oyera a fin de evitar el descarrío de sus hijos, a los que, llegado el momento, sabrá reprimir con extrema dureza, sin la menor vacilación. Es muy significativo lo que dice uno de los jerarcas de la Stasi en la película cuando le encarga a su hombre de confianza, antiguo condiscípulo, amigo y también subordinado, el ya mencionado Gerd Wiesler, que encuentre pruebas para incriminar al célebre escritor, cuya mujer desea el ministro de Cultura: «Para doblegar a un poeta sólo necesitas privarle de la palabra, aislarlo durante semanas y meses. Que esté solo, que no hable con nadie. Una vez que salga de ese confinamiento, ni siquiera querrá volver a escribir una sola palabra más».
Pues bien, de tan peculiar pasta de torturador está hecho nuestro protagonista, ese capitán Gerd Wiesler, gran vigilante y gran reprimidor, un hombre con veinte años de veteranía a sus espaldas, al que se nos presenta ya en la primera secuencia interrogando a un joven padre, contra el que no se ahorran torturas psicológicas, empezando por la de negarle el sueño, y terminando por unas muy poco veladas amenazas a la salud de su hijita o de su esposa. Todo ello sin que se le mueva una pestaña, convencido, como parece estar, de que aquello que hace es lo que debe hacer, hasta el punto de que nuestro hombre, que ha grabado los pormenores de su in­terrogatorio, se los muestra a sus alumnos, en un aula escalonada de apariencia universitaria que resulta ser la academia de la policía política, de la que es uno de sus más prestigiosos profesores.
Este principio es clave. En él se nos caracteriza al personaje como un ser fanático e inflexible, una maquinaria de represión, un perfecto esbirro del que muy poca flexibilidad o comprensión cabe esperar, mucho menos un cambio drástico. Y es una lástima, porque ése es el punto débil de la narración. Unos malos cimientos desde los que elaborar tamaña transformación. Nuestro hombre no es un cualquiera, es un maestro de la represión, reconocido como tal por su propio jefe y amigo, que por eso le encarga uno de sus más delicados casos, un caso de confianza. Pero, como digo, es en esas primeras secuencias donde queda remachada la conciencia del personaje, cuando les explica a sus alumnos cómo hay que interpretar las ­reacciones de un detenido sometido a tortura psicológica. Dice, por ejemplo, que si tolera sin gritos de protesta el incremento cruel de la presión a que se le somete, ello se debe a que se sabe culpable.
De donde ha de inferirse que cuando, tras interminables horas o días de interrogatorio, el detenido acaba por derrumbarse y admite expresamente como ciertas todas las acusaciones, implicando además a otras personas cuyos nombres empiezan a aflorar en cascada, no sólo se ha logrado el objetivo de combatir a los enemigos del Estado, sino que los malos tratos quedan justificados precisamente por ese reconocimiento de culpabilidad.
Pues bien, un personaje como éste, con su aire gélido, entre cientifico y burócrata, con el corazón endurecido por su experiencia «profesional» hasta extemos difícilmente imaginables, llega a derramar unas lágrimas cuando a través de los auriculares de su acecho oye al piano la Sonata para un hombre bueno que toca el poeta Dreyman, su vigilado, a quien acaban de comunicar la noticia del suicidio de uno de sus amigos, un importante director de teatro y disidente político, desesperado por la persecución de que es objeto.
Podían haber sido lágrimas de cocodrilo, como las de aquel Nerón que hacía Peter Ustinov en Quo Vadis de Mervyn LeRoy, y estaríamos ante una curiosa vuelta de tuerca que nos habría llevado hacia terrenos de mayor complejidad, pues a los nazis, y al mismo Hitler, lo mismo que a los estalinistas, también les gustaba la música, y podían ser dulces y tiernos con sus allegados y acariciar a los animales en el lomo. Pero acaso esto sería mucho pedir para lo que no deja de ser una ópera prima, tan sobresaliente por otra parte. O, quién sabe, acaso algunos alemanes sean así, y la procesión vaya, como se dice vulgarmente, por dentro, hasta que un día, de repente, todo se rompe, como ese dique incapaz de contener aquello que ha aguantado durante años.
Me temo más bien que pretende decírsenos que este es el primer caso sucio, no puro, en el que se ve envuelto nuestro policía, lo que le hace reaccionar de esa manera tan extraordinaria. Porque nuestro policía era un puro. Es como si los medios empleados sólo fuesen reprobables en función del fin que apetecen. Ya se ha dicho que el ministro de Cultura –tenía que ser el de Cultura– deseaba mujer ajena, precisamente la del poeta, y que ese deseo da pie a toda la persecución contra el marido. Pero, ¿nunca antes se había encontrado nuestro hombre con algo parecido en veinte años de meticuloso trabajo al servicio de un Estado policial?
Conocemos bien a ese tipo de sujetos: los hubo con Franco, como los hubo con Hitler y con Stalin. Pero sea como fuere, lo cierto es que a los espectadores les encanta. Y tanto más cuanto que nuestro hombre de la Stasi más parece hecho de ese fanatismo siniestro de los inquisidores, uno de esos individuos que por estar donde está, el lugar del verdugo, tiene garantizado que jamás ocupará el lugar de la víctima. Nunca es tarde si la dicha es buena, y nuestro hombre tiene corazón. Y al público le encanta, harto de ver que los malos siempre triunfan en la vida, quizá precisamente porque nunca cambian. Así que la Sonata para un hombre bueno es efectivamente una sinfonía para nuestro implacable policía. Ya lo vemos con algunas novelitas de sorprendente éxito en el mundo que relatan hazañas de héroes tan de una pieza y tan poco complejos como una ameba. En La vida de los otros hay algo más de complejidad. El problema es, lamentablemente, de verosimilitud. Nuestro hombre, nuestro implacable policía, no sólo llora al escuchar la Sonata para un hombre bueno, sino que compromete su carrera, y hasta su vida, en el encubrimiento de aquellos a quienes tiene que condenar y destruir.
Del resto de los personajes cabe decir alguna cosa. Acaso el más verosimil sea el poeta que, halagado por el régimen, ha logrado vivir en una extraña tierra de nadie, donde no se compromete, y eso que se dedica a escribir. Su ambigüedad es terreno mejor abonado para el cambio que la dura veteranía de nuestro policía. Y, por último, Christa-Maria, la célebre actriz, acaso el personaje más difícil, idealista y práctico, no es capaz de resistir el acoso de quienes buscan la ruina de su marido, así que se lo entrega a sus enemigos. Pero no del todo, puesto que no revela, en primera instancia, dónde se esconde la máquina con la que se escribió el famoso artículo en Der Spiegel. ¿Por qué no? Cosas del guionista. Hay que suponer que para que nuestro policía, este Gerd Wiesler de la Stasi, tuviera ocasión de redimirse.

La vida de los otros, de Florian Henckel-Donnersmarck, está distribuida por Alta Films.

01/06/2007

 
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