ARTÍCULO

Crítica contemporánea de Adam Smith

 

Ortega cuenta la divertida historia de un noble caballero que parte hacia el frente de batalla y se despide así de su amada, que lo contempla desde una almena del castillo: «Adiós, amor mío, me voy a la Guerra de los Treinta Años». Nuestra limitada capacidad para enjuiciar lo coetáneo resulta, no obstante, de interés para ponderar el pasado desde el presente: resulta provechoso saber lo que se decía durante el fragor de unos combates, cuya duración y desenlace eran entonces incógnitos. En el mundo de las ideas, tal es el objetivo de la colección Key Issues, que ha publicado dos excelentes antologías que reflejan la opinión que sobre las obras de Adam Smith expresaron quienes no tenían forma de saber lo que la historia del pensamiento iba a deparar al escocés autor de La teoría de los sentimientos morales (1759) y La riqueza de las naciones (1776).

John Reeder, profesor de la Universidad Complutense, divide su recopilación en tres partes. La primera recoge las respuestas iniciales de los amigos de Adam Smith, escritas todas ellas en el mismo año de 1759. David Hume dio ya entonces en la diana de lo que va a ser el motivo central de virtualmente todos los comentarios que recibirá el primer libro de Smith: la simpatía, la idea de que juzgamos nuestra conducta y la de los demás a través de un mecanismo de identificación con los agentes, sus motivaciones y reacciones.

La segunda parte incluye respuestas más reposadas de los contemporáneos de Smith, colegas filósofos escoceses. Thomas Reid, que en 1764 sucedió al propio Smith en la cátedra de Filosofía Moral en Glasgow, sostiene que el sistema smithiano es una variante del «egoísta» de Thomas Hobbes y Bernard Mandeville, y alega que o bien obliga a presuponer un sentido moral como había hecho el maestro Francis Hutcheson, o bien conduce a predicciones erróneas sobre la conducta humana.

Dice John Reeder que estos argumentos deben verse a la luz de los grandes cambios que Smith fue introduciendo en las sucesivas ediciones de la Teoría, especialmente en la segunda de 1761 y la sexta y última de 1790, publicada poco antes de su muerte. Está claro que le interesaba mucho distanciarse de visiones como la de Mandeville, a la que censuraba por no distinguir entre el vicio y la virtud, y defenderse de la imagen de egoísta epicúreo que hace depender demasiado la ética del juicio de los demás. La revalorización cada vez más intensa y explícita de los estoicos en las siguientes ediciones resulta de este modo suficientemente iluminada.

Adam Ferguson escribe un divertido diálogo imaginario donde objeta el empleo de la simpatía cuando ya estaba disponible la noción de conciencia, asunto sobre el que vuelve Dugald Stewart, amigo y primer biógrafo de Smith.

La tercera y última parte del libro compilado por John Reeder incluye observaciones posteriores de dos discípulos de Stewart: Thomas Brown y sir James Mackintosh. Brown ataca por el lado de la circularidad: la simpatía presupone los sentimientos morales que según Smith derivan de ella. Con agudeza, Brown subraya la ambigüedad del término simpatía, que es una crucial mezcla de participación en los sentimientos ajenos y aprobación de los mismos, y la denuncia en tanto que endeble soporte de reglas morales. Mackintosh también aduce que las normas éticas no pueden derivarse de las ideas y pasiones que nos rodean, y que Smith nos arrastra peligrosamente hacia el relativismo. James Anson Farrer acude al rescate y afirma que existe una «uniformidad suficiente» en las leyes de la simpatía como para que la regla de la simpatía genérica (el espectador imparcial smithiano) permita articular un sistema de normas de conducta.

Se trata, en resumen, de un trabajo indispensable para todos los estudiosos del Smith moralista, que contribuirá a documentar el renacimiento del interés por La teoría de los sentimientos morales.

El caso del otro libro de Smith es diferente, porque el interés que suscitó La riqueza de las naciones no decayó desde su aparición en 1776. La Riqueza iba a ser pronto considerada la partida de nacimiento de una nueva ciencia, algo que por supuesto no habría podido predicarse de Sentimientos morales y que sin duda contribuyó a su difusión, como también lo hizo la consigna del libro: el liberalismo económico. La antología correspondiente a la Riqueza corre a cargo de Ian S. Ross, profesor emérito de la Universidad de British Columbia y autor de una reciente y fundamental biografía de Adam Smith, ya reseñada en estas páginas (véase Revista de libros, diciembre 1996).

Ya en 1776 John Millar plantea la necesidad de establecer excepciones al libre comercio ante la posibilidad de que los intereses empresariales no siempre concidieran con el interés general. El gobernador Thomas Pownall, receloso del comercio libre, se opone a la doctrina (en realidad bastante ambigua) de Smith a propósito de las colonias, y formula algunos comentarios sagaces sobre cuestiones monetarias y teoría del valor. También desconfía del liberalismo James Anderson, para el caso de la agricultura, una actividad que ha sabido mantenerse hasta la fecha mucho más al amparo de la competencia que los demás sectores. David Buchanan se aleja de la no muy fina teoría smithiana de la renta. Dugald Stewart, por su parte, fue capaz de captar la complejidad del «obvio y sencillo sistema de la libertad natural», que no es tan obvio ni tan sencillo sino totalmente anti-intuitivo: la consecución óptima de objetivos sociales sin pretender alcanzarlos de manera directa o intencionada. Lauderdale ataca hábilmente la teoría del valor-trabajo, pero no es capaz de aprehender cabalmente la lógica del mercado. Sí apunta los problemas del ajuste entre ahorro e inversión, en una tradición que tendría dos hitos mucho más célebres que Lauderdale: Malthus y, un siglo después, Keynes.

Tras los académicos, Ian Ross recopila textos de un ámbito distinto: la política. Smith no fue tratado por sus contemporáneos como la verdad revelada, ni mucho menos. Hasta finales del siglo XVIII su nombre fue menos citado en el Parlamento británico que el de otros economistas olvidados hace mucho tiempo, como Josiah Tucker o Arthur Young. Pero el escocés sí se fue abriendo camino en esos años turbulentos, marcados por el trauma de la independencia de las colonias americanas, precisamente el mismo año en que apareció La riqueza de las naciones. Hay citas de lord North, lord Shelburne y especialmente William Pitt (el joven), que testimonian el impacto político de Smith.

La antología se cierra con la recepción de la Riqueza fuera de Gran Bretaña: en Alemania (donde fue parcialmente traducida ya en 1776), Francia, Italia y Estados Unidos; cabe advertir al lector que en los tres primeros casos virtualmente todos los textos recogidos están en su idioma original.

Destacan las notas del primer discípulo francés de Smith, JeanBaptiste Say, más difundido que el escocés en España e Iberoamérica durante el siglo XIX , que apunta con acierto errores de la Riqueza en teoría del valor y de los precios, y transmite un aire más liberal, por ejemplo en su defensa de la usura, al estilo de Jeremy Bentham. Germain Garnier, autor de la clásica traducción francesa, atina al censurar el desorden expositivo de la Riqueza, cuyas numerosas digresiones dificultan el seguimiento del hilo argumental.

Tras un escrito italiano que destaca las virtudes de la competencia, el libro se cierra con una crítica desde Estados Unidos, a cargo de uno de sus founding fathers, Alexander Hamilton, que en su Informe sobre las manufacturas, de diciembre de 1791, presenta argumentos inteligentes contra el liberalismo. Por desgracia, no hay mención en el libro a España, aunque en nuestro país se publicó una traducción de la Riqueza –expurgada– ya en el siglo XVIII : la de Alonso Ortiz de 1794.

Por último, con la perspectiva del tiempo, cabe apuntar el llamativo hecho de que ningún contemporáneo criticó la presunta incompatibilidad entre las dos obras de Smith; el llamado Das Adam Smith Problem sería agitado en Alemania a finales del siglo XIX . Lo que a los progresistas de hogaño les obsesiona, eso del capitalismo salvaje, el ultraliberismo cruel y el mercado insolidario están ausentes en la crítica contemporánea de Adam Smith, para honra de ambos. La argumentación contra el mercado es siempre matizada, incluso por los más hostiles a la competencia. Y no hay ninguna referencia a la más célebre de las metáforas smithianas: la mano invisible.

¿Cómo saber de antemano la duración de la Guerra de los Treinta Años? Ninguno de los autores recogidos en estas antologías previó que dos siglos después seguiríamos enfrascados en la lectura y debate de Adam Smith. En cambio, muchos de sus reseñadores contemporáneos se hundieron hace décadas en las tinieblas del olvido. Destino esquivo.

01/12/1998

 
COMENTARIOS

jesica 16/05/14 08:42
quisiera informacion sobre noticias al manejo economico del gob. nacional ligadas al pensamiento de Adam Smith.

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