ARTÍCULO

Placer para todos

Tusquets, Barcelona
510 PP. 24 €
 

Todos los cuentos reúne en un volumen los cinco libros de relatos publicados hasta la fecha por Cristina Fernández Cubas. Aquí se encuentran desde el ya legendario Mi hermana Elba (1980) hasta el más reciente Parientes pobres del diablo (2006), sin olvidar Los altillos de Brumal (1983), El ángulo del horror (1990) y Con Agatha en Estambul (1994). También incluye el homenaje a Edgar Allan Poe titulado «El faro» (1997), un relato que, aunque no forma parte de ninguno de los títulos anteriores, se integra en el conjunto con absoluta naturalidad.
El origen de «El faro» se encuentra en un encargo que hizo la editorial Áltera a varios autores, entre ellos a Fernández Cubas. Partiendo del cuento homónimo, apenas empezado, que dejó el escritor estadounidense, la editorial pidió a los narradores que lo desarrollasen y le dieran fin. El resultado, en el caso que nos ocupa, es un relato donde se funden el homenaje a las personificaciones que tanto empleaba Poe con su gusto por el misterio, y el retrato añadido de una enfermedad mórbida de origen incierto. Si «El faro» tiene mucho del bostoniano –sin ir más lejos, de La caída de la Casa Usher–, también nos muestra uno de los rasgos fundamentales de la escritora catalana. Pero vayamos por partes.
Dado que nos encontramos ante una compilación, tal vez sea el momento de preguntarse junto con los lectores: ¿en qué consiste la habilidad de esta escritora para atraparnos en sus redes? ¿Qué elementos comunes en la dicción, en la invención o en la estructura de estas breves y precisas obras de relojería las hace como son? Porque si bien es cierto que aquí coinciden una prosa excelente, tramas tensas e inquietantes y un don para los detalles clave, no lo es menos que estas cualidades por sí solas no siempre dan los mismos resultados. Tal vez el secreto esté en que Cristina Fernández Cubas ha echado mano con mucha frecuencia del recurso más sencillo y universal para contar historias, que consiste, como señalara Vladimir Propp en su Morfología del cuento, en hacer que los personajes transgredan leyes para después enfrentarlos a las consecuencias de sus acciones.
Así sucede en muchas de las historias aquí reunidas. Claro está que no siempre se trata de una prohibición externa y explícita, como cuando Dios prohibió a Adán comer del fruto del árbol, o como cuando Paris violó las leyes sagradas de la hospitalidad y raptó a Helena del palacio de Menelao en Esparta. En los cuentos de esta escritora, las prohibiciones, aunque también tienen un componente normativo, suelen estar más vinculadas al sentido común, en una comprensión de lo más sencilla y universal, si es que puede hablarse en estos términos sin sufrir escarnios de la policía contra la esencialización.
Valga, por ejemplo, el fascinante relato «La ventana del jardín» (de Mi hermana Elba), donde la prohibición vendría dictada por ese dictum del sentido común que nos recuerda, por un lado, que los padres, en general, saben cuidar de sus hijos y, por otro, que no está bien ser entrometido. El narrador de la historia violará estas dos leyes y con sus peligrosísimas buenas intenciones traerá la desgracia a todos. Si por un momento regresamos a «El faro», encontraremos que también allí el protagonista y narrador de la historia violará una ley de nuestra naturaleza, que es social y gregaria, marchándose voluntariamente a vivir en la soledad más absoluta. También él, con sus intenciones de laboriosa purificación, labrará su propia desgracia.
Estos mismos cuentos pueden servirnos para llamar la atención sobre otro mecanismo, esta vez elocutivo, que es muy del gusto de la autora. Este recurso consiste en dotar a los narradores, que en muchas ocasiones también son protagonistas de la acción, de un lenguaje pulido, razonable y seductor, es decir, del poder de articulación lingüística que suele caracterizar a las personas más encumbradas, para más adelante demostrarnos que, a pesar de su elocuencia, son unos mastuerzos, unos insensatos o, simplemente, hombres y mujeres que se equivocan como todos los demás.
Con ello la escritora logra al menos dos fines. Por un lado, desautorizar a la voz que narra el relato, siempre privilegiada en nuestra tradición, y, por otro, forzar en el lector la pregunta de cómo habría sido ese mismo cuento desde el punto de vista de cualquier otro de los personajes, quizá menos necio y posiblemente menos articulado que el narrador. Es decir, nos obliga al muy orteguiano perspectivismo.
Un último recurso, que no por sutil deja de ser imponente y fundamental en estas narraciones, es el humor. Se trata, además, de una presencia que ha ido ganando terreno con el paso del tiempo. Buena prueba de ello es el genial relato titulado «El moscardón», de Parientes pobres del diablo, en el que se mezclan la humorada fina con momentos dignos de una carcajada dionisíaca.
Por fin, cabe decir que con esta escritora sucede lo mismo que con esos raros autores que casi nunca decepcionan, y es que estos veintiún cuentos superan con pasmosa facilidad la despiadada prueba de la relectura que es, en fin de cuentas, la prueba del tiempo. Si tenemos suerte, Cristina Fernández Cubas desmentirá pronto el título de este volumen con nuevas intrigas, provocando en nosotros la risa, el miedo y la compasión. De momento, quienes relean Todos los cuentos disfrutarán con el placer del reconocimiento, y quienes no los hayan leído con el descubrimiento de un placer.

01/04/2009

 
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