ARTÍCULO

El reportero oculto

Anagrama, Barcelona, 1997
316 págs.
 

Cuando los grandes novelistas del XIX se enfrentaban a la realidad contemporánea y trataban de explicar su totalidad significativa, recurrían a la observación y al análisis de los comportamientos y actitudes individuales que fueran referencias precisas del vivir colectivo. Eran las suyas novelas de un tiempo y de unas circunstancias concretas, pero también novelas de profundos principios éticos e intensos sentimientos encontrados. No parece haber sido otra la intención de Alejandro Gándara en su última novela. Cristales se presenta como un ambicioso proyecto de observación y análisis realista, aunque sea a través de la voz confidencial de los personajes, para descubrir en los sentimientos y experiencias personales las respuestas colectivas de nuestro tiempo y la explicación de su totalidad significativa. En sus páginas pueden reconocerse hechos y escenas acusadores, imputables a grupos políticos e intelectuales de ahora mismo, y gentes sin escrúpulos en este período de bienestar, cuya única meta ha sido la ascensión rápida de las cimas del poder, del prestigio profesional o del dinero.

Desde este punto de vista, la novela se sitúa, al igual que alguna otra reciente y escasa, en una tendencia de literatura necesaria, tan imprescindible hoy como en otras épocas, que se propone una denuncia y una disección social del presente con una actitud crítica, una perspectiva ética y un objetivo de apretar las tuercas de un engranaje moral desajustado, cuando no olvidado o sacrificado, en muchos sectores de la vida pública. Los últimos años han estado marcados, sin duda, por la desfachatez material de un comercio político desorbitado y la frivolidad en el tratamiento de los valores –entre otros, los educativos y los culturales–, pero también por la perplejidad del ciudadano ante los acontecimientos, los escándalos y la impunidad.

Gándara, en consecuencia, ha querido sacar a la luz, como un cronista testimonial, algunos de nuestros pecados sociales más comunes. Sus personajes, jóvenes y maduros, protagonizan, según de qué lado se mire, una particular farsa de enredo y trapicheos o un arriesgado melodrama sentimental que les conducirán al fracaso, tanto en su vida y sus relaciones amorosas, como en su pretendida progresión pública. Ellos representan al modelo tan extendido del principio de utilidad, del todo vale y está permitido, aunque se pongan la vida y el sentimiento al tablero, donde a la postre se juegan lo que más importa y salen de vacío. La visión totalizadora de la realidad aludida más arriba se resiente, sin embargo, cuando la mirada ácida del novelista se dirige únicamente a la bipolaridad de dos grupos sociales: el de la política y el de la universidad. Sus dardos críticos parecen estar tan empapados en el recelo y el resquemor contra individuos concretos de estos grupos, que resultaría fácil señalar al propio autor como víctima de sus manejos políticos y universitarios. La sospecha empaña, sin duda, el tono imparcial de la crítica, sobre todo porque los tipos seleccionados, el militante corrupto del partido en el poder durante los últimos años y los profesores arbitrarios o arribistas, carecen de relevancia literaria: el primero por su esquematismo, ya que repite la tipología expresada por los medios de comunicación, y los segundos por su escasísima incidencia en el resto de la sociedad. Su tratamiento moral acaba siendo, por su parcialidad, más doctrinario que eficaz y su tratamiento novelesco más costumbrista que narrativo.

Cristales responde en su formulación a un costumbrismo simulado. El hilo narrativo de cada personaje, que discurre por la confesión de lo que unos y otros han hecho con sus vidas, con la política o con el amor, hubiera sido un vehículo perfecto para transcribir su conflicto interior, su dialéctica con los demás, y conformar su carácter individualizado. Sin embargo, no ha sido así. Las cinco primeras personas que explican la historia de sus precarias relaciones son figuras de cartón, tipos planos y sin matices, tan previsibles en sus actos y reacciones como las ideas, los sentimientos, las anécdotas y las escenas que cuentan o describen.

Nada que ver, pues, con los grandes novelistas del XIX, con su creación de tramas y caracteres, y mucho con aquellos otros más mediocres que convertían las novelas en cuadros pintorescos de tipos y ambientes genéricos. Alejandro Gándara, es cierto, ha utilizado formas y técnicas aparentemente más modernas. Consciente de su modernidad, y aunque ha aclarado la opacidad que cubría la escritura de otras novelas suyas, ha seguido fiel a la tendencia contemporánea de soslayar la trama y el argumento, mediante un mosaico de piezas casi intercambiables en el espacio y el tiempo, y de querer analizar el «yo» de los personajes desde su disolución, sin entrar en las razones íntimas que lo gobiernan, como siempre ha hecho el costumbrismo.

Para ello, nada mejor que recurrir al perspectivismo y a los distintos puntos de vista. El novelista ha montado la estructura de la novela –de ahí su título– sobre unas supuestas perspectivas múltiples que descansan en unos también supuestos puntos de vista diferentes que se corresponden con las sucesivas intervenciones de los personajes. El recurso técnico sería válido, como se sabe, si los puntos de vista confluyeran sobre un asunto común y ofrecieran de él unas perspectivas divergentes, pero no en este caso, pues cada voz forma su propio cuadro y cada cuadro depende sólo de su voz, como si se tratara de una operación sumativa.

La clave de su estructura ha de buscarse, por consiguiente, en otra parte, en la sucesión de esas largas secuencias pegadas entre sí al modo cinematográfico. Gándara ha realizado, sin más, una crónica periodística de su tiempo sin periodista visible, o mejor, un reportaje cuyo reportero oculto va llenando las cintas del magnetofón con unas declaraciones semejantes a las respuestas de los cuestionarios o de las entrevistas. Este es el origen de su debilidad novelesca, pero también de su frivolidad. Cristales es una novela frívola, no tanto por sus tipos o sus historias testimoniales, sino por la expresión de un lenguaje que suple continuamente su posible sustancia significativa con frases vistosas, pero vacías, buscadas a vuelapluma o sacadas del banco de datos de un ordenador.

01/08/1997

 
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