ARTÍCULO

El desencanto

 

La crisis de la democracia es un tema tan antiguo como la democracia misma. La cuestión, por tanto, es saber si la crisis actual, percibida a menudo en términos apocalípticos, tiene algo que la diferencie sustancialmente de episodios anteriores o si se trata de más de lo mismo. Resulta muy tentador afirmar que cada época, cada generación y, probablemente, cada país ha vivido a su manera esta experiencia y que, por tanto, no hay razones para creer que, es­ta vez sí, el sistema democrático está experimentando una quiebra sin precedentes de su legitimidad política y social. ¿Acaso nadie se acuerda ya de «los años de plomo» de la democracia italiana en los años setenta, o de la «larga pesadilla» que, en palabras del presidente Ford, vivió Estados Unidos tras la derrota en Vietnam y el Watergate o, sin ir más lejos, del «desencanto» español al final de aquella misma década? ¿No dijo ya en 1933 un dirigente socialista español, Francisco Largo Caballero, que la palabra democracia estaba «un poco en desuso»?
Pierre Rosanvallon, profesor del Collège de France y uno de los representantes más eminentes de la actual historiografía francesa, dedica al tema un libro brillante, que supera con éxito el difícil reto de aunar sencillez expositiva y profundidad en el análisis. Lo hace, además, con acopio de una información de primer orden, que permite enfocar el fenómeno desde una doble perspectiva: el debate histórico y filosófico sobre la democracia desde sus orígenes y el estado de la cuestión más rigurosamente actual, que incluye la capacidad de las nuevas tecnologías, y en particular de internet, para crear nuevos espacios (virtuales) de participación social en la demo­cracia. Su libro responde, pues, no sólo al propósito de ofrecer un diagnóstico preciso de los males de la democracia, sino también a una voluntad constructiva de proponer alternativas realistas al descrédito del sistema. En cuanto a lo primero, Rosanvallon sostiene que los problemas actuales de la democracia constituyen un fenómeno singular y objetivo, que confiere caracteres específicos a una crisis que va más allá de la mera percepción social, siempre condicionada por el comportamiento políticamente hipocondríaco al que tienden las sociedades democráticas. Se trataría, a su juicio, de una crisis real, no de una nueva escenificación del rito del desencanto. De ahí el título y el subtítulo de la obra, que plan­tean, por un lado, la aparición de diversas alternativas, englobadas ba­jo el concepto de contrademocracia, a un sistema anquilosado y, por otro, la magnitud y la naturaleza misma de la crisis, provocada en última instancia por una grave pérdida de confianza en la política y en su capacidad para llevar a cabo su tarea, que no es otra, en palabras de Rosanvallon, que «constituer un peuple introuvable en communauté politique vivante». Legitimidad y confianza: tales serían los dos grandes pilares sobre los que descansaría la estabilidad del sistema, uno y otro víctimas de una especie de mal de piedra que afectaría por igual a las instituciones representativas y a esa «institución invisible» que sería la confianza. Como alternativa a tal estado de cosas surgi­rían diversas propuestas, elaboradas desde abajo y desde fuera del sistema, constitutivas de una democracia a la contra, que irían desde el más rancio populismo, siempre al acecho de su oportunidad histórica, hasta un regreso a los orígenes que permitiría recuperar las esencias perdidas de la democracia.
El libro está lleno de pequeños hallazgos conceptuales –la idea de «soberanía crítica», por ejemplo–, que se añaden a otros conceptos clave de la cultura democrática de cuya trayectoria histórica se da noticia a lo largo de estas páginas: legitimidad, desobediencia civil, vigilancia, resistencia o gobernanza, por citar algunos de ellos. Merece la pena también prestar atención a aquellos términos que sirven, con mayor o menor fortuna, para expresar una posible alianza entre las nuevas tecnologías de la información y la pulsión participativa que late en una sociedad insatisfecha con sus instituciones. Fórmulas más o menos felices como «democracia electrónica», «ciberdemocracia», «teledemocracia», «e-government» o «Republic.com», recogidas por Rosanvallon de diversos autores, denotan una realidad política emergente que abre posibilidades insospechadas de participación en un nuevo espacio público. En él, dice el autor, Internet da carta de naturaleza a lo que durante mucho tiempo fue una simple metáfora política: la existencia de un espacio social sin puntos ciegos a la observación y a la vigilancia, perfectamente diáfano, en el que la propia realidad se transforma por la interacción incesante de quienes habitan en ese gran panóptico virtual. De ahí la proliferación de «observatorios» y watch groups dedicados a la práctica de un voyeurismo social y político que invoca un presunto interés general.
Al final, la crisis de la democracia –o la democracia a secas, que viene a ser lo mismo– siempre acaba derivando hacia el problema de la representación política, al que el historiador francés ha dedicado páginas magistrales a lo largo de su carrera, y hacia la vieja y recurrente utopía de la democracia directa, que parece menos utópica gracias a fenómenos como el televoto, los blogs, los «electronic town meetings» y otras manifestaciones de una «democracia electrónica» con un in­dudable sabor rousseauniano. El libro tiene mucho, como se ve, de inventario conceptual de la crisis de la democracia, verbalizada en un nuevo lenguaje político muy exuberante e imaginativo, un poco adolescente por ello mismo, que parece darle la vuelta, dos siglos después, a una frase de Constant ­citada por el autor: «Nous avons perdu en imagination ce que nous avons gagné en connaissances». ¿De nuevo la imaginación al poder? Es muy posible que muchos de estos conceptos, a caballo entre la vieja política y las nuevas tecnologías, no lleguen a madurar nunca y queden para la posteridad como graffitis conceptuales incapaces de superar su adolescencia histórica. Otros neo­logismos que asoman aquí y allá a lo largo del libro nos recuerdan, por el contrario, el envejecimiento acelerado de nuestro lenguaje político, cuya máxima expresión es el recurso a determinados prefijos –neo y post, sobre todo– como forma de rejuvenecer viejos términos sin llegar a sustituirlos, a falta de una alternativa mejor. Es el caso de la «posdemocracia», surgida, según Jacques Rancière, de la crisis del demos tradicional y del Estado-nación, o de la «democracia posmayoritaria», a la que alude en algún momento el propio Rosanvallon. Tal vez este concepto hubiera merecido un mayor desarrollo por parte del autor, porque, más allá del uso que hace de él, plantea una circunstancia clave que desde los años sesenta parece marcar un giro histórico en el concepto mismo de democracia, reformulado a partir de una progresiva deslegitimación de las mayorías y su sustitución por un demos alternativo construido por una agregación de minorías oprimidas y dispersas. La corrección política no es otra cosa que la apoteosis lingüística de las minorías como principal fuente de legitimidad.
La contre-démocratie es un libro enormemente ambicioso y, por tanto, lleno de riesgos, porque algunos de los problemas conceptuales o funcionales que aquí se analizan constituyen desde hace dos mil quinientos años las grandes aporías de la democracia. Rosanvallon resuelve con gran brillantez las dificultades inherentes a una obra semejante, por lo que no es exage­rado decir que este libro marcará durante algún tiempo la línea del horizonte de nuestro conocimiento de la democracia, de sus raíces históricas y de sus problemas de adaptación al siglo xxi. Pero no puede afirmarse que ese horizonte dibujado por él quede del todo despejado de dudas e incertidumbres. El propio título puede resultar equívoco, porque parece remitir a las alternativas antisistema forjadas al calor de la crisis de la democracia y, aunque la obra contempla también las respuestas patológicas al régimen representativo, como el populismo –una «contre-démocratie absolue», lo llama Rosanvallon–, en su mayor parte trata de articular una oferta de renovación de la democracia volviendo a sus orígenes y a sus principales fuentes de inspiración. En este planteamiento constructivo radica el gran desafío afrontado por el autor y tal vez la mayor objeción que puede formularse a su libro, en particular a sus conclusiones («Le régime mixte des modernes»): una tendencia al voluntarismo intelectual que en español queda resumida en la palabra arbitrismo.
Rosanvallon opta, finalmente, por una alternativa ecléctica que, remedando el famoso discurso de Constant, mezclaría la libertad de los antiguos y la democracia de los modernos, reforzada con una buena dosis de utopía tecnológica. Decía Lenin que socialismo más electricidad sería igual a comunismo. Puede que en el siglo xxi libertad más electrónica acabe siendo igual a democracia y que la transición a ese nuevo espacio deliberativo y participativo produzca, como toda transición, el malestar de un cambio percibido como crisis. O puede también que al final todo se reduzca a que las sociedades democráticas, instaladas en un desencanto permanente, se resisten a aceptar aquella sabia advertencia que Manuel Azaña hizo a los españoles: que la libertad no hace felices a los hombres, los hace simplemente hombres.

01/05/2007

 
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