ARTÍCULO

Travesías y derivas de la memoria

Lumen, Barcelona, 264 págs.
 

En el prólogo de Cosas que ya no existen, dice Cristina Fernández Cubas (Arenys de Mar, 1945) que este libro es un pequeño buque, una travesía con escalas, un libro de recuerdos. Es común entre escritores (y en algunos, como en Le Clézio, hasta es cuño de autor) esa metáfora del libro como navío que convierte la escritura en aventura y que recala en costas más o menos exóticas; unas veces esos buques literarios navegan en las aguas de la ficción, y su travesía es una odisea de la imaginación animada con todas las incógnitas un viaje de ida; otras veces el buque emprende una travesía (auto)biográfica, y entonces tiene ésta visos de viaje de vuelta: navega así el género de las memorias.

Cosas que ya no existen entra en la materia autobiográfica, pero no es un libro de memorias, sino un libro en el que la memoria toma –en ocasiones– durante el viaje un rumbo que no es el de los conocidos recuerdos; esto le ocurre cuando encuentra en su equipaje cosas cuya existencia se ha extinguido (en el ámbito de lo personal, y a menudo también en la actualidad del mundo), cosas que, sin embargo, exhalan aún con vivacidad un aroma inquietante; por eso, de algunas escalas no sale un navío seguro de su destino, sino un buque casi fantasma. Y esta segunda navegación es la verdadera aventura de la escritura del libro.

Pero, en primer lugar –y más allá del relato de un viaje vital o real (que lo hay: a Argentina, a Bolivia, a Egipto...)–, lo que trae este buque al lector es un baúl que al abrirse habla de cosas desaparecidas. Ciertamente, ni se viaja ya en transatlántico, ni las niñas visten ya de luto, y esos usos son la cáscara de otras cosas importantes que ya no podrán suceder: la festiva solidaridad que pone de acuerdo a todo el pasaje para que se acepte a un polizón en un barco, o la sorda lucha entre la mostración de la tristeza familiar por la muerte de una hermana querida y la eclosión vivaz e inevitable de la adolescencia. El prólogo del libro reivindica la noción de «realidad» para referirse al relato de estos hechos. «Estaba empezando a cansarme –escribe Fernández Cubas– de los préstamos que la realidad –mi realidad– concedía a menudo a la ficción –mi ficción–. De disfrazar recuerdos. Me propuse así contar únicamente "la verdad" [...]». Naturalmente, la noción de «realidad» que está aquí asumida se define como lo efectivamente ocurrido en el terreno biográfico, aunque éste sea a veces muy íntimo y sólo la escritora pueda certificar su veracidad; pero precisamente por ser así entendida, la noción de «realidad» se queda estrecha para este libro, ya que, por encima de la fidelidad del relato a lo acontecido, la voz narradora interviene precisamente en el sentido de deshacer la certeza de la coincidencia entre «realidad» y «verdad».

Pero de su texto, Fernández Cubas ha dicho también: «Todo lo que cuento es real. [...] La realidad es fantástica, lo que hay que hacer es mirarla». Y queda ya claro que la «realidad» a la que apela este libro se concibe como soporte de una mirada que busca algo de otro tenor, y que pudiera resultar ser igualmente «verdad». Esa es precisamente la voluntad de esta escritura: intervenir en lo inerte de la memoria para restituirle existencia, una existencia que en ocasiones corre el riesgo de no coincidir con la que tuvo en el pasado. En esas tensiones de la existencia se juega el tono del libro, y a ellas debe airosas singladuras y pequeños naufragios. A veces, la realidad es un lastre para la memoria, y el texto se revuelve entre juiciosas acotaciones y puntillosas explicaciones que no añaden sino convencionalidad: es la vocación de exactitud y de verosimilitud la que aquí dicta, el prurito del rescate integral de lo realmente sucedido. Otras veces, la mirada actual se infiltra en la memoria y el recuerdo se envuelve en una luz incierta pero que le restituye relieve; relieve y cuerpo, y por tanto sombra: son los momentos más intensos de la narración, aquellos en los que la memoria relaja el rumbo, entra en deriva y descubre la faz oculta de la anécdota; algo late en esos episodios del pasado que es fruto de la mirada del presente, como si la narración les insuflase unos instantes de vida y estuvieran a punto de revelar algo más de sí mismos; así ocurre cuando la escritura suma dos recuerdos inconexos de un mismo día, el de una mujer detenida por la policía y el de un niño que acaba de ser abandonado; o cuando evoca al misterioso compañero de la clase de árabe, analfabeto y superdotado. Hay cosas que quizá ocurrieron y de las que entonces no se supo, cosas cuya existencia sólo se adivina entre el revuelo de los recuerdos traídos por la escritura.

Un halo de irrealidad envuelve el ámbito de lo real en este libro, y esa leve extrañeza es la forma discreta de intromisión que tiene lo fantástico en lo autobiográfico. El terreno no es nuevo para Cristina Fernández Cubas, que ha explorado con persistencia la infiltración de lo inquietante en lo cotidiano a través de sus relatos cortos. La mirada crea una angulación y una perspectiva en las que la realidad adquiere tintes fantásticos e incluso terroríficos. El ángulodel horror es uno de sus títulos más explícitos en este sentido, pero puede decirse que es toda su obra la que se sitúa en la estela de esa tradición (poco cultivada en nuestro país) que pasa por Bioy Casares, Borges, Ghelderode, Hellens, Owen o Jean Ray después de haber recalado en Poe, Nerval o Maupassant, y que se remonta a lo «maravilloso cotidiano» de la literatura medieval.

Cosas que (ya) no existen flirtea también desde el título con la ambigua existencia de lo fantástico. Las realidades que ya no son están preñadas de lo que pudo ser y sólo hoy el texto inquietantemente atisba. El baúl que trae la memoria contiene quizá más cosas de las que uno creyó meter en su día, y ese estremecimiento –entre placentero y temeroso– de quien no reconoce su propio olor en sus antiguos vestidos, es semejante al del lector, que vagamente vislumbra a los desconocidos fantasmas de sus recuerdos entre las líneas.

01/09/2001

 
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