ARTÍCULO

Coruña: 1936-1963

Alfaguara, Madrid
610 pp. 22 €
 

En Los libros arden mal, Manuel Rivas crea un cronotopo literario que, en su núcleo primordial, se corresponde con el tiempo y el espacio literarios indicados en el título que encabeza estas líneas, dado que la novela arranca de un hecho real que, aparte de funcionar como motivo estructural de este denso relato fluvial en el que un suceso va arrastrando otros en aluvión, aglutina y agavilla per se todo cuanto nutre los dos grandes polos en torno a los que gira la novela. El hecho histórico es el auto de fe celebrado en la dársena de La Coruña el 19 de agosto de 1936, a partir del registro, incautación y decomiso de los fondos de las bibliotecas de centros culturales republicanos como el ateneo libertario El Resplandor o la librería La Fe, o bien de bibliotecas privadas, entre las que destaca la de Santiago Casares Quiroga. Aquella «quema» es el hecho germinal de esta novela porque en él convergen, de un lado, el grupo representativo del nuevo orden surgido tras el golpe militar del 18 de julio y, de otro, el de los vencidos; además, naturalmente, del elemento que lo sustenta todo en esta novela: el escenario urbano –Coruña– y, en especial, el muelle de Occidente, presidido por el legendario faro de Hércules, donde transcurren algunas escenas anteriores al suceso y muchas de las que vendrán después.
En Los libros arden mal, Manuel Rivas construye una novela en la que la propia voz narrativa –una voz que es una polifonía de voces– protagoniza la trama y al mismo tiempo es el lugar en que aquellos hechos suceden; la voz es la de alguien que cuenta su vida, pero «esa vida es una mutación del espacio, una especie de hogar nómada. Un lugar que es un ser vivo. Que permanece igual, pero que cambia cada día». Lo aquí entrecomillado corresponde al proyecto de novela del joven periodista Tito Balboa, el meritorio del vespertino Expresso, que planea confiarle la voz narrativa de la obra al faro de Hércules y escribir «una novela en la que el faro contará las cosas que ha visto», incluida la historia oculta de la ciudad: «las cicatrices de la historia en el territorio, en los cuerpos y en las palabras». Pero, temeroso de que una novela tal acabase enterrada en aquel «culo del mundo», Balboa abandona su proyecto y se entrega de lleno al periodismo. Será Manuel Rivas quien escriba tal novela, dado que a Los libros arden mal le viene como anillo al dedo la referencia metanarrativa citada, con el añadido, eso sí, de que la voz recoge también las conversiones o los soliloquios de la multitud de personajes que atraviesan estas páginas, variando y enriqueciendo notablemente sus registros.
El primer grupo de personajes está compuesto por tres jóvenes que, con el tiempo, se convertirán en el juez Ricardo Samos, el comandante y censor Dez, y Ren, encargado durante la guerra de realizar los trabajos más sucios y que se valdrá después de métodos similares en las comisarías policiales. La rudeza de éste encarna un fascismo feo y basto que repele a Samos, joven intelectual joseantoniano, deslumbrado en 1940 –tras un viaje a Milán y Berlín– por «la sincronía de cuerpos y de armas», por la estética de cierto futurismo atlético allí observada. Dez, por su parte, es el más exquisito de todos, antiguo miembro de la corte poética del fundador de Falange, e impenitente reivindicador de la cultura.
El círculo republicano es más vasto, social, intelectual e ideológicamente hablando. Junto a las figuras históricas ausentes ya al poco de iniciarse el relato, por haber sido ejecutadas o por haber huido o partido al exilio –entre las que destacan el ministro republicano Santiago Casares Quiroga, Ánxel Casas, alcalde de Santiago en 1936 y editor de Nós, donde Lorca publicó sus Seis poemas galegos (y que, en el sarcasmo de la Historia, volverían a verse unidos en su destino trágico, asesinados ambos la misma madrugada: el editor en una cuneta de las afueras de Santiago y el poeta en el barranco de Víznar) o Luis Seoane–, encontramos a un amplio círculo de personajes que representan la avanzadilla política e intelectual de la República: Arturo da Silva, boxeador y poeta a lo Arthur Cravan; el sastre artista Huici; Luis Terranova, magnífico cantante de extraordinario don; Vicente Curtis, discípulo de Silva; el pintor Sada o los hermanos Vidal, Chelo (pintora a lo Maruja Mallo) y Leica (fotógrafo).
Con las múltiples historias de estos personajes protagonistas, que en algunos casos se entrecruzan con las del grupo anterior (así, Chelo Vidal y Ricardo Samos o Terranova y Dez), Manuel Rivas construye un espléndido mural de la vida en la ciudad entre 1936 y 1963, atendiendo a todas esa vidas paralelas, pero también a la historia oficial y a la intrahistoria cotidiana. Una historia proteica, magmática, trágica y tierna (espléndido es el pasaje que versa sobre Marconi y la crónica que el meritorio Balboa redacta con los mimbres de aquella vida), a ratos cómica (así ciertos sucesos oficiales), dolorosa y luminosa a la vez, y nunca maniquea, dado que va pasando el tiempo y los vástagos crecen con energías renovadas, a veces a espaldas del pasado familiar.
Es imposible dar cuenta aquí de todo lo que encierra Los libros arden mal, pero sí quiero destacar un rasgo relevante de la novela: la multitud de cuadros y escenas que se yuxtaponen como fragmentos autónomos (como, por ejemplo, las hermosas estampas de las costureras, las lavanderas o las cerilleras) no quedan fijados e inertes porque, al cabo, de ellos emerge un personaje individualizado (no un tipo) vinculado a algún otro. Todas estas instantáneas al minuto, como las que capta el fotógrafo callejero, constituyen núcleos dinámicos al servicio de al menos dos intrigas principales que, en su desarrollo, tejen una extensa red a la que se prenden otras vidas: desde la última hija viva de Rosalía de Castro al incesante desfile de criaturas sencillas pero con nombre propio y con su particular historia.
La excelente calidad literaria de estas páginas, los variados registros expresivos (que incluyen el relato popular, la leyenda, el informe, la crónica oral, la prosa lírica, la noticia periodística, el poema, la narración detectivesca y algunos más), el suceso inicial y otros pequeños episodios relacionados con las palabras, hacen de Los libros arden mal un espléndido tributo a la literatura, con su parte de ofrenda y de homenaje. 

01/03/2007

 
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