ARTÍCULO

La novena parte de la punta del iceberg

Alfaguara, Madrid
440 pp. 18,50 €
 

Hay una total ausencia de pretensiones literarias (diré mejor: de ínfulas literarias) en este libro, y ello lo convierte en una lectura apacible y gratificante. Sin embargo, plantea una cuestión harto insidiosa: ¿hasta qué punto puede interesarle a quien no conozca la obra de José Donoso? Mi primer acercamiento a ella se produce en 1968 con El lugar sin límites, que me llevó a buscar Coronación y a no perderme en 1970 la aparición de El obsceno pájaro de la noche, siguiendo dicha obra de ahí en adelante con una lectura muy asidua, si bien no siempre entusiasta. A veces con bastante rechazo. Pero sí siempre consciente de la calidad del producto.
Cuando uno, pues, sí conoce esa obra, y fue acompañándola paso a paso desde el momento en que empezaron a aparecer sus libros, este Correr el tupido velo es una guía inestimable. Se trata de un relato decididamente memorialista donde interactúan dos memorias: la de quien lo firma, en su calidad de hija del protagonista José Donoso, y la del propio Donoso, que dejó registrado (y a buen recaudo en los fondos de la Universidad de Iowa), en sesenta y cuatro cuadernos de apretada caligrafía, su diario de escritor. Esto es, aquello que le dio como consejo a Ágata Gligo, brillante alumna de su taller en Santiago, cuando ella le explicó que no sabía por dónde empezar a trabajar y le pidió consejo: «Llevar diario de escritor. [...] Diario de escritor, no diario de vida».
Ahora, leyendo este libro de su hija, no pocas veces me ha brincado al pensamiento la idea de que, en cierto modo, implica una versión hispanoamericana del fenómeno sucedido con Thomas Mann. Los diarios de Mann, publicados póstumamente, le hicieron dar un giro copernicano a la exégesis de su obra, reasentándola sobre otros fundamentos. Es más, creo que puede hablarse de dos Thomas Mann distintos: el de su obra publicada en vida y el de los diarios. Y casi me atrevo a opinar que el segundo me interesa más, incluso literariamente. Pues bien: algo de lo mismo pienso que sucedería si llegara a publicarse ese diario de escritor de José Donoso, del que Correr el tupido velo nos ofrece una muestra mínima, la novena parte de la punta del iceberg.
Hay que partir además de la base de que todo el libro está condicionado por la mirada de su hija, nacida en 1967. Y entonces, por ejemplo, no resulta extraño que nos hable del encuentro de intelectuales latinoamericanos «organizado por la Universidad de Concepción en 1962», omitiendo lo más importante: que la iniciativa del encuentro fue de Gonzalo Rojas, a quien no se nombra en todo el libro. Ni tampoco es raro que acepte sin rechistar la jactancia de su padre, de que él fue el primero en hablar de literatura latinoamericana en Estados Unidos, en 1965, cuando llega a impartir clases a la Universidad de Iowa: siendo así que desde 1962 se contaba allá con la antología New Voices of Hispanic America, de Claribel Alegría y Darwin J. Flakoll, y en ella están incluidos –en fecha tan temprana– Rulfo, Cardenal, Monterroso, Roa Bastos, Arreola, Cintio Vitier, Benedetti, Rosario Castellanos, Cortázar, Gonzalo Rojas, Idea Vilariño, Octavio Paz, María Elena Walsh. Nicanor Parra y, ¡oh donosura!, José Donoso.
También hay que atribuir a la cronología de la hija el hecho de que en una familia con hondo arraigo en España (1967 a 1980) no haya repercutido una fecha tan clave en la historia del país como el 20 de noviembre de 1975. Hasta el punto de que sólo se alude a ella una vez: «La disculpa final y definitiva para partir –o huir– de Sitges [a Madrid] fue la ola de catalanismo que invadió la región luego de la muerte de Franco». Pero el contrapeso es que tampoco el pinochetazo de 1973 tiene relevancia narrativa en Correr el tupido velo, aunque de hecho, cuando finalmente Donoso decide regresar a Chile en 1980, siente mucho miedo y llega a anotar en su cuaderno: «¿No sería éste justamente el momento para quedarme afuera y usando mi prestigio despotricar contra el régimen? Puede ser. Pero ya es demasiado tarde».
Hay una frase en ese mismo diario, hablando de Los convidados de piedra, de Jorge Edwards, donde de algún modo se ilumina parcialmente lo que apunté al principio. Dice Donoso que la novela de Edwards «es más para leerse en Chile. Afuera, la gente no va a tener el mundo de referencia necesario para apreciar lo que vale... lo que significa que no vale tanto». Dejando a un lado la pulla final, repito que el libro de su hija se diría que es casi sólo para ser leído por quienes conocen la obra de Donoso, aquellos que pueden sacarle sentido y sustancia a tanta referencia como hay en él a sus novelas y sus cuentos, y también a su prosa periodística, nada desdeñable.
Pero esa sería sólo una lectura. La otra pudiera ser abordar el libro como si fuese una novela cuyo protagonista es un escritor chileno llamado José Donoso, quien adopta con su esposa, en 1967, a una niña de tres meses, de la inclusa de Madrid. Una niña que luego escribirá justamente esa novela cuarenta años más tarde, diez después de la muerte de su padre. Entonces Correr el tupido velo adquiere una dimensión humana que va más allá del voyeurismo sobre la intimidad de un autor famoso, que rescata al ser enfermo, atormentado, confeso homosexual en sus años mozos, y un atroz visionario de las miserias de este mundo a través de un prisma tan, tan chileno que, como él mismo dice, siempre anda sacándole el poto a la jeringa. Y es ahí donde cobran todo su valor las palabras finales del libro, que no quiero revelar aquí porque les dejo descubrirlas a los muchos lectores que le deseo, por la emoción y la verdad entrañables que encierran.

01/02/2011

 
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