ARTÍCULO

¿Truco o trato?

Seix Barral, Barcelona
Premio Biblioteca Breve 2009
368 pp. 18,50 €
 

La lectura de Perseguidoras, anterior novela de Clara Usón, dejaba la sensación de texto rebosante, a menudo en los límites de una truculencia eludida gracias a cierta distancia irónica, con un despliegue amplio de personajes, situaciones y temas bien recogidos en una trama de múltiples recodos, gracias a una voz segura, desenvuelta, convencida de sus recursos, casi pletórica, para contar sin desmayo.
En Corazón de napalm aflora de nuevo ese empuje y se recogen elementos del libro anterior, no tanto como materiales reciclados sino como variaciones y ajustes necesarios para acotar un territorio narrativo y moral propio: la complejidad de lo familiar, con padres ausentes y madres inalcanzables; lo enigmático de todo suicidio; la justificación de la renuncia a lo que más importa, sobre todo si se trata de algo artístico; la necesidad de encontrar algún orden en un mundo desquiciado, variables todas del que parece un tema central para Clara Usón: seguir adelante aunque no entendamos nada, palabras que abren (mediante una cita de Vila-Matas) y cierran esa novela anterior.
Con parecida firmeza, en Corazón de napalm se desarrollan ahora dos tramas en alternancia. Una es el viaje de Fede a Barcelona para encontrarse con Carmen, su madre, drogadicta, enferma de sida, de la que ha sido separado por la convencional y riquísima familia de su padre. El día que cumple trece años, a punto para el bautizo de su hermanastro, no aguanta un instante más en Santander. Allí está obligado a vivir con Gabriel, el Chino, ese padre que no es sino un yonqui regenerado, y su insoportable madrastra pija, Natalia, una psicóloga que se lo ligó durante la terapia. En Fede resuena Diego, el hijo de la también drogadicta Alicia de Perseguidoras, donde se apunta cómo ella se liará con Juan, su terapeuta. Y también en el origen de ambas historias hay un cadáver drogado.
La otra trama corresponde a Marta Valdés. Ella, con los bocetos facilitados por un reconocido artista mayor, realiza los cuadros que no puede pintar él, ya incapaz de controlar sus manos. No parece pintora en la medida que no tiene obra propia reconocible y vive de trabajos cercanos (clases, copias, guía de museo, esbozos callejeros), siempre en un segundo plano su principal afán creativo, como le sucede a la actriz frustrada que acaba siendo Ana, la protagonista de Perseguidoras, en su ejercicio de la abogacía. Durante una exposición, mientras se recrea en sus cuadros firmados por otro, Marta conoce a Juan, un juez de menores con quien mantendrá la relación amorosa que irá contando como si fuese distinta e independiente de la historia de Fede hasta su fusión final.
La peripecia del problemático chaval se remonta a unos días de agosto de 1984, en los que se intercalan los antecedentes familiares y personales que le han llevado al momento de querer encontrarse como sea con su madre. Narrado en tercera persona, en el viaje Santander-Barcelona, pasando por Reinosa, Palencia y Madrid, se incorporan personajes que funcionan como cuentos insertados, abundan las referencias sociológicas que sitúan el momento (la figura de Sid Vicious coloca la relación entre madre e hijo, además de aportar el título), se desarrollan situaciones con algunos toques disparatados (niño vestido de niña, bajos fondos barceloneses, desgraciado secuestro de un bebé por error) y se ocultan –es importante subrayar esto– ciertos datos relevantes que, sin embargo, ya se poseen en el momento de la narración.
Marta Valdés va contando en primera persona quién y cómo es, qué hace, qué le preocupa y, sobre todo, hacia dónde va su vida desde que conoce al juez. Su tono es más ajustado, con frecuentes reflexiones acerca del trabajo creativo, la relación entre el original y la copia, la frecuencia con que se le presenta la posibilidad de incurrir en falsificaciones, el tratamiento jurídico y social de los menores delincuentes, el sentido del sacrificio en favor de los otros.
Si el mundo de Fede y sus padres está roto, hecho añicos por las drogas, la irresponsabilidad y el desafecto, con múltiples trozos que no pueden recomponerse, el de Marta y el juez está falseado, lleno de apariencias que apenas permiten salir de la impostura. De esa manera, la unión de esos mundos parece difícil y resulta algo forzada no sólo por el pespunte que los va cosiendo –la fijación edípica de ese juez–, sino por la facilidad con que se recurre a los encuentros azarosos y, sobre todo, a la ocultación deliberada de algún detalle decisivo que retrase una identificación y permita mantener al lector embaucado durante muchas páginas.
Esas dos tramas que comparten unos motivos básicos –Fede busca a su madre y el juez a la suya– se funden en marzo de 2007, con todos los hechos y datos disponibles al alcance de Marta Valdés, gracias a la soldadura de su doble perspectiva mediante un juego de nombres intercambiables que suena a movimiento de prestidigitador y deja cierto aire de artificio por encima del significado que se busque con esa arquitectura. Ella es quien narra ambas historias y la justificación de la doble distancia narrativa –cercanía en la suya porque conoce lo ocurrido por sí misma, lejanía en la de Fede porque ha ido conociéndola por distintas fuentes; comprobación frente a intuición– se descompensa con ese truco percibido al final como fórmula para alargar la intriga y supone un lastre en el principal propósito de Marta Valdés: su esfuerzo para entender la relación compleja entre una madre y un hijo, de la que ella acaba formando parte, y que sólo puede ser referida por aproximación, con la sutileza e inseguridad de quien intenta narrar con pinceles, contar una historia en un cuadro, llenar la tela de tiempo, mostrar una vida entera con unas figuras colocadas en un espacio. Esa será su única actividad original y auténtica mientras le llega el dinero a montones pintando otras obras repetitivas que firma con un nombre chino, tras la muerte de ese juez –también algo forzada– a quien ella dijo lo que nunca debió oír.
Arrastrado por este relato incesante y eficaz a través de múltiples situaciones, el lector tiene que decidir si se encuentra ante una reflexión irónica sobre un mundo siempre incierto, ante un juego de paradojas y apariencias bien sostenido o, por qué no, una inteligente tomadura de pelo. ¿Truco o trato? ¿El trato es aceptar el truco? Seguramente.

01/07/2009

 
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