ARTÍCULO

Contra el tiempo, contra este tiempo

 

Como todas las obras que recopilan artículos publicados previamente en los periódicos, el de Pedro González-Trevijano es un libro contra el tiempo. Pero el suyo es, además, de manera muy especial, un libro contra este tiempo convulso (convulsionado, escribe el autor en el subtítulo) que nos ha tocado vivir en España en estos últimos años de puesta patas arriba de la estructura territorial y de ruptura de algunos de los consensos básicos sobre los que se había construido la Constitución de este país. Hablemos, pues, de esos dos libros que conviven en el que ahora se comenta.
El arte periodístico resulta, por definición, un arte breve. Es cierto que los diarios disfrutan, tras su corta existencia de veinticuatro horas en librerías y quioscos, de una larga y solitaria vida oscura en las hemerotecas en que pasan a dormir su sueño eterno, sólo interrumpido por la ocasional impertinencia de quienes en ellos quieren matar una curiosidad o un tiempo ocioso. Ésa es la razón por la que, desde que la vocación editorial levantó el vuelo lo suficiente como para convertirse en una industria, los autores de artículos periodísticos –periodistas o no de profesión– intentan luchar contra el tiempo dando sus trabajos a la imprenta y devolviéndolos al público lector en la forma menos perecedera (¿menos perecedera?) de los libros. Así, por ejemplo, si hoy podemos leer todavía a Julio Camba –olvidado, pese a todo, mucho más allá de lo que merece su prosa periodística plena de genio, inteligencia y sentido del humor– se debe a que es posible, aunque difícil, encontrar algunas reediciones de los libros en que fue recogiendo sus artículos de prensa.
Estas recopilaciones presentan, sin embargo, algún problema nada irrelevante cuando los artículos que agrupan abordan una temática tan plural, ya que es su misma variación la que dificulta la labor de buscarles un hilo conductor que haga del libro una obra materialmente sustantiva y no una mera compilación de los trabajos periodísticos previamente publicados en revistas o diarios. Pedro González-Trevijano, que recoge en Entre güelfos y gibelinos sus colaboraciones periódicas en La Voz de Galicia, La Gaceta de los Negocios y ABC a lo largo de los años 2005 y 2006, ha hecho frente al problema referido agrupando un centenar de colaboraciones en bloques temáticos compactos –hasta un total de dieciocho–, todos ellos definidos por el común contenido material de los artículos de prensa que incluye cada uno de esos apartados. Trátese de estudios sobre problemas constitucionales, de semblanzas, de reflexiones sobre la monarquía, de crónicas de la guerra y la violencia, de aportaciones sobre la cuestión europea, de artículos sobre el papel de las fuerzas armadas en la sociedad democrática, o de disquisiciones sobre la universidad y la educación, el profesor González-Trevijano, catedrático de derecho constitucional y actual rector de la Universidad Rey Juan Carlos I de Madrid, se enfrenta a los temas objeto de su análisis con la soltura de quien posee una vasta cultura y un notable talento literario.
Entre güelfos y gibelinos presenta, por tanto, como es obvio, esa considerable variedad temática nacida de la exigencia de dar cuenta de lo que pasa día a día, exigencia que los responsables de un periódico plantean siempre a quien escribe en él sobre temas de actualidad de forma habitual. Pero más allá de eso, el libro de González-Trevijano tiene también un hilo conductor o, si se prefiere, una tesis central, que su autor expresa en la presentación de su obra con una envidiable claridad: la de que «vivimos un tiempo en que la dura confrontación, la pugna fratricida y la indeseable animadversión se han adueñado de la vida política nacional», de modo que «no hay el más mínimo ámbito para el necesario compromiso y el anhelado pacto; no se cede nada, ni se da el más mínimo respiro al contrincante, convertido en enemigo, mientras los días de un añorado y sabio consenso se han perdido en el lejano recuerdo».
González-Trevijano parte, pues, de que, políticamente, hubo un tiempo mejor del que hemos vivido últimamente, un período más pacífico y sensato en el que la lucha entre partidos, nervio mismo de las sociedades democráticas, no lo dominaba todo y, sobre todo, no lo dominaba con el grado de radicalidad y confrontación a cara de perro con que ahora se vive en España el debate partidista. Aunque esta recia reivindicación del consenso y de la necesidad de recuperar ciertos valores compartidos más allá de la legítima y democráticamente indispensable discrepancia ideológica y política les sonará a algunos ingenua o incluso extemporánea, no parece en absoluto irrelevante –sino todo lo contrario– insistir, como hace el autor del libro que ahora comentamos, en que sin políticas de Estado no hay Estado digno de tal nombre: «Los Estados que gozan de una adecuada vertebración, y hasta de una posición hegemónica en el ámbito internacional, son aquellos, precisamente, que han sabido dejar fuera de la discusión las materias definidoras de las grandes políticas nacionales. Unas políticas compartidas por los principales partidos, y además, ¡y es muy importante!, que no cambian sustancialmente, aunque se produzcan las imponderables variaciones de gobierno como consecuencia del juego democrático de las elecciones libres».
Ya sabemos, por supuesto, que la moda cuya cotización sube sin parar en la bolsa de la manipulación histórica exige justificar el encanallamiento del presente (que separa más y más a la política y a quienes a ella se dedican de un modo profesional del conjunto de una ciudadanía que contempla atónita sus trifulcas) mediante la reinvención de un pasado inexistente y la afirmación, entre otras cosas, de que «lo de la transición» no fue a la postre para tanto, pues aquel consenso que nos permitió aprobar por primera vez en dos centurias una Constitución de todos y no de una parte del país frente a la otra, tradujo en realidad la cesión frente a los poderes fácticos, que fueron los que al final, y como siempre, acabaron por llevarse el gato al agua. De hecho, sería sólo ahora –con la última alianza entre un nuevo Partido Socialista libre de las hipotecas del pasado y la internacional nacionalista– cuando por fin se estaría haciendo frente de verdad a los problemas irresueltos por unos pactos impuestos a quienes quisieron venderlos como una victoria del acuerdo frente al cainismo fratricida.
Nada es más falso y más decepcionante que ver en la actualidad a algunos de los gestores del aquel éxito de España en su conjunto dando marcha atrás y releyendo su pasado y el de todos como si nunca se hubieran mostrado orgullosos, no sólo de lo conseguido, para pasmo de españoles y extranjeros, sino de las formas de hacer política que lo posibilitaron. González-Trevijano reivindica esas formas con claridad, sin titubeos: «Hemos de ser capaces de articular unas políticas nacionales que se encuentren por encima de la discusión política. Unas políticas que caracterizan, tanto interna, como externamente, nuestro modo de ser y ejercer nuestra política como Nación. Una exigencia que una ciudadanía madura debería reclamar, sin paños calientes, a sus gobernantes».
Es, al fin, esa defensa del acuerdo como único medio de mantenimiento del Estado que ha dado a España mayores cotas de paz, libertad y bienestar –el Estado democrático nacido de la Constitución de 1978– la que explica el título de un libro que, en un primer golpe de vista, podría parecer, ciertamente, sorprendente: es bien sabido que los de los güelfos y los gibelinos fueron los partidos que defendieron, respectivamente, al Papado y al Imperio en la Italia de finales de la Baja Edad Media (siglos XIII a XV). Con esa contraposición tomada del pasado pretende el autor representar otra confrontación, la del presente de la política española, respecto de la cual González-Trevijano toma posición, ya en la portada de una obra que subtitula Crónica de un tiempo convulsionado, pero que muy bien habría podido subtitularse Crónica «contra» un tiempo convulsionado.

01/06/2008

 
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