Le Corbusier
ARTÍCULO

Continuando a Homero mil años después

Edición de Francisco A. García Romero
Akal/Clásica, Madrid, 1997
 

Las Posthoméricas es un amplio poema épico, de unos nueve mil hexámetros y en catorce cantos, que relata los episodios troyanos que median entre los narrados en La Ilíada y los de la Odisea. Es decir, aquí se nos cuentan con afán émulo del homérico los famosos lances que siguieron a los lamentos fúnebres por Patroclo y por Héctor: el combate de los aqueos contra las belicosas amazonas, las muertes de Pentesilea y luego de Memnón a manos del Pelida, la patética agonía de Aquiles, sus funerales, y el suicidio de Ayax después, la llegada de Neoptólemo y de Filoctetes, el truco odiseico del gran caballo de madera, la toma de Troya, y las matanzas y saqueos finales, concluyendo con los regresos penosos de los héroes argivos supervivientes. Eran ésos los episodios míticos que, a cierta distancia en el tiempo y aún más en el estilo, a la sombra de la magnífica Ilíada de Homero, habían relatado algunos poemas menores, los del llamado Cicloépico. Algunos de esos episodios sirvieron de base mítica a famosas tragedias clásicas. Pero sólo por ellas y por algunos resúmenes de época bizantina sabemos de poemas como la Etiópida, la PequeñaIlíada, la Iliupersis, y los Nóstoi o Regresos que cantaban en sus hexámetros todas esas famosas gestas que Quinto de Esmirna retomó como temática heroica de su epos. Sabemos que algún otro autor helenístico tardío, como Pisandro de Laranda, acometió una recopilación parecida, y eso ayudó a que los arcaicos poemas menores del Ciclo se eclipsaran definitivamente. Pero todavía en Quinto resuenan con ecos familiares y solemnes los nombres de los olímpicos dioses, los grandes héroes y los furores heroicos, pues sus hexámetros están compuestos con el formulario ritmo y los epítetos decorativos y chispeantes del aedo antiguo. Las hazañas en torno a Troya vuelven en su poesía de imitado tono homérico. No se trata, sin embargo de un rival del gran patriarca de la poesía épica, sino de un lejano descendiente espiritual del gran aedo, tal vez nacido en la misma Esmirna de Homero. Sólo que más de mil años después. Se ha discutido la fecha exacta de composición de las Posthoméricas. En su documentada introducción Francisco García Romero se inclina por situar a Quinto de Esmirna a mediados del siglo III d. C. (y no en el siglo IV d. C., como otros). En todo caso, es un poeta que compone su extenso cantar –más breve que la Odisea, pero más largo que las Argonáuticas– a más de diez siglos de distancia de Homero (siglo VIII a. C.). Lo escribe en la época del Bajo Imperio Romano, en la costa de Asia Menor, siguiendo un patrón poético tradicional, aprendido en la escuela. Quinto es un poeta culto, erudito, preciosista, minucioso, barroco, y más riguroso que el propio Homero en su manejo de los esquemas métricos formularios. Homerikótatos, «hiperhomérico», según lo han calificado, compone su poema episódico a la sombra del gran patriarca con una admirable devoción. Su poema no tiene la unidad temática que caracteriza a las dos epopeyas homéricas, destacada ya por Aristóteles frente a los poemas cíclicos. Pero sí todos los típicos ingredientes de un relato épico: ahí están, de nuevo, los héroes y los dioses de antaño con sus epítetos espléndidos, las feroces acciones bélicas y combates estrepitosos, con diálogos altisonantes y vehementes, símiles largos en tropel y escenas míticas muy famosas, ante Troya y en el Olimpo. Valga, como ejemplo de su arte poético, la estampa patética de la muerte de Pentesilea, taladrada por un lanzazo de Aquiles, que traspasa a la bella guerrera junto con su caballo, o los lamentos por la muerte a traición de Aquiles, o el famoso final trágico del enloquecido Ayax. Lo que en Homero era épica popular, maestría técnica de la composición oral de larga tradición, en Quinto es ya docta y revejida literatura. Y en su arte alusiva resuenan no sólo incontables ecos homéricos, sino también muchos otros. Por ejemplo, en la única invocación a las Musas, que está aquí en el canto XII, se combina un motivo homérico con el personal recuerdo de Hesíodo (Teogonía 22 y ss.) y una nota local propia. Es la única vez que Quinto habla de sí mismo, y alude a su juventud, a la par que evidencia su memoria mimética: «Ahora, Musas, a mí que os pregunto, decidme, uno por uno, claramente, quiénes penetraron dentro del espacioso caballo. Pues vosotras me pusisteis en las entrañas todo este canto, antes de que el bozo se esparciera en mis mejillas, mientras en los prados de Esmirna apacentaba mi magnífico rebaño, no lejos del Hermo, a tres veces la distancia a la que se puede oír un grito, en los alrededores del templo de Artemis, en el jardín de la Libertad, en una parte ni demasiado baja ni demasiada alta del monte». Quinto escribe al final de una larga literatura. Ya los héroes y los mismos dioses griegos eran nostalgias en el crepúsculo. Es posterior a los primeros novelistas griegos (aunque tal vez podría haber tenido alguna charla con Heliodoro o con los fingidos Dares y Dictis). Y había leído con provecho a Apolonio de Rodas, a Virgilio, y a otros épicos cultos. Es un ejemplo extremado de la pervivencia milenaria de la poesía homérica (si bien no es el último, pues todavía está después Nonno con sus Dionisíacas), un heroico paladín de la mímesis en el crepúsculo helenístico. (Recordemos que está a más siglos de distancia de la épica que imita y continúa que el clérigo medieval autor del Roman de Alexandre [siglo XII ] distaba del Pseudo Calístenes.) Es algo posterior a los mitógrafos, como Apolodoro, que cuentan en una prosa grisácea y muy erudita esos mismos mitos. De ahí su especial encanto, pues pese a su aire barroco a trechos y a su colorido algo ajado, todavía late en su obra esforzada el entusiasmo poético de un mundo heroico lejano. Esta de F. A. García Romero es la segunda traducción de las Posthoméricas al castellano. (La primera, y conviene destacar que sólo hasta estos últimos años no había habido ninguna versión española del poema de Quinto, fue la de Inés Calero Secall, en Ediciones Clásicas, Madrid, 1991.) Nos da una versión muy fiel, hecha con atento cuidado y buen sentido de la expresión poética, por un experto conocedor de esa época tardía de la literatura griega. Va precedida de una introducción, breve, muy documentada y de clara precisión. He aquí, pues, una nueva y excelente traducción sobre la obra de un nostálgico poeta épico y tardío continuador de Homero, que merece sin duda ser mejor conocido de todos los amantes del mundo clásico y de la literatura antigua.

01/01/1998

 
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