ARTÍCULO

Contar como querer

Selección personal de relatos Taller de Mario Muchnik, Madrid, 1999
313 págs. 2.300 ptas.
 

Desde que en 1967 obtuviera el premio Leopoldo Alas, con Unaventana a la carretera, no ha dejado Antonio Pereira de cultivar la narrativa breve, en forma de microrrelato, cuento o novela corta. En esta antología, realizada por el autor, se recogen sesenta y ocho piezas, algunas de ellas inéditas. En el sustancioso prólogo apunta Pereira que su formación como narrador se gestó tanto en la lectura como en los relatos orales, lo que quizás explique su definición del género como «el resultado de saber una buena historia y saber contarla con brevedad». A imitación de Horacio Quiroga, se arriesga con un «decálogo para cuentistas», en el que recuerda que «un cuento es la ficción de una voz» y que para escribirlo hay que tener una historia, en la que se debe profundizar para que no se quede en anécdota, una historia con expectativa, que –como señalaba Poe– debe tener un efecto único, leerse de una sentada y estar escrito en un lenguaje claro, sencillo. Pero convendría no perder de vista, al respecto, lo que se recuerda en «El narrador inocente», en el que un escritor de éxito añora el frescor y la inocencia de su antigua escritura y se queja de las «desviaciones de su arte [...], harto de las técnicas y de las modas». O en «La protesta», no recogido en este volumen, donde se apunta que «lo más importante que dice un libro no está escrito en los renglones, sino entre ellos».

La narrativa corta de Pereira tiene un cierto aire autobiográfico, debido quizás al predominio de la primera persona. Oscila entre la tradición y la modernidad, entre el arraigo a su tierra del noroeste y un cosmopolitismo –e incluso exotismo– vivido desde las propias raíces. Está escrita en un lenguaje realista, sugerente, no exento de lirismo, ni de ciertas dosis de humor e ironía, rozando a veces lo esperpéntico. Él mismo las ha calificado de historias civiles, porque se ocupan de diversos aspectos de la vida de la comunidad y no salen «almirantes ni adelantados», como se dice en «El ingeniero Balboa» (pág. 254). Pero si algo llama la atención en su trayectoria narrativa es su progresiva tendencia a la concisión, a la elusión; a la economía verbal, en suma.

Ante un conjunto de cuentos el crítico debe arriesgarse y apostar por alguno de ellos. Así, yo me decantaría por los siguientes. En «El síndrome de Estocolmo» lo que empieza como un homenaje a la escritora Nilita Vientós se transforma en el relato de dos historias paralelas, la de un secuestro y la del desconocimiento que un marido egoísta tiene de su mujer, al darse cuenta de cualidades de ella que ignoraba. «El ingeniero Démencou» es un relato sobre los prejuicios y las peculiares fantasías masculinas, con sorpresa final. «Palabras, palabras para una rusa», mi preferido, me gusta leerlo como una metáfora de la literatura, de la universalidad del lenguaje, del poder de la palabra, de la capacidad de encantamiento del ritmo del lenguaje. «Picassos en el desván» es un arte poética, en la que se apunta que en el propio entorno, por modesto que sea, pueden hallarse los materiales para una fábula sencilla, que no hay que ir más lejos, ni empeñarse en escribir una novela río. «El asturiano de Delfina» es un homenaje a don Antonio G. de Lama, uno de los fundadores de la revista Espadaña, en cuya tertulia de la Biblioteca Azcárate participó el joven Pereira, y –a pesar de los leves reproches– a la impagable labor educativa de la Fundación Sierra Pambley.

En «La espalda de Elisa» se describe una isla de libertad, de tolerancia. «Obdulia, un cuento cruel» es el irónico relato de la espera de la muerte de una joven, la preferida de su madre. Y cómo, cuando ya no hay esperanzas de que Obdulia viva, las inquietudes de la progenitora se centran en que la chica muera a tiempo de que su ofrenda final no se marchite: una multitud de camelias blancas y rojas, jaspeadas, «esas flores en que lo bonito es el nombre», aunque no huelen. «La barbera alemana» es un cuento misterioso cuyos detalles adquieren pleno sentido en el desenlace. «El ingeniero Balboa» es una historia de amor con regusto autobiográfico, con un desenlace fantástico. Y «Los preventivos» es una pieza maestra que puede leerse como una metáfora de la represión de la posguerra. Se narra en ella la humillación de los detenidos cada vez que Franco visitaba la ciudad y cómo el generalísimo los acabó derrotando al sobrevivirlos a todos.

Me gustaría poder seguir deteniéndome en otros muchos cuentos de calidad que se recogen en este volumen. Por ejemplo, en alguno de esos microrrelatos que Pereira compone cuando el género no era tan cultivado como ahora. En el que se titula «Lenta es la luz del amanecer en los aeropuertos prohibidos», que añade un matiz más a su decálogo, se apunta que con tener un buen comienzo en un texto es mucho, pero no es suficiente.

Pereira ha logrado lo que muy pocos autores: una voz depurada y un mundo propio. Es, sin duda, uno de los grandes cuentistas de estas últimas décadas, uno de los pocos que consigue esa vibración especial, esa voz de poeta, que los lectores cómplices –que él necesita– sienten ante los grandes relatos.

01/06/1999

 
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