ARTÍCULO

Construcciones y reconstrucciones

Alfaguara, Madrid, 1998
216 págs.
 

«Pensaba en ellos de una forma extraña, como un hombre que puede imaginar un río, pero no una manera de cruzarlo.»

«–De todas formas, piensa que Israel siempre contaba las cosas de aquella manera, igual que si fuesen historias. En realidad, más que historias creo que eran una especie de... no sé, parábolas, donde lo que importaba no era lo que había pasado sino cómo se sentía en aquel momento.
–¿Cómo se sentía?
–De ninguna manera.»

«–Y después, alguien mandó disecar al oso y lo llevó al Gran Casino. Supongo que el que lo hizo cree que esa historia significa algo.
–Sí, bueno, supongo que a su manera todas las historias significan algo.»

Tres citas que pertenecen respectivamente a Raros (1995), Nunca le des la mano a un pistolero zurdo (1996) y Alguien se acerca (1998), de Benjamín Prado. Este desenfadado escepticismo y la sustitución del mensaje «trascendente» de la novela tradicional por la ausencia de mensaje o, mejor dicho, un desplazamiento en lo que entendemos por trascendente y por heroico, cuyo centro todavía no hemos encontrado, definen una nueva actitud ante lo cultural y lo social que encontramos personificada en el grupo Nirvana, al que Benjamín Prado pertenece o ha pertenecido. Con dicho grupo (Ray Loriga, Félix Romeo y José Ángel Mañas entre los más representativos) comparte en sentimiento de marginalidad, la rebeldía sin causa, una amoralidad derivada del rechazo de la moral tradicional y la atracción por la cultura norteamericana de la sociedad de consumo, centrada en los televisores, los vídeos, los discos, los coches o las motos y la ropa, que suele ser la que llevan los actores y los cantantes, pues hay una clara identificación entre el autor, la obra y el público que la comparte.

A este grupo se le ha acusado de mimético, superficial y ajeno a la realidad del país. Los desatados elogios a la última novela de Belén Gopegui no responden solamente a sus visibles cualidades objetivas. La crítica ha querido ver la recuperación de una actitud ética cuyo último representante parecía ser Rafael Chirbes. El grupo Nirvana se sitúa en el extremo opuesto y, como parece inevitable, una de las dos tendencias narrativas ha de helarnos el corazón. O por lo menos el corazón de la mayoría de los críticos ortodoxos y nostálgicos de un orden que, basta mirar a nuestro alrededor, no es el único ni el dominante.

Cierto que en los escritores del grupo Nirvana hay, con frecuencia, un exceso de mimetismo y de frivolidad, un narcisismo generacional que el tiempo se encargará de desprestigiar. Pero la obra de Benjamín Prado muestra todo lo que hay de positivo en esta propuesta estética, que ha ido madurando o en la que ha ido ahondando para llegar a una novela de la calidad de Alguien se acerca, a la que nunca habría llegado por los caminos tradicionales del realismo como se ha venido entendiendo, con todas sus espléndidas y más audaces variaciones: del Cela de La familia de Pascual Duarte o La colmena a la Belén Gopegui de Laconquista del aire, pasando por Juan y Luis Goytisolo, Luis Martín-Santos, Juan Marsé, Rafael Chirbes o Antonio Muñoz Molina, por citar puntos de referencias «canonizables».

Unai Gómez Arrieta, aficionado a las novelas baratas de detectives, al leer en el periódico la noticia de un asesinato en el bar Plaza Roja, se siente en cierto modo implicado, por lo que decide abandonar Madrid y cambiar de personalidad para convertirse en Andrés Hurtado, como el protagonista de El árbol dela ciencia de Pío Baroja. Encuentra trabajo en el hotel Santa Lucía, se enamora de Sara, compañera de Fran Lowell, el propietario del hotel, personaje sospechoso al que decide matar. Ni Unai presenció el asesinato ni Andrés a cometerlo. A uno le empuja la necesidad de huir y al otro la de encontrar, intentos de nuevo irrealizables porque «la única forma de avanzar es conseguir que aquello de lo que escapas y aquello que persigues sean dos cosas distintas».

De lo que Unai trata de huir es, en realidad, de su rutinaria vida como empleado de banco, de la soledad y del vacío. Es así como se convierte simultáneamente en un asesino en potencia y en un detective, encuentra un nuevo trabajo que le permita entrar en contacto con la gente y se enamora. Aquí es donde entra su imaginación, estimulada por las lecturas (especialmente de Baroja, Conrad y Tomas Bernhard, pero también de Marsé y de Vázquez Montalbán), lecturas que lo permean sutilmente todo (Lowell, el apellido del propietario del hotel, Auden, Williams and Co. es el nombre de un almacén en el embarcadero de Nueva York), por películas (Elcartero siempre llama dos veces, con John Garfield y Lana Turner, Gigante, con James Dean), por los recuerdos, los sueños, las sensaciones y las intuiciones, atento a las palabras, a las frases y a las historias que escucha por boca de personajes muy parecidos a él, busca «un punto de encuentro, una manera de convertir la suma de todas aquellas cosas en algo que él pudiese entender». Una suma que no va a depender enteramente de él, pues no sólo su destino está en manos de su imaginación y de sus recuerdos, de lo que ve y de lo que lee, sino también de las decisiones del propio Benjamín Prado. Invención y realidad, Unai y Andrés, Fran y Tim, Sara víctima o asesina, narrador y narración terminan por confundirse como si todo se tratase de un sueño.

Y esta es la parábola: nos encontramos ante el sueño de la creación, que viene a llenar el vacío de la existencia cotidiana. Los libros, la música, el cine y la escritura nos transportan a un mundo extraño, irreal, un mundo que contemplamos a través de una sucesión de imágenes atractivas y extrañas y que escuchamos fascinados a través de una serie de historias que se van encadenando con «vínculos extravagantes», narradas por personajes que viven en casas vacías, a pesar de que estén inundadas de objetos, y frente a casas en construcción, parábola última de la escritura.

01/05/1998

 
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