ARTÍCULO

Patria de la humanidad

Trad. de Ramón Sánchez-Lizarralde
Península, Barcelona, 1998
151 págs. 1.500 ptas.
 

Durante la lectura de esta angustiosa Confesión junto a una tumba vacía es imposible no estar de acuerdo con la idea de Leonardo Sciascia de que lo terrible de la muerte no radica en no ser o no estar más sino –como en el caso del difunto Mehmet Shehu, a la búsqueda de cuyo cadáver está consagrada la obra– en pertenecer al ámbito de los recuerdos cambiantes, de los sentimientos y de los pensamientos cambiantes de quienes quedan con vida. Sobre esos tres niveles de la mutabilidad humana en tiempos de liquidación de un estado totalitario, especula la narración de Bashkim Shehu (Tirana, 1955), hijo del citado primer ministro y uno de los pocos supervivientes de una familia que en poco tiempo pasa de hallarse a la diestra del faro, luz y guía albanés Enver Hoxha a ser víctima del más implacable exterminio como culpable repentina de todos los males del país.

Antiguos amigos y camaradas de partido –del que fuera seguro recambio del líder máximo durante decenios–, forenses, jueces, policías, guardaespaldas y enterradores desfilan entonces, abducidos por una amnesia rayana en el absurdo, al ritmo de la penosa pesquisa que el autor, tras ocho años de cárcel y dos de destierro, emprende con la intención de dar común sepultura a su padre y a su madre, muerta en presidio.

El desconocimiento de la lengua albanesa añade al lector de esta excelente versión castellana de Ramón SánchezLizarralde la satisfacción de poder sumergirse en un texto perfectamente armónico en su reconstrucción de la arqueología sentimental y política de un estado oníricamente situado en la vanguardia de la vanguardia. Cuando aún hay que discutir sobre la falta de ética que permite perpetrar traducciones a quienes ignoran la lengua de origen y, sobre todo, carecen de un absoluto dominio de la de llegada, esta edición es un modelo de conocimiento sobre ese binomio de la lengua y cultura, en este caso albanesas, que se completa con una cuidadísima recreación del delirio como único y universal patrimonio de toda una nación.

Ese delirio, hijo y padre de la vía albanesa al socialismo, es el que explica que en 1960 Enver Hoxha denunciase una conjura soviético-norteamericana (¡nada menos!) contra su país y el que permite que treinta años después no sólo sea imposible saber si su más fiel colaborador murió asesinado o se suicidó sino que nadie recuerde dónde fue enterrado... por última vez.

La peripecia del narrador dibuja, en una particular interpretación de los decorados románticos, una humilde y atroz silueta del gran cementerio en que historia y memoria, personal y colectiva, han convertido Albania. Se trata de una narración lineal, jalonada por los fragmentos del diario personal que Bashkim Shehu redactó en los días posteriores a las elecciones de 1992 que dieron la victoria al candidado reformista Sali Berisha, y con los que la novela cobra gran dinamismo, precipitando a héroes y lectores a un final que sólo es la ilusión de un comienzo bajo los escombros de las «pirámides financieras» que pusieron al país al borde de una guerra civil a principios de 1997 y que el autor quiere comparar con las pirámides egipcias como exaltación funeraria.

En estos tiempos pródigos en libros negros y conciencias inmaculadas en lo que a las perversiones de la utopía se refiere, esta obra viene a sumarse a otros textos incómodos y hasta desagradables, de lectura generalmente aplazada, que con tintes hiperbólicos –como en Ensayo sobre la ceguera de Saramago– o simplemente descriptivos –como los Relatos de Kolymá de Shalámov– sugieren lúcidas y eficaces revisiones de la historia desde los más diversos territorios. En este sentido, Bashkim Shehu goza además, como otros autores a lo largo de los tiempos, del dudoso pero sensible privilegio de haber conocido con la máxima intensidad las comodidades de la nomenklatura albanesa y toda la violencia y la desolación de sus víctimas. Esta Confesión... demuestra que hasta la peor de las pesadillas termina encontrando quien le dé sepultura y que a todo experimento, incluido el albanés, le llega su hora de pasar a la historia, tarea a la que la novela puede contribuir de forma luminosa. Que a todo Enver Hoxha, en fin, le llega su Bashkim Shehu. Abolida la inocencia del héroe decimonónico, la literatura de cementerio de nuestro siglo tiene con esta novela de Shehu un digno eslabón entre los afanosos supervivientes de los inviernos soviéticos (desde el Vasili Grossman de Vida y destino hasta la Liudmila Petrushévskaya de Amor inmortal) y los vívidos arquetipos de eclécticos infiernos latinoamericanos, por poner un ejemplo dolorosamente próximo (desde el Manuel Scorza de La guerra silenciosa hasta el Santiago Gamboa de Perder escuestión de método).

Entre las líneas de esta historia se deja leer toda una serie de certezas, más o menos amargas. Como que la Tierra será, sin duda, un paraíso, pero que hay patrias de la humanidad en las que, como sucede en este poco católico camposanto albanés –para más inri– es mejor no poner los pies.

01/06/1999

 
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