ARTÍCULO

Los actos misteriosos

Alba Editorial, Barcelona, 1998
Trad. de Carlos Alonso
167 págs.
 

Federigo Tozzi (1883-1920) forma con Luigi Pirandello e Italo Svevo la tríada de escritores que dio nuevo impulso a la novela italiana y la introdujo de lleno en la literatura europea del siglo XX. Menos conocido que sus dos ilustres acompañantes (Svevo también tuvo que esperar décadas para que le fuese reconocido su prestigio), hasta hace pocos años Tozzi era considerado un autor local de la bella ciudad de Siena, descrita con implacable colorido en sus obras, sólo leído fuera de Toscana por unos pocos entendidos, entre los cuales el propio Pirandello que en mayo de 1919 hacía una recensión de este libro. El marcado tono autobiográfico, así como un falso naturalismo bajo el que se esconde la riqueza inquietante y angustiosa del yo de sus protagonistas, hizo que muchos vieran en él un escritor folclórico y regional, sin entender que lo realmente importante eran las obsesiones internas de sus personajes. Tozzi aprende que la autobiografía puede despersonalizarse, convertirse en el espejo de la realidad contemporánea.

Tozzi fue autor de poesías, cuentos y novelas, entre estas últimas destacamos Tres cruces, El poder, Recuerdo de un empleado, Los egoístas, o Bestias. Obras que esperamos vean pronto la luz en nuestro país.

Con los ojos cerrados es la primera novela que se traduce de Tozzi en nuestro país, escrita en 1913 no fue publicada hasta 1919. Narra las experiencias de un joven tímido y sensible, hijo de un hombre rudo y violento que hizo fortuna regentando una taberna, una trattoria de Siena. La vida del muchacho transcurre bajo la presión constante del padre, tanto en casa, con el asfixiante olor a comida y la presencia continua de clientes, camareros y cocineros que impedían un mínimo trato afectivo, donde sólo había lugar para el grito o el puñetazo en la mesa, como en la finca paterna, comprada gracias al avaro proceder del padre, donde el joven disfrutaba de la naturaleza que le rodeaba. En el campo, en Poggio a'Meli, conoce a Ghisola, joven campesina al servicio de su padre. La relación entre ambos marca todo el libro.

Abandonados los estudios, sin ningún interés por el negocio familiar, con el transcurrir de los años el tímido y sensible Pietro encuentra en la joven una razón para su existencia, pero las diferencias entre ambos son profundas: ella, desposeída de todo, es práctica, burlona y desconfiada; él, ingenuo, propietario de taberna y tierras, idealista y soñador, es un personaje comprometido con el pensamiento socialista en un mundo que no entiende y en el que es incapaz de vivir; y por encima de todos el padre, Domenico, al que teme.

Aparentemente Pietro es prisionero del cerco paterno, del ambiente que le circunda, aunque la realidad es que está prisionero de sí mismo, de un sentimiento interior que le aprisiona: «Aquella vida interior suya que se interponía siempre», nos dice Tozzi del protagonista.

El título del libro proviene de la frase «se estaba bien en la cama, con los ojos cerrados» y con ella se alude no sólo a la necesidad de no querer ver la realidad tal y como es, sino también a la necesidad de introspección. Para sobrevivir es necesario cerrar los ojos para no ver un mundo incomprensible. Hay una cierta incapacidad en el protagonista de vivir la vida, lo que le lleva a refugiarse en una regresión visionaria que es ilusión de vivir.

Asiduo lector de Freud, del que se conservan en su biblioteca todos los libros con anotaciones y comentarios, y de los Principios de psicología de William James, y del neurólogo y psicólogo Pierre Janet, Tozzi se preocupó por el subconsciente y la neurosis; él mismo declaró que la finalidad de su narrativa era «representar los actos misteriosos» que gobiernan la vida del hombre, en un intento por penetrar en el secreto ilusorio de la realidad, superando la simple objetividad de la novela naturalista y los límites de lo racional. Tozzi busca en su propia existencia el punto de partida para la comprensión de un mundo dominado por lo patológico y lo visionario.

Correcta traducción, aunque dada la reiterada presencia del término trattoria creemos que Carlos Alonso podía haberlo dejado sin traducir (tal y como se hace en la solapa del libro). La traducción por casa de comidas está bien, pero dado que llama fondista al dueño del local quizá debería haber utilizado fonda. O bien, y dado la acepción deportiva del término fondista, usar otras dos de igual raíz: mesón-mesonero o taberna-tabernero, por ejemplo.

En definitiva, un excelente libro que llena un hueco existente durante demasiado tiempo en las librerías españolas.

01/05/1999

 
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