ARTÍCULO

¿Historia medieval o morfologismo?

Akal, Madrid
Trad. de Alfredo Brotons y Jorge Díaz
464 pp. 32 €
 

Comprender la Edad Media es empeño de todos los que nos sentimos atraídos por la evolución de la sociedad europea entre los siglos V y XV. Hacerla comprensible debe ser cortesía de quienes escribimos páginas que aspiramos a que otros lean. En términos estadísticos, un noventa y nueve por ciento de los intentos de realizar esa doble operación que aspira a construir y transmitir una interpretación más o menos global de la Edad Media se ha caracterizado por la sensibilidad con que sus autores han manejado las coordenadas de tiempo y lugar en que suceden los acontecimientos y se manifiestan los procesos. Junto a ese noventa y nueve por ciento, un uno por ciento de quienes tratan de comprender la Edad Media esconden los valores de aquellas coordenadas o simplemente renuncian a ellas. En su lugar, tratan de buscar la comprensión de aquellos diez siglos en la indagación sistémica de algunos comportamientos personales o sociales que consideran especialmente relevantes. De este segundo tipo, los medievalistas se han beneficiado de obras como la de Arón Guriévich, quien, en Las categorías de la cultura medieval, dejó, con cierta pretensión programática, un excelente ejemplo de esa modalidad de aproximación al Medievo. El hecho de que, en la traducción francesa (y en la española), la «Presentación» de la segunda obra corriera a cargo de Georges Duby, nos permite comprobar la incomodidad que, desde su admiración hacia la obra del historiador ruso, el medievalista francés sintió ante una interpretación que «había considerado legítimo un análisis sincrónico de las estructuras» del Occidente entre los siglos V y XIV «y no había sido suficientemente sensible a la diversidad del espacio inmenso y compartimentado de la cristiandad latina».
En medio de una y otra forma de comprender y hacer comprensible la Edad Media, surgen de vez en cuando intentos que, respetando algo menos que los primeros pero mucho más que los segundos las variables de tiempo y lugar, seleccionan una determinada perspectiva desde la que tratan de captar la totalidad o buena parte de los procesos históricos que se desarrollaron durante aquella época. Aunque con diferentes argumentos, Paul Zumthor en La mesure du monde y, sobre todo, Jerôme Baschet en La civilisation médiévale son excelentes ejemplos de esa orientación. En ese lugar intermedio, aunque, con planteamientos y argumento distintos a los de los dos autores anteriores, podemos situar la obra de Kleinschmidt. Al menos, hacia allí parece encaminarse un libro que ofrece dos rasgos dominantes. De un lado, la convicción del autor de estar sacando el mejor (el más «historizante») partido al concepto foucaultiano de «espacios de comunicación». Esto es, de las unidades reconstruidas de tiempo, espacio y grupos sociales dentro de las cuales es posible una comunicación directa significante. De otro lado, el hecho de que, en cada uno de los capítulos de su libro, el autor subraya, quizá no tanto el cambio como, al menos, la distancia que media entre el principio y el final de la Edad Media en las manifestaciones de la modificación de los conceptos en el contexto de la acción. En consecuencia, «éste es un libro sobre conceptos» en el que Kleinschmidt exhibe una alta sensibilidad respecto a las actitudes hacia el cambio, rehuyendo de manera deliberada cualquier posible acusación de aproximación sistémica a los problemas, evidente tentación de la perspectiva en que el libro se sitúa. Para evitar la acusación y la tentación, el autor concluye su «Introducción» reivindicando su adhesión a una «revisión interaccionista de la teoría general de sistemas». La idea recorre el análisis de los escenarios, de los sistemas, que el autor ha seleccionado como suficientemente representativos para desarrollar sus intentos de comprensión, cuyos cinco objetivos prácticos (p. 10) tienen que ver con el carácter cambiante de: la cultura europea, la cultura según grupos, las pautas de acción, los marcos legales y las normas de comunicación.
A partir de unos presupuestos que premian los conceptos, convirtiéndolos en estímulos, esenciales y casi siempre solitarios, de los comportamientos en acción, y a efectos de comprender la Edad Media, Kleinschmidt ha seleccionado los conceptos que, a su juicio, forman «el núcleo de la historia conceptual de la cultura europea medieval», renunciando a los problemas de cultura locales y a la diversidad regional dentro de Europa. Otras renuncias son excusadas por el autor en sus conclusiones (p. 391) cuando reconoce haber actuado con deliberación tanto en el abordaje descriptivo del cambio cultural, para el que «pocas veces he dado explicaciones», como en la presentación de la cultura «en segmentos descritos por separado, sin un coherente hilo narrativo [...], lo que prueba que no se ha hecho ningún esfuerzo por mostrar la interconexión de los rasgos que constituyen la cultura medieval». Como justificación de su actitud, el autor se conforma con insistir en algo tan obvio como que dicho cambio no se produce de forma repentina sino que se solapa con continuidades y procede a velocidades desiguales, incluso en cada uno de los rasgos en observación.
Los pronunciamientos de Kleinschmidt en la «Introducción», la «Conclusión» y en los apartados conclusivos de cada capítulo ayudan a situar la obra en el panorama historiográfico. La impresión es que el autor, inspirado por Michel Foucault, Claude Lévi-Strauss, Max Weber y Talcott Parsons, ha tratado de superar lo que él estima una amenaza sistémica, reiterando a menudo una declaración de reconocimiento del cambio, que, por supuesto, no sólo debe formar parte de la sensibilidad de todo historiador sino que, especialmente, los dos grandes sociólogos mencionados también habían tenido en cuenta. Esa declaración se apoya luego en una cierta simpleza de argumentos y de fragilidad de los ejemplos, entre los que incluyo los comentarios iconográficos a las cincuenta ilustraciones que reúne el volumen, que se combinan con una formulación que tiende a la abstracción a veces abstrusa. A la vista de ello, conforme uno progresa en la lectura del libro siente crecer la sensación de que el viaje no exige estas alforjas.
Ese viaje tiene cuatro etapas. La primera recorre las «Ideas generales». Empieza con las experiencias del tiempo, un tanto pobres aunque suficientes para el autor para recordar, contra todas las evidencias conocidas, que «las creencias milenaristas en torno al año mil se divulgaron por extenso en Europa occidental». Sigue por las concepciones del espacio, más ricas en sugerencias, aunque puede discutirse tanto, a título general, la irrelevancia territorial que otorga a los grupos humanos antes del siglo XII como, a título particular, que la fijación de los cementerios viniera, precisamente, a «cortar los lazos entre los vivos y los muertos». Continúa por el análisis del cuerpo y las conductas del mismo, en cuya historia observa, para los siglos XI a XIV, una lenta transformación de los modos de comportamiento heterodinámicos en autodinámicos, que el autor trata de seguir a través de una iconografía de interpretación tan elemental como discutible. Marie-Dominique Chenu y Colin Smith, entre otros, lo habían dicho con más solvencia y sencillez al referirse al crecimiento de la conciencia individual. Los grupos de diverso tipo, mejor caracterizados por el autor los familiares que los vecinales y, sobre todo, que los contractuales, pasan a ser lógicamente los protagonistas de la segunda etapa, dedicada a la «Acción». En ésta, y a lo largo de muchos pasajes de la obra, los grupos de parentesco aparecen tratados como protagonistas largamente relevantes en el tiempo, lo que la historiografía no revalida salvo para los grupos de las aristocracias, de aquellas a las que Kleinschmidt se empeña, una y otra vez, en presentar viviendo «en castillos en lo alto de colinas».
La segunda etapa del viaje nos lleva, por tanto, a los ámbitos de la «Acción» escogidos por el autor, que han sido tres. El primero, la producción y la distribución, analizados bajo el prisma de la aparición de la orientación racional de la acción hacia un fin y la deslocalización de los mercados, constituye un capítulo que obliga a recordar que Max Weber puso el listón muy alto. El segundo ámbito de análisis ha sido la guerra, donde la ayuda conceptual de Klausewitz sirve al autor para insistir en que «el cambio en la definición de los objetivos bélicos se analizará como un proceso desde la orientación a la estabilidad hasta la concentración en el fomento del cambio por medio de la guerra» y para desarrollar un capítulo en el que tecnología militar y sociedad aparecen vinculadas con solvencia. Con todo, la coherencia del autor con sus propias premisas lo lleva, en ocasiones, a radicalizar posiciones y expresiones hasta niveles discutibles. Entre las primeras, y pese a su recuerdo de los ejércitos señoriales, el tratamiento conceptual parece depender en exceso de la perspectiva estatalista de los enfrentamientos. Entre las segundas, no concuerdo con Kleinschmidt en la idea de que, «hacia finales del siglo XV, los infantes comenzaron a desarrollar un nuevo hábito de combate que estribaba más en los modos autodinámicos de comportamiento [que acabarían dando lugar] a la belicosidad que se convirtió en rasgo distintivo del siglo XVI». La frase, por lo demás, constituye un buen ejemplo del discurso del autor, como puede comprobarse al leer la conclusión al análisis del tercer ámbito de la «Acción», esto es, el dedicado al pensamiento, capítulo de menor entidad que los dos anteriores. En él, el conocido tránsito de la posición dominante realista a la nominalista y el reconocimiento de los progresos de una cierta secularización del pensamiento en la Baja Edad Media se expresan a través de una redacción innecesariamente complicada.
La tercera parte del libro recala en la «Interacción», a propósito de la cual el autor trata de mostrar sucesivamente cómo el propio concepto cambió, tanto en la comunicación entre las personas y los grupos como en la comunicación a través del tiempo o a través del espacio. En este caso, los respectivos puntos de atención de Kleinschmidt son tres. El tránsito de la oralidad a la escrituralidad, que el autor vincula al ascenso de los grupos sociales urbanos; la transformación del tipo «frío» de conmemorar el pasado en el «caliente», esto es, en la perspectiva de Lévi-Strauss, el paso de sociedades escasamente atentas a los factores de cambio a sociedades que «requieren percepciones y actitudes que precipiten y contribuyan a la adaptación de las personas al cambio», todo lo cual se manifestará a través de una historiografía cada vez más universal, más alejada de la escatología y más sensible a una historia cambiante y el paso de la emigración al viaje, que armonizaría, desde la perspectiva del autor, con los progresos de la literalidad en la comunicación entre personas y la universalización de la conmemoración del pasado.
En la cuarta parte del volumen, el autor, bajo el título de «Imágenes del orden», describe dos tipos de cambio: el de una educación de los jóvenes centrada en el grupo a otra centrada en la persona, y el de un concepto del entorno sociopolítico centrado en el grupo a otro centrado en el espacio. De los dos, el autor se muestra más sólido en el segundo que en el primero aunque, pese a sus declaraciones sobre la tardía aparición del Estado, el tratamiento conceptual de «gobierno y representación» ofrece una perspectiva estatalista que se asemeja a la adoptada en su análisis sobre la guerra, con lo que la esencia, proteica y compartida, del poder en la Edad Media queda oscurecida. Por lo demás, los dos capítulos brindan otros rasgos del libro de Kleinschmidt: la referencia a pie de página casi exclusivamente a fuentes pero no a bibliografía, pese a que la obra se cierra con una relación de títulos que ocupa cuarenta y seis páginas y la utilización prioritaria de fuentes, escritas o iconográficas, de dos períodos históricos: de un lado, los siglos V a X, de otro, los siglos XIV a XVI. Tal vez, el prurito del autor por subrayar la idea de cambio lo haya llevado a marcar los extremos del arco cronológico medieval en detrimento del tramo intermedio. Con ello, Kleinschmidt fija el contraste deseado, el cambio, pero deja en el limbo de los temas pendientes las entrañas del propio proceso, del que sólo ofrece los resultados dentro de los temas seleccionados.
A la postre, como el autor es el primero en reconocer, el lector asiste al desfile yuxtapuesto de interpretaciones parciales con las que la historiografía ya le había puesto de acuerdo que ahora se visitan con voluntad de conceptualización. Probablemente, el lector avisado no necesite el libro para comprender la Edad Media, aunque algunas páginas lo interpelen y animen su reflexión y discusión, y el lector menos familiarizado con ella tendrá dificultades para conseguirlo, aunque Harald Kleinschmidt lo ayude en el intento con las clarificadoras presentaciones y conclusiones de sus capítulos o del volumen en su conjunto. La falta de una atención más precisa a aspectos como el poder y la religión no contribuye precisamente a esa anhelada comprensión. Por cierto, ésta se habría beneficiado también si, en las dos o tres ocasiones en que aparece, los traductores hubieran traducido Revelations por Apocalipsis (de san Juan) y no por «Revelaciones».

01/05/2010

 
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