ARTÍCULO

Complot en la Residencia

Lengua de Trapo, Madrid, 1996
393
 

En el humus de una doble tendencia de nuestra reciente narrativa –el culturalismo y el relato histórico– crece la vigorosa, espléndida, sorprendente y excesiva primera novela de Antonio Orejudo, Fabulosas narraciones por historias. Revuelta o disuelta en mil anécdotas menudas, tiene una trama original y provocadora: Ortega y Gasset quiso ser novelista tradicional, pero su incapacidad para el género le lleva a montar un tinglado artístico –y, de paso, comercial, pues hay mucho dinero en juego–, la fundación de una «Generación Poética de los Años Veinte» que impida el desarrollo de cualquier otro tipo de relato que no sea el vanguardista y deshumanizado y que hunda la novela realista en el descrédito y la ignorancia. El centro de acción del complot se sitúa en la Residencia de Estudiantes. A partir de este eje ocurrente y divertido, la novela extiende su campo de acción desde comienzos del tercer decenio de nuestro siglo hasta los primeros años de la posguerra. No cabe en las estrictas medidas de este comentario pormenorizar los muchos elementos positivos que salen de la fértil imaginación de Orejudo. Todos ellos vienen de la feliz confluencia de dos condiciones del autor: de un lado, una formación cultural sólida y que ha decantado bien, con juicio personal, la teoría y la historia literarias de nuestro siglo; de otro, un ánimo crítico y corrosivo que no se presta a la complacencia, hoy por hoy (quizás por su juventud, por tratarse de un primer libro, por un deseo de llamar la atención: seguro que el tiempo lo dulcificará no poco). No se trata tanto de las cosas irreverentes que dice –y que a más de uno habrán de sentar muy mal, pues están escritas no al modo de mofa disparatada, sino con auténtica voluntad dañina y desmitificadora–, como de los oportunos efectos que consigue gracias al uso sistemático de una variada gama de recursos del humor, desde la ironía hasta la sátira.

La plana mayor de loos "residentes" y el espíritu institucionista, en general, pasan por la perspectiva vitriólica del autor, y con ellos el vanguardismo de entreguerras. Inventa situaciones o personajes ridículos -en general, la beatería laica y clasista de la Residencia, aunque no lo diga así- que manipula mediante el sarcasmo. La definición de algunos personajes con un tópico latiguillo tiene esa voluntad corrosiva: el exquisito y refinado poeta (Juan Ramón), la más fuerte personalidad de la generación del 98 (Unamuno), el incansable luchador por la europeización cultural de España (Ortega), el que junto a una ingente labor científica cultiva los estudios históricos (Marañón), el mejor intérprete del alma de Andalucía (Lorca), el ingenioso escritor (Gómez de la Serna)...., nómina repetida y en la que con un quiebro cruel incrusta a "don Ramón Pérez de Ayala, nacido y educado en Oviedo". Ortega es quien se lleva la palma de los denuestos, no por los chanchullos que se le atribuyen o por la denuncia de su sectarismo y de su propensión al rullo nobiliario. Más que por eso, por la burla del, digamos, Ortega íntimo, del amante sofocado y cursi que presenta en un pasaje que describe la relación entre el filósofo y su "corcita" (p. 257).

Tampoco cabe aquí detallar el sistema compositivo de Fabulosas narraciones por historias, que podemos describir con cierta imprecisión como un relato tradicional, lineal, caudaloso, mezcla de narración amena, de descripciones plásticas, de psicologismo y de incrustaciones ensayísticas. Todo ello cabe en una configuración de collage, y esa es, en efecto, la forma que adquiere el relato en última instancia. La línea anecdótica se rellena con múltiples materiales: discusiones estéticas, parodias artísticas, situaciones melodramáticas, escenas eróticas o pornográficas, epistolario y entrevistas periodísticas, documentos fidedignos, decontextualizados o apócrifos, textos propagandísticos de sustancias farmacéuticas...

Hay en todo ello un fervoroso gusto por ontar e inventar y, para ir de la ficción a los hechos, el autor se apoya en una gran potencia verbal, visible en la frase amplia, de mucho aliento, vaiado vocabulario, sintaxis compleja y flexible cuando es necesario. Esas cualidades, además, no se aplican a una visión arqueológica, aunque crítica, del pasado, sino que éste se convierte en el disparadero desde el que el lector, sin formzar mucho los hechos o su sentido, puede hacer sugestivas proyecciones hacia el presente. Así puede entenderse uan doble afirmación encadenada: García Lorca facturó mucho más de lo que hoy gana un tenista profesional y la generación del 27 fue "un negocio redondo" (p. 244). Y alguien encontrará una radiografía de actualidad en la presunción del narrador de que "para estar a la altura de los tiempos había que ser joven, ligeramente extranjerizante y vagamente homosexual" (p. 336).

Invención y retórica dan como resultado una historia entretenida, casi seimpre, y fluida, pero también un poco desmesurada. Falta en este libro un punto de contención en la cantidad de materia que se requiere para trazar la crónica de un tiempo y un determinado sentido del arte y de la vida. Peca Antonio Orejudo por exceso, pues a veces el arte de bien contar consiste en suprimir aquello que no sea relevante, necesario. Se entiende que haya querido dar esta especie de do de pecho, que haya pretendido presentar una tarjeta de visita llena de créditos. Si su novela fuera menos prolija, ganaría en intensidad y evitaría algún momento mortecino. Pero todo ello son reservas menores ante el descubrimiento de un narrador lleno de coraje, de sabiduría y de ideas que merece aplauso por lo que entrega y atención para lo que haga en el futuro.

01/01/1997

 
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