ARTÍCULO

Como un torrente

Thassalia, Barcelona, 1996
Trad. de Manuel Serrat Crespo
506 págs.
Thassalia, Barcelona, 1996
Trad. de Manuel Serrat Crespo
252 págs.
Thassalia, Barcelona, 1996
Trad. de Manuel Serrat Crespo
199 págs.
 

Daniel Pennac parece un hombre amante de la progenie, la promiscuidad y la profusión, un hombre mezclado, mixturado, mestizado, un producto cultural netamente francés que bebe en las fuentes del cosmopolitismo parisino y de la Francia colonialista (nació en Casablanca en 1944, hijo de funcionario, y viajó mucho). Parece también un hombre polifacético, pues hizo de todo antes de dedicarse a la enseñanza en un liceo de la región de París: leñador en Costa de Marfil, taxista en París y dibujante en la revista La Quinzaine Littéraire. Ahora tiene cincuenta y dos años y lleva muchos escribiendo. Empezó a los 29, con un panfleto contra el servicio militar (Le service militaire au service de qui?) y esto me hace pensar en Georges Perec y su Quel petit vélo à guidon chromé au fond de la cour?, como también pienso en Perec al leer –en francés, claro– las novelas de El cuarteto de Belleville. Hay algo en común, que no acaba de fraguar del todo, entre el monstruo Perec y el fenómeno Pennac, algo que merece un análisis más detenido y que tiene que ver con ciertas –bastantes– afinidades culturales y políticas (su amor por el «otro», el emigrante, el huésped, el amigo), el gusto por los enigmas policíacos y las novelas de intriga, el afán de incorporar el proteico material de la memoria al no menos proteico material de la escritura. Por ejemplo, en los textos que escribió Pennac para acompañar las magníficas fotografías del gran artista francés Robert Doisneau, La vie de famille y Les grandes vacances, hay un sentimiento de la nostalgia y el recuerdo muy similar al que empujó a Perec a escribir la serie de los Je me souviens. Hay, además, ciertas afinidades lingüísticas y estilísticas (idéntico amor por los juegos de palabras, por las paradojas) aunque en este punto, como en muchos otros, Perec ha llegado más lejos, llevando a una esfera muy superior ese proceso de alquimia biosociolingüística...

A Daniel Pennac la fama le vino primero en 1992, con un libro de ensayo, Como una novela (traducido al español), y se ha visto consolidada recientemente con la publicación en 1995 de El señor Malaussène, última entrega del llamado Cuarteto de Belleville. Belleville es el barrio, símbolo del sincretismo cultural parisino, donde vive Benjamín Malaussène, el protagonista, que ejerce la muy noble y muy antigua profesión de chivo expiatorio con la que mantiene a una caterva de criaturas que en realidad son los hijos de su madre (propensa a perderse en los vericuetos del amor con todas sus numerosas consecuencias). En torno a ellos, una multitud de personajes circula por las cuatro novelas enredándolo todo y formando un mosaico tan multicolor y multirracial como el propio barrio que las enmarca. Al socaire del éxito obtenido en su país de origen, se han empezado a traducir sus obras a todos los idiomas, entre otros el español, pero por la razón de la sinrazón que mi razón desconoce, se ha cometido el lamentable error de traducir primero la última novela del Cuarteto, El señor Malaussène, obligando a los lectores españoles que, como decía Steiner, hayan tenido que «aceptar la humillante confianza de la traducción» a digerir ese mundo enrevesado y abigarrado, sin conocer los antecedentes, por mucho que el autor –con bastantes descuidos y repeticiones, por cierto– nos recuerde quién es quién, como en los folletones de antaño recurriendo al antiquísimo aunque ineficaz procedimiento del epíteto y del atributo. Para intentar arreglarlo, los editores han publicado en segundo lugar La felicidad de los ogros, que en realidad es la primera de dicho Cuarteto y la novela clave donde se nos presentan los personajes. Con la futura aparición de El hada carabina y La pequeña vendedora de prosa (esperemos que esta vez publicadas por el orden en que fueron escritas), se habrá restablecido el deseado equilibrio y quienes hayan tenido la paciencia de esperar a que se culmine la publicación del Cuarteto, podrán acceder por fin a la explicación de muchos de los enigmas planteados en El señor Malaussène y verán incrementada con creces la satisfacción de la lectura, comprobando que Pennac no es tan caótico como podría dar a entender tan anárquica manera de publicarlo.

Quizás habría que atribuir esta distorsión cronológica (que por otra parte –corríjanme si me equivoco– también se ha producido en Alemania) a la poca confianza y las aún más escasas satisfacciones que la literatura francesa contemporánea produce en los editores de todo el mundo. Situación bastante merecida, hay que admitirlo, aunque en este caso paguen justos por pecadores, porque si alguien aporta savia nueva a la prosa francesa de hoy es precisamente este torrente de oralidad que es Pennac, con sus novelas escritas con la inequívoca y sanísima intención de divertirse y divertir, de no desechar nada de lo vivido y leído, echando los restos con una eficacia y un talento que van en aumento. La verdad es que hay una especie de maldición en el caso de la literatura francesa contemporánea, de manera que sus autores nunca acaban de resultar convincentes traducidos al español. Fundamentalmente porque no es fácil traducir del francés, en contra de lo que se suele creer, fiándose del evidente parentesco de nuestras lenguas. Falsa afinidad, pues las diferencias son lo suficientemente notables como para que algunas traducciones, harto literales, resulten especialmente irritantes, cosa que, por desgracia, ocurre con demasiada frecuencia. Pennac está constantemente jugando con las palabras, distorsionando las frases hechas y cometiendo, con premeditación y alevosía, anacolutos, anfibologías, apócopes, prolepsis y todo tipo de libertades morfológicas y sintácticas tan permitidas en su lengua como censuradas en la nuestra. A esto hay que añadir un chispeante ingenio, muy parisino, y un empleo personalísimo del argot que hacen que la lectura de Pennac resulte especialmente difícil en español sobre todo si la traducción –como parece ser el caso– ha sido hecha con prisas, sin tiempo para una más que necesaria revisión, de forma que cae en casi todas las trampas del francés; lengua cuyas sutilezas resultan muy difíciles de transmitir pero que al mismo tiempo conviene transmitir para que el espíritu del idioma permanezca. Espantoso dilema –si lo sabré yo– que en estas novelas de Pennac se plantea de nuevo, con tenaz obstinación.

01/02/1997

 
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