ARTÍCULO

Como un río

Ediciones B, Barcelona, 1996
Traducción de Montserrat Mira
592 págs.
 

Poco a poco Jorge Amado –ese Premio Nobel que no acaba de caer, por razones ajenas a la empresa, supongo– va entrando en el mercado editorial español. Caóticamente, ahora con una reedición de 1980 (lo que oculta con astucia Ediciones B, que presenta como novedad lo que Plaza y Janés ya había editado, no sólo ese año sino también en 1990 y 1991, siempre con traducción de Montserrat Mira), antes con otra novela traída al contrapelo del Quinto Centenario, De cómo los turcos descubrieron América, se nos va desvelando este Jorge Amado, enorme y fluvial como la vida misma. Se nos desvela a medias porque Amado, bahiano de corazón y jerga, es difícilmente traducible. Hace bien la traductora de Tieta de Agreste, Montserrat Mira, no ya en preavisar al lector del mundo tan personal, en lo lingüístico, que supone el universo amadiano sino en dejar muchas veces vocablos y giros tal como se los encontró o con una pasada mínima por el idioma al que se están vertiendo, menos castellano que nunca, más hispano-brasileiro tal vez por lo que de acumulación de materiales diversos en este caso presenta. Y conjunto variopinto de elementos dispares es Tieta de Agreste; novela-parodia, novela-juego, deudora en su intencionalidad del Quijote. Porque si Cervantes pretendió, en parte, satirizar las novelas de caballerías, Tieta de Agreste es la burla, cariñosa si se quiere, del mundo de los culebrones y las fotonovelas. Pero la intención paródica de esta novela no se limita a la reproducción de un argumento folletinesco: la vuelta al pueblo nativo de la muchacha que, casquivana y resuelta, ha hecho fortuna en la capital tras el matrimonio con un acaudalado sujeto, de quien por cierto el curioso lector solamente atisbará una figura confusa y difuminada por lejana. A partir de mimbres tan escasos, que en manos chapuceras de fabricante de culebrones hubieran dado para un sinfín de episodios truculentos, Jorge Amado monta una fábula inmensa de amor y odios, de muerte y sexo en la que no faltan elementos de realismo-mágico; recordemos que la primera edición de Tieta de Agreste es de 1977, todavía en la cauda de lo que se dio en llamar boom latinoamericano, que por lo menos en España no incluyó en sus filas a la novela brasileña, entonces y ahora la gran desconocida entre nosotros. Y sin embargo ahí estaba, y Jorge Amado que venía del social-realismo, y había hecho su particular recalada en un cierto neonaturalismo, abordaba su peculiar versión de la magia que eleva a considerable altura, cuando bien manejada, la cotidianidad. Porque esta Tieta, que se desprende de su virginidad con la adolescencia en brazos de un maduro personaje, en una escena tan naturalista que tiene su correlato en el apareamiento de una cabra con el macho cabrío (y Montserrat Mira nos explica en el oportuno glosario que «cabra» vale en Brasil para mestizo y «cabrita» para mestiza muy joven), salta de la lujuria rural a la mucho más sofisticada capitalina. Y en su vuelta a los orígenes, de los que fue despachada a golpes por el padre trágico e ignorante, termina envuelta en los brazos de su sobrino Ricardo, el que iba para sacerdote pero opta por protagonizar con su tía escenas eróticas que tienen bastante de angélicas pero no menos de terrenales. Ante ambos el tapiz fabuloso del nordeste brasileño, tan caro a Jorge Amado, en el que el aspecto erótico de la cuestión se adueña del escenario. Un escenario móvil en el que el puterío va girando para desaparecer al tiempo que emerge el no menos importante beaterío. Y es que en Tieta de Agreste los varones ejercitan con las suripantas aquello que no pueden llevar a cabo con sus esposas, el «ipicilone», por ejemplo, que en nuestro lenguaje vendría siendo el sesenta y nueve. El doble «ipicilone», claro, es el encaje de bolillos en esta novela táctil, donde los personajes se acarician, se soban y magrean con la sutileza reservada a los pueblos exuberantes. Al final de la historia resulta que las castas esposas del nordeste de Brasil sí saben más de lo que sus maridos suponían. Y ante la revolución de costumbres impuesta por Tieta surge como contrapunto la historia de la industria contaminante, de dióxido de titanio, que iba a alterar tanta «joie de vivre» como el libro de Amado trasluce. Al final la industria se irá a otra parte quedando Tieta incorporada al callejero local. Un final feliz para una fábula de altísimo voltaje. En la que Jorge Amado, como Cervantes en el Quijote, no deja de inmiscuirse con apreciaciones irónicas. No contento con ello y abundando en su intención paródica, Jorge Amado introduce las secuencias de cada uno de los cinco episodios, más epílogo, de que consta el libro con los consabidos y antañones donde, a propósito de, del,capítulo en el cual... y así sucesivamente, dotando a su intención de un cariz arcaico. Queda en fin la carga de profundidad que Amado lanza como regalo envenenado contra los críticos, representados en Fulvio d'Alambert, que presumiblemente habrían de ensañarse con el disfraz de folletín o culebrón con que presenta Jorge Amado su fábula. También Cervantes había ajustado cuentas con sus fulvios particulares. Nada nuevo, pues, aquí sino el chorro de gracia y exquisitez que Jorge Amado aporta a la novela popular. Y eso es mucho.

01/03/1997

 
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