ARTÍCULO

Marina mediterránea

Alianza, Madrid, 288 págs.
 

Un jurado compuesto por Nadia Consolani, Jesús Fernández Palacios, Alfredo Taján, Mariano Antolín Rato y Valeria Ciompi, han decidido otorgar el IV Premio de Novela Fernando Quiñones a Como bestia que duerme, título acaso no del todo afortunado para la primera novela de Camilo José Cela Conde, un relato evocador del final de la infancia de un niño que, en el verano de 1944, asiste a una serie de sucesos marítimos y familiares que lo convierten en el adulto que es ahora y que recuerda, a su regreso a la isla (Mallorca), las claves que originaron la siniestra pesadilla en que se vio envuelto.

La primera falla de esta novela (ambiciosa en sus fines, interesante en el planteamiento y malograda en la disposición de los elementos y en la resolución de la misma) se advierte en el deficiente uso del punto de vista: las dos voces y visiones del narrador, el niño y el adulto que evoca, se funden sin solución de continuidad (salvo en el tú en que se desdobla en ocasiones y que nos avisa de que ahora nos encontramos en el momento presente) a la hora de narrar el pasado, los hechos acaecidos aquel infausto verano, con lo que la mirada del niño, cuando conviene, aparece como absolutamente ignorante: no sabe quién o qué es San Telmo, hace una lectura plenamente infantil de la religión o de la guerra civil, pero, de repente, se convierte en un experto marinero y explica con pelos y señales todos los pormenores de los vientos isleños, las artes de marear o los distintos peces que pululan por sus aguas. Esta falta de distancia, que ese tú incoado a veces habría solventado de manera eficaz, genera de inmediato en el lector una profunda sensación de inverosimilitud y de perplejidad ante el tremendo contraste con que se resuelven unas escenas, las políticas y familiares –recreadas desde esa mirada niña, que no inocente–, frente a las marítimas, construidas desde una profesional solvencia y conocimiento del medio. Sólo un ejemplo: un muchacho a quien tienen que explicar lo que es la vulva, unos párrafos después habla tranquilamente del escroto.

Esa debilidad narrativa y estructural cristaliza en el capítulo XV (cuando los primos «descubren» el secreto de la familia al leer los expedientes) que, debiendo ser el quicio de la novela, se convierte en una pieza especialmente feble e irritante para un lector hasta entonces, quizá, aún esperanzado de que la frágil navecilla literaria que tenía entre manos «enderezara» su rumbo.

Por si fuera poco, la novela está adobada de «ocurrencias no significativas», es decir, elementos no estructurales o deus ex machina (la misma aparición de los legajos, así, una noche, porque sí; la cámara de fotos; el súbito odio hacia Santos, poco creíble desde la presunta defensa o miedo ante el padre; su esbozada homosexualidad, gratuita para la novela, que sólo genera el «chiste» –inverosímil– de que esta vez dibuje a Sion vestido; el tridente; hasta la tormenta final) que aparecen sólo porque en ese momento son necesarios para seguir hilvanando la historia.

El motivo de la isla con forma de dragón o serpiente tampoco trasciende a la categoría de símbolo (aunque, eso sí, se nota que el autor lo pretendía: ya desde el título) y los relatos marineros –piezas autónomas y con alguna intensidad literaria– se convierten, así, en lo mejor de esta fallida novela, cuyo marco de posguerra con gerifaltes falangistas apurando la limpieza política no llega en ningún momento a adquirir consistencia ni a suscitar, por tanto, un verdadero interés.

Hay que decir que tampoco ayuda mucho el estilo (plano, tosco a veces, desganado), entreverado de expresiones muertas, arrastradas por el mero flujo de la escritura como «se trataba en realidad de una verdadera miniatura o de un barco fantasma, el del holandés errante tal vez» (cursiva mía), o aparentes frases rotundas y supuestamente profundas que en ocasiones sirven de inicio o cierre de capítulo, como «un verano da para hacer muchas cosas», «el ruido necesita de alguien que lo oiga», «los monstruos son eternos como el miedo de los niños de muchos o pocos años» o «en una escalera lo único que cuenta es el último peldaño».

Debilidades menores (una casa sin luz eléctrica pero con cuarto de baño, la criada Antonia que dice «como muy», la frágil y desmañada construcción de los personajes, sobre todo el de la madre) y fallos estructurales graves, como la falta de sentido de la composición, que genera una obvia desproporción entre las escenas marinas y el resto, acaban por desalentar al lector, fiado acaso de la solvencia de un premio, un nombre y una editorial.

Sólo amantes de la mar mediterránea, gente de vela y caña, enamorados de la maravillosa isla de Mallorca, o deseosos de conocer palabras relacionadas con esos campos léxicos, podrán disfrutar y aprovechar de un texto poco atractivo en la resolución de sus muy ambiciosas pretensiones: retratar (de nuevo) el mundo fosco e impío de la primera posguerra visto desde la cercanía del poder, aludir a las formas amorosas, las costumbres religiosas, sexuales y paterno-filiales de los vencedores de la «Cruzada», reflexionar sobre el cainismo que generó la guerra en muchas relaciones familiares (ese hermano traidor, en este caso con veleidades anarquistas, denunciado por los comunistas, estaba ya en Raza, de Jaime de Andrade, pseudónimo de Franco), y, sobre todo, el leitmotiv vertebrador de la obra no está bien resuelto: ese silencio culpable generador de una sombra personal y colectiva (en sentido jungiano), latente como monstruo dormido, que en la primera ocasión volverá a dar su dentellada (al padre y al hijo); como tampoco acaba de cuajar el intento de fusión de los afanes marinos de Sion y su hermano con los de Arturo y su admirado primo en lucha y revelación contra su propio «monstruo».

Una pena: el tema, la época, el escenario, están magníficamente elegidos. Falta, a mi parecer, profundidad, algo más de cuidado y un cierto oficio.

01/05/2003

 
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