ARTÍCULO

Crónicas del periodista medroso

Planeta de Agostini, Barcelona, 229 págs.
Trad. de Roberto Rodríguez Milán
 

El cómic (o tebeo, o historieta, tanto da) tiene una sólida reputación de entretenimiento pueril. Tal fama responde a la realidad estadística de casi todo lo que se produce en el medio, pero otro tanto se puede decir del cine o la novela, que no merecen ese desprecio generalizado. De vez en cuando, no obstante, alguna obra desconcierta tan pobres expectativas y muestra que el cómic tiene posibilidades expresivas en nada inferiores a las de otras artes. Joe Sacco las ha explorado a su peculiar modo en estas dos obras, editadas en castellano con inusitada presteza.

La última traducida, Palestina, fue la primera que publicó, y marca la pauta de un método narrativo adaptado a su oficio de periodista: Sacco cuenta lo que vio y lo que le contaron durante una visita a los territorios ocupados en el invierno de 1991-1992. Compone así una crónica en nueve capítulos (las nueve entregas de la edición original), que integran apuntes narrativos o descriptivos breves. Algunos forman series dedicadas al mismo asunto o anécdota, pero el conjunto parece un cúmulo abrumador de relatos que el cronista escucha interminablemente de los palestinos. Con sarcasmo feroz, Sacco resume su estancia en Gaza como un rosario de reuniones en estancias miserables con refugiados que toman té y cuentan sus tragedias (pág. 152). La pesadilla lo es doblemente por repetitiva, monótona.

La estructura narrativa de la obra está, sin embargo, más meditada de lo que parece y la articula el punto de vista de su narrador. Éste se caricaturiza como un personaje quejoso, friolero y miedica, un periodista nada ejemplar y mucho menos heroico, que prefiere leer en la cama un ensayo de Edward Said a patear el barrizal de los campos de refugiados. Él va allá a lo que va, a obtener material para su relato. Sabe que «un cómic precisa de unos cuantos tiros» (pág. 118), pero en cuanto empiezan los disturbios diarios de la intifada, procura escabullirse. Ese carácter de antihéroe establece su credibilidad: si confiesa sin tapujos sus propias limitaciones, será también fiable cuando cuenta lo que ve. Por otro lado, en el primer capítulo hace acopio de prejuicios desfavorables a los palestinos: recuerda al inválido judío asesinado en el Achille Lauro, entabla amistad con jóvenes israelíes y hasta pondera la belleza de las soldados con sus jerséis verde aceituna, antes de contar cómo unos rapaces palestinos prácticamente lo atracan. Así, de inicio, resume muchos de los prejuicios que sin duda lastran la opinión de un lector norteamericano acerca de los protagonistas del conflicto. Precisamente por eso, su relato resulta luego en verdad contundente.

Gorazde: zona protegida es también un extenso reportaje, fruto de cuatro visitas a la ciudad en 1995 y 1996, cuando las fuerzas de la ONU forzaron el libre acceso de suministros y periodistas al enclave. Pero el subtítulo, La guerra en Bosnia oriental 1992-1995, ya señala que narra acontecimientos que se desarrollaron a lo largo de esos años y no sólo en Gorazde. Su estructura es mucho más visible que la de Palestina y la perspectiva del cronista la ordena de nuevo: lo vemos llegar a la ciudad, hacer amistad con algunos de sus habitantes, compartir sus días y charlar con ellos acerca de la guerra y de sus experiencias. Un artificio gráfico distingue claramente los capítulos en los que Sacco está presente, aunque apenas asome en alguna de las viñetas, y aquellos que narran episodios y experiencias de los que sabe sólo por testimonios ajenos: en los primeros, el fondo de página sobre el que se sitúan las viñetas es blanco; en los segundos, negro.

Los capítulos impresos sobre fondo negro, ocho de los treinta y seis que integran la obra, son, por consiguiente, los que extienden el relato a fechas y lugares que Sacco no conoció: hablan de los comienzos de la guerra, de la ofensiva del 94, de las hambrunas o de lo sucedido en Srebrenica. Son los capítulos más «históricos», que establecen el contexto general, aunque están narrados por gentes que vivieron esas historias. También son los más brutales, por lo que el fondo negro no es un artificio gráfico inane. Frente a ellos, los que cuentan el deambular de Sacco por Gorazde, que dominan un primer tercio de la obra, hasta el titulado «El primer ataque» (págs. 78-93), parecen anodinos. Pero es que su crónica no quiere ser lección de historia, sino relato de las vidas corrientes de europeos del montón, sacudidas por la sinrazón y la brutalidad de la guerra, retrato de jóvenes a los que gusta el rock, los tejanos Levi's y reunirse para beber y charlar, forzados a pelear para sobrevivir.

En ambas obras el oficio del narrador determina su modo de contar. Gorazde toma obviamente algunos recursos del periodismo: la presentación gráfica de los testimonios imita la de los informativos televisivos (un busto que habla con su nombre sobrepuesto) y la obra incluye hasta una breve encuesta: «¿Puede usted convivir con los serbios de nuevo?» (págs. 160-161). Pero también es de periodista la selección de detalles significativos, que tornan vívida y perceptible la información: una humareda lejana que indica a tal personaje que su caserío está ardiendo, el uniforme enemigo que viste el vecino, un zapatito de niño ensangrentado tras la matanza. En Palestina, una anécdota final resume con acierto la tragedia actual y su futuro: («Un niño bajo la lluvia», págs. 279-285): en una calleja de Jerusalén, una noche de lluvia, los soldados se cruzan con un chaval palestino y le obligan a soportar el aguacero mientras lo interrogan, fumándose un pitillo al resguardo de aleros y toldos. La cuestión, escribe Sacco, no es qué le pasa a quien ejerce un poder sin control, en qué se convierten esos soldados, sino qué le pasa a quien no tiene ningún poder en absoluto, en qué se convierte ese crío asustado, empapado, aterido. La última página del libro da la respuesta: el autobús en que el cronista parte de Israel se pierde en el camino y ha de dar marcha atrás porque carretera adelante los rapaces palestinos acopian proyectiles para apedrearlo.

Y en ambas obras, con conciencia y humildad que operan como un eficaz recurso narrativo, Sacco somete ese su oficio a la crítica de sus informantes: para qué les sirve a ellos contarle todo eso, le preguntan los palestinos (págs. 161-162), y sus amigos en Gorazde le reprochan que haga siempre las preguntas que más duelen para obtener su material (pág. 208). El periodista humano hasta la torpeza, que no es modelo de nada para nadie, nos representa bien; podemos sentirnos identificados con su mirada y aceptar su experiencia como si fuera propia.

El dibujo de Sacco no es brillante, pero sí eficaz, lo mismo para traducir gráficamente la información que para destacar los valores que defiende. Planifica la página con inteligencia, convirtiéndola en elemento gráfico significativo (es ejemplar al respecto el relato de un encarcelamiento en Palestina, págs. 102-113, con un auténtico enrejado de viñetas progresivamente opresivo); distribuye un texto obligadamente abundante en anotaciones dispuestas de modo tal que orientan la lectura y la percepción visual de las imágenes; acumula información con un detallismo fotográfico, pero que nunca resulta abigarrado, y lleva su simpatía humana hasta el extremo de individualizar con minucia docenas de rostros en las escenas multitudinarias. Tampoco desaprovecha, en fin, los recursos gráficos más característicos del medio: la caricatura hace visible su propio talante de antihéroe; los fuertes contrastes de luces y sombras, los dramas de la ocupación y de la guerra; el encadenado de viñetas de planos sostenidos o cambiantes, los ritmos diversos de cada momento. Su talento gráfico está a la altura de su habilidad narrativa y la lectura de sus obras constituye una experiencia infrecuente, que conmueve y obliga a la reflexión al mismo tiempo.

01/02/2003

 
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