ARTÍCULO

Cleopatra en el País de las Maravillas

(Las letras de Drakontos, directores Josep Fontana y Gonzalo Pontón) Traducción castellana de Antonio Desmonts Crítica, Barcelona, 1996 Premio Nadal Destino, Barcelona, 1997
 

La primera sorpresa que depara este libro es que el título no es indicio del contenido. El prólogo se abre con la cita completa: «La nariz de Cleopatra, de haber sido más corta –especulaba Pascal–, habría cambiado toda la faz de la tierra». El lector espera ensayos sobre hipótesis contrafactuales (o condicionales contrafácticos, si se prefiere), mas no es esto lo que se le ofrece. Se puede leer en la solapa que Daniel J. Boorstin es historiador, pero tampoco el dato es indiciario; un ensayista de formación menos específica podía haber firmado estos trabajos sin que nadie se extrañase mucho, y además el libro, no dirigido a especialistas, prescinde del aparato crítico que es, por lo común, farragosa utilidad y patente muestra del oficio. ¿Qué nos regala entonces el autor, haciéndonos gracia de su profesión académica? Pues una pequeña colección de reflexiones de interés misceláneo, de las cuales son franca minoría las que abordan «lo inesperado».

Hagamos caso omiso de la división del índice en seis partes y ordenemos en dos grupos el conjunto de ensayos, pues dos son las preocupaciones básicas a las que todos ellos responden. La primera es el papel presente y la perspectiva futura de la tecnología, del mundo de las máquinas, del «cuarto reino» que el hombre ha añadido a los tres de la creación. Son ensayos que engarzan con la obra anterior del autor, y en ellos se encuentran, sobre todo en los cuatro ensayos que integran la parte quinta bajo el título genérico de El cuarto reino, los mejores frutos de su ingenio. En ellos, y también en los tres que abren el libro agrupados bajo el epígrafe Los campos de los descubrimientos, se muestra Boorstin cauto sobre el desarrollo futuro, imprevisible, de la tecnología –aquí, en este contexto temáticamente estrecho, es donde tiene algún sentido «lo inesperado» del título–, pero la cautela, prudente, no es más que el componente mínimo de sensatez en el que reposa el optimismo infatigable del autor. Es un optimismo conformado por su personalísima visión, simplificada y progresiva, de la historia de la ciencia y de los descubrimientos, visión del todo impermeable a concepciones distintas (en el sentido y en el rigor) a la propia, estruendosamente ausentes de las páginas de Boorstin. En estos ensayos, en definitiva, se nos presenta el esfuerzo colectivo de científicos, descubridores e inventores, puestos a la ilusionada tarea del conocimiento objetivo del mundo real y de su mejora, en un discurso en el que «progreso», «desarrollo», «avances» y «ventajas» son términos utilizados con profusión y que prescinde de la complejidad que podría suponer la posible existencia de barreras de cualquier tipo –sociales o culturales, por supuesto, pero también todas las demás adherencias, dificilísimamente manejables, que arrastra siempre consigo la idea misma de observación– en esa edificante marcha hacia un futuro mejor.

Un futuro mejor que ya en parte existe, aunque sólo en los Estados Unidos. En efecto, éste es el motivo principal del otro gran conjunto de ensayos incluidos en este libro y que ocupa más de la mitad de sus páginas. El optimismo histórico del autor no se para en la historia de los descubrimientos, sino que afecta también a la más global historia de la cultura y a la más específica historia política. La alfabetización y la democracia son aquí los logros, y su mejor encarnación es la norteamericana. La más sabrosa ración de american dream se encuentra en la tercera parte, bajo el título genérico de Las oportunidades del Nuevo Mundo. Se abre con un ensayo sobre «La imprenta y la Constitución», epígrafe que parece anunciar un estudio de problemas pero que encabeza una apología del invento de Gutenberg y de su uso en el proceso de génesis de la primera constitución de Occidente, con consideraciones, aquí sí, de contraste: la Magna Carta, manuscrita y redactada en una «lengua extranjera», no pudo apenas «debatirse» en su momento en Inglaterra. También hay contraste en el ensayo sobre «Las funciones de la casa del Presidente»: la cortés, accesible y representativa Casa Blanca no tiene nada que ver, según nos explica Boorstin, con otras residencias históricas de «jefes de estado», como la Alhambra de Boabdil, amurallado recinto que protege al tirano y oculta sus crímenes; el autor prevé, por supuesto, que la comparación le corte la respiración a más de uno («habrá quien se sienta afrentado por esta comparación entre las obras de un monarca absoluto árabe y las de nuestro presidente, elegido por votación popular y sometido a limitaciones constitucionales»), pero la mantiene por ilustrativa. El tercer ensayo, sobre «La construcción del Capitolio» se abre con estas frases: «Tenemos la fortuna de poseer una elegante metáfora arquitectónica de nuestros sueños y esperanzas políticos: nuestro Capitolio nacional. Los británicos, con quienes compartimos las tradiciones del gobierno representativo, no han sido ni mucho menos tan afortunados»; lo que sigue es la narración de lo que el título indica, y no un ensayo sobre la simbología política de la arquitectura, como se podría esperar del prometedor y antibritánico –pero no se crea que éste es motivo frecuente en las páginas de Boorstin– comienzo.

¿A qué seguir? Hay un ensayo sobre Washington digno de las páginas del Reader Digest, otro que rasca apenas la superficie de «La América de Tocqueville» y que se contrapone al que le sigue, titulado «La Rusia de Custine», y que aconseja tolerancia y paciencia con los esfuerzos de un pueblo ruso siempre esclavizado que no puede todavía adaptarse bien a la vida en libertad; si con ellos hay que tener cierta cautela no es por el hecho de que últimamente hayan sido comunistas, sino porque siempre han sido rusos.

Podrá argüirse que el tono y el sentido del libro están determinados por sus destinatarios naturales, y se adaptan al público en el que Boorstin pensó. Son, todos, textos que proceden de conferencias de inauguración o de conmemoración, o de escritos de circunstancias (el catálogo de una exposición, el número de aniversario de un periódico...). Sepa el posible lector que la adecuación es extrema, y que la lectura se hará tan fácil, tan amena y tan liviana que tenderá, como toda propaganda, a adormecer su sentido crítico.

Y una consideración final; si estos ensayos no son sobre lo inesperado, ni tampoco sobre lo que podría haber ocurrido y no ocurrió, ¿a qué razón responde el título del libro? Tengo esta pregunta por un enigma indescifrable, y si de enigmas se trata, y también de narices egipcias, mejor título daría la truncada de la esfinge que la legendaria de Cleopatra. Creo que dos son suficientes, pero es al lector a quien corresponde decidir si meter o no las suyas entre las páginas de Daniel J. Boorstin, tan ligeras, tan domésticas, tan prescindibles.

01/03/1997

 
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