ARTÍCULO

Para conocer el Medievo

Akal, Madrid, 326 págs.
Ed. de F. Pejenaute Rubio
Akal, Madrid, 187 págs.
Edición de José Palacios Royán
 

La colección de «Clásicos latinos medievales», editada por Akal, ha publicado ya ocho textos, traducidos todos ellos por primera vez del latín al castellano, de muy notable interés. En algunos casos se trata de textos de gran interés literario, como las Fábulas latinasmedievales, editadas por Eustaquio Sánchez Salor, la Historia de la destrucciónde Troya de Guido delle Colonne (la versión poética latina del famoso Roman de Troie), fielmente romanceada por Manuel A. Marcos Casquero, o esta excelente versión de la Alexandreis de Gautier de Chatillon, de Francisco Pejenaute Rubio. En otros, de textos muy interesantes para la historia de España, como la Historia Compostelana, cuidada por Emma Falque, la Crónicalatina de los reyes de Castilla, editada por Luis Charlo Brea, o este Apologético del mozárabe Abad Sansón. En conjunto, se trata de una serie muy interesante y muy meritoria, que nos trae en libros muy asequibles y de plena solvencia filológica, con sus prólogos y notas, textos que, al estar escritos en latín medieval, quedan a veces relegados, muy injustamente, por los estudiosos del Medievo y de la literatura en general. La serie, en la que han colaborado conocidos latinistas e historiadores, contribuye a un conocimiento más cabal del Medievo, y de la literatura medieval, tan atractiva en múltiples aspectos.

La Alejandreida fue compuesta en el último cuarto del siglo XII por un gran intelectual y poeta, Gautier de Chatillon, un monje de noble cuna y de espléndida formación intelectual, un buen conocedor del mundo clásico y, por otra parte, un intelectual formado en las mejores escuelas de la clerecía dentro de ese «Renacimiento del siglo XII » que tiene su epicentro en la Francia septentrional. Gautier, de muy noble familia, había nacido hacia 1135, es decir, en los años en que se compone en Francia el primer Roman d'Alexandre, y concluyó su gran poema –en diez libros y 5.046 hexámetros–, cuando aparecían las últimas versiones francesas del mismo tema, es decir, el Romand'Alexandre de Lambert le Tort y Alexandre de Bernay. Por entonces Joseph Iscanus compone también en verso su poema De bello troiano, versificando las prosas del «Frigio Dares» con más afán didáctico que talento poético. Son, por otra parte, los años en que ya se han compuesto, en francés, los primeros romans, los de la «tríada clásica»: el de Troya, el Eneas y el de Tebas, y algunas novelas de Chrétien de Troyes.

Alejandro Magno seguía siendo el héroe más famoso de la Antigüedad, el ejemplo más perfecto del monarca universal, del héroe conquistador y magnífico, a la par que de trágico destino, muerto en plena gloria y juventud (sobre esa fama medieval sigue siendo clásico el estudio de J. Cary, The Medieval Alexander, de 1956). Al tratar de recrear su gesta con renovado ímpetu épico, Gautier se inspira fundamentalmente en el texto del latino Quinto Curcio, pero lo hace con una notable soltura y con una libertad expresiva muy personal. Con una vibrante retórica de cuño muy medieval, abundante en frases altisonantes y en conceptos abstractos, con una nueva fantasmagoría, y con una indudable calidad poética. Se ha escrito que la Alexandreis es el mejor poema épico de toda la Edad Media, y fue, sin duda, uno de los más influyentes y admirados (tan sólo su contemporáneo Alain de Lille era un rival a su altura, como poeta de claro verbo latino y alta cultura). Entre sus ecos cercanos está nuestro Libro d'Alexandre, compuesto a comienzos del siglo XIII, es decir, unos veintipocos años después. El libro que inspiró al poeta castellano, un clérigo de saber admirable y un poeta de muy notable valor, aunque se movía en un medio mucho menos culto y refinado que el gran poeta francés, era esta Alejandreida que ahora tenemos fielmente vertida al castellano.

Este es otro motivo de interés añadido. Podemos contrastar ambos estilos y observar cómo el clérigo de la vieja Castilla, componiendo en su cuaderna vía con un léxico riquísimo, sabe refrescar la materia con glosas, añadidos y reinterpretaciones. Por ejemplo, uno de los pasajes más sorprendentes de la Alejandreida es la bajada a los infiernos de la Naturaleza, dispuesta a solicitar la ayuda de Satán para castigar la audacia del rey Alejandro con la muerte. He comentado en alguna ocasión cómo el poeta castellano modifica ese motivo, que toma sin duda de Gautier, haciendo intervenir al mismo Dios, ofendido por la bajada del monarca macedonio al fondo del mar como espía del mundo de los peces. Puede contrastarse la visión del Infierno que tenemos aquí y la de nuestro Libro d'Alexandre. Y puede observarse cómo el tono épico de Gautier de Chatillon mantiene su elevación estilística, con sus ribetes constantes de erudición clásica, mientras el poeta castellano tiende a introducir lo cotidiano y coloquial, en su imagen caballeresca de Alejandro.

Francisco Pejenaute no sólo ha procurado una traducción muy fiel, sino que la anotado con mucha erudición y precisión y le ha antepuesto un excelente prólogo y buenas notas bibliográficas. Este es, por lo tanto, un volumen que todos los estudiosos de la literatura medieval y la tradición clásica en el Medievo, y los comparatistas, deben tener muy en cuenta.

El Apologético del Abad Sansón es un texto muy distinto. No es de tan alto valor literario, pero, en cambio, es un raro documento muy singular y significativo de una época oscura de la Hispania cristiana. En la Córdoba del siglo IX, el Abad Sansón se vio obligado a escribir una apología de su ortodoxia, acusado por el obispo de Málaga Hostegesis, un obispo, al parecer, simoníaco y siniestro. Hace la defensa de su fe, exponiendo sus argumentos teológicos y a la vez nos pinta la apurada situación de los mozárabes cordobeses. Esa mezcla de afirmaciones teologales y de noticias históricas y sociales da mayor interés a este texto singular. El libro está prologado por Juan Gil y Gonzalo del Cerro, excelentes conocedores de la época y su contexto histórico y religioso. En cuanto a la traducción, sobre un texto notoriamente difícil, tanto por el estilo de su prosa como por sus referencias bíblicas, José Palacios Royán la ha llevado a cabo con una fidelidad ejemplar y una claridad digna de todo encomio.

01/06/2000

 
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