ARTÍCULO

La energía silenciosa

Siruela, Madrid
Trad. de Elena Losada
136 pp. 16 &euro
Siruela, Madrid
Trad. de Elena Losada
228 pp. 19,90
 

Clarice vino de un misterio y partió para otro. Nos quedamos sin saber la esencia del misterio», escribió el poeta Carlos Drummond de Andrade en 1977, año de la muerte de Clarice Lispector, dando testimonio de uno de los rasgos más sig­nificativos de su personalidad. ¿Es el misterio lo que atrae en esta escritora brasileña de origen ucraniano? Su mirada rasgada, de felino, cautivó a muchos intelectuales de Río de Janeiro desde 1943, el año en que se editó su primer libro, Cerca del corazón salvaje, cuyo título era una cita de Joyce. Clarice publicaría en las siguientes décadas nueve novelas, cerca de setenta relatos y más de medio millar de crónicas en las que desarrollaría su peculiar forma de entender la literatura como una manera de desvelar la incógnita de la vida y de construir su propia personalidad como un personaje de ficción. En este sentido, es ilustrativo el hecho de que, ingresada en el hospital muy enferma del cáncer que acabaría con su vida, la escritora intentara salir de la habitación y, cuando la enfermera la conminó a que volviese a su cama, le respondiera furiosa: «¡Usted ha matado a mi personaje!». La anécdota es significativa porque Clarice se refería tanto a sí misma como a todas las protagonistas de sus obras. Desde Joana, de Cerca del corazón salvaje, hasta Ángela, de Un soplo de vida, su novela póstuma, todas las heroínas de sus ficciones son retratos suyos, imágenes multiplicadas en el espejo del tiempo para dar una idea, no tanto de la continuidad de un ser humano, sino de su fragmentación. Macabea, en La hora de la estrella, llegaba a Río de Janeiro desde el nordeste miserable, concretamente de Recife, ciudad en la que la escritora pasó su infancia y desde la que se trasladó a la capital carioca para iniciar su carrera literaria. Lo mismo ocurre con la escultora que se oculta tras las siglas de G. H., en La pasión según G. H., o con la pintora anónima de Agua viva: ambas reflejan a su autora, que durante algunos años se dedicó a plasmar sus visiones en lienzos de un informalismo expresionista, que acabaría por describir también con palabras. Clarice no fue creadora de personajes ni de tramas narrativas, se limitaba a contar su propia realidad: la oscura magia del vivir cotidiano y el profundo misterio de la existencia.
Teresa Montero, su última biógrafa, explica que cuando la familia Lispector salió de Rusia, huyendo de los pogromos contra los judíos, hacia la tierra americana, la niña que nació en la primera etapa del viaje, la futura Clarice, recibió el nombre de Haia (Vida), es decir, aquello a lo que aspiraban los padres y las dos hermanas de la futura escritora. Ese nombre secreto, que nunca mencionó a lo largo de su trayectoria como escritora y como persona, fue una obsesión en toda su producción literaria.
En todo caso, son varios los temas que podrían explicar el interés de tantos lectores por la escritura clariceana: su esfuerzo por desvelar el secreto de la vida, su forma de asumir su propia feminidad y de mostrar la situación de la mujer en el Brasil del si­glo XX, y también el hecho de servirse de la expresión literaria para explorar lo que ella denominaba «campo de silencios y silencios». Cualquiera de estas tres aproximaciones ha sido abundantemente analizada por una crítica que continúa indagando en aspectos cada vez más insólitos de su vida y de su obra. Los textos de Clarice Lispector se leen como el testimonio de una mujer frente a la cruda realidad de nuestro tiempo y como el empeño de alguien que intentase detectar presencias más allá de lo racionalmente comprensible. Ese querer conocer «con la punta de los dedos», según una expresión de la propia escritora, la delata como una creadora arriesgada para quien la literatura era un compromiso vital. «Quiero escribir lo que está detrás del pensamiento», solía recordar a los sorprendidos críticos brasileños, que buscaban semejanzas entre sus libros y los de Virginia Woolf, Katherine Mansfield o James Joyce. Ignoraban entonces que Clarice bebía en una tradición muy antigua, en el Talmud y en la cábala hasídica, en los misteriosos orígenes, donde entre tinieblas y silencios se originó la vida, algo que para ella era también un nombre, el suyo propio y quizás más auténtico, Haia, que mantuvo en el más celoso de los secretos. Estos datos no permiten desvelar su misterio, pero sí aproximarse a él de una manera más rigurosa y certera. Sin embargo, su condición de judía –se hizo enterrar en el cementerio hebreo de Río de Janeiro– no fue asumida sin rebeldía. Clarice era una mujer de su tiempo: quería te­ner hijos –tuvo dos que, curiosamente, recibirían los nombres cristianí­simos de Pedro y Paulo– y ser dueña de su vida. En sus relatos aparece siempre una protagonista femenina envuelta en problemas domésticos a quien la realidad sorprende con su terrible misterio, con un arcano mensaje que no puede ni debe dejarse de percibir. Y este es el asunto de muchos de sus cuentos y relatos breves, en los que Clarice Lispector fue una maestra indiscutible como heredera de la tradición hasídica, que tanta importancia ha tenido en el desarrollo del relato breve centroeuropeo. El mensaje divino, según esa escuela cabalística, está escondido en el interior del hombre y se manifiesta en los pequeños acontecimientos diarios. Por ello, la generalidad de las historias breves, que la escritora brasileña agrupó en diferentes volúmenes, tratan de distintas epifanías cotidianas, donde la verdad sólo se vuelve comprensible gracias a la interpretación de unos hechos que para la mayoría de las personas pasan inadvertidos. Sólo una inteligencia atenta y dispuesta a sorprenderse con lo más nimio, imbuida de una sabia ignorancia, sería capaz de descubrir en lo aparentemente banal la huella de una realidad más profunda y trascendente.
Aunque su obra, como queda indicado, sea una continua variación sobre el misterio de la vida, suele dividirse en dos etapas. En la primera, la escritora no acabaría por sentirse segura en su trabajo, necesitaría la opinión de los escritores profesionales e intentaría realizar unas novelas bien construidas. Ésta se extendería desde 1943 hasta 1960, año en que se publicó la colección de cuentos Lazos de familia. En esta primera fase de casi dos décadas, Clarice estuvo casada con un diplomático brasileño y viajó por Europa y Estados Unidos acompañando a su marido. La segunda etapa se iniciaría con La pasión según G. H., publicada en 1964, y se prolongaría hasta su muerte en 1977. En este período, la escritora vivió sola o en compañía de sus hijos en su apartamento del barrio de Leme, en Río de Janeiro, y desarrolló su peculiar técnica literaria, que consistía en no planificar de forma alguna el contenido de sus novelas y cuentos. Éstos nacían de una suma de fragmentos que se entrelazaban hasta consolidarse en una historia. Las ideas podían surgir en cualquier momento: de madrugada –Clarice padeció de pertinaces insomnios–, andando por la calle, tomando un café o en un taxi. La escritora las recogía en el primer papel que encontraba a mano, y añadiendo una idea a otra construía la anécdota primero y, luego, el personaje que habría de amalgamar la futura historia. En este sentido, es oportuno recordar que la novela La pasión según G. H., una de las obras más sorprendentes y enigmáticas de Clarice, tuvo su origen en sus conversaciones con la poeta Marly de Oliveira, que la escritora fue recogiendo hasta darle forma de monólogo o de diálogo sin interlocutor. Agua viva es una suma de ideas agrupadas alrededor de un personaje que no menciona su nombre y que anota en su libro sus impresiones, ­ideas y sentimientos. La hora de la estrella, como ya he indicado, denuncia la situación de aquella nordestina miserable que llegó a una gran ciudad sin más recursos que su voluntad de sobrevivir. Un soplo de vida es el resultado de distintos fragmentos recogidos y organizados por su secretaria y compañera, Olga Borelli, dándose la coincidencia de que su protagonista, Ángela, lo es también del cuento «La salida del tren», recogido en su libro ¿Donde estuviste de noche?
No había, por tanto, planificación al escribir, al iniciar una novela o un cuento. Éstos eran fruto de su inspiración, brotaban como flores silvestres, y la escritora recordaría en alguna ocasión sus respectivos orígenes como una madre puede hacerlo con el embarazo y nacimiento de sus hijos. Sin embargo, que no existiese un esquema previo para la realización de sus libros no significa que su compromiso con la literatura no fuese riguroso, ya que gracias a sus textos Clarice se aproximaba al enigma, a los campos de silencio o a la entrelínea, como recordaría en una de sus crónicas: ese lugar que, como el dios de la creación, sólo se muestra en lo creado y nunca en sí mismo.
Es de agradecer que todas las novelas y cuentos de la escritora estén traducidos al español de la Península y que Siruela haya encontrado en la persona de Elena Losada a una fiel y concienzuda traductora. Recientemente esta editorial ha publicado dos libros de crónicas bajo los títulos de Para no olvidar y Aprendiendo a vivir. El primero compila pequeñas crónicas, aforismos y notas aparecidas en la revista Senhor, con la que la escritora colaboraró tras su separación matrimonial, y también lo que se reproducía en la segunda parte de su libro La legión extranjera con el nombre de Fondo de cajón:un conjunto de anotaciones e ideas que no habían conseguido formar parte de un cuento o de una novela. El título con el que finalmente se agruparon, Para no olvidar, es, por ello, pertinente. El otro volumen, Aprendiendo a vivir, es una selección de las crónicas publicadas en el periódico O Jornal do Brasil, con el que colaboró entre septiembre de 1967 y diciembre de 1973. Se trata de dos álbumes de textos dispersos, que irán reproduciéndose con modificaciones en sus otros libros o que proceden de aquéllos, debido a que su autora consideraba que no habían sido suficientemente difundidos, o por otro tipo de causas. De hecho, la disculpa de enviarlos a una publicación periódica era una buena excusa para trabajar nuevamente en ellos. En definitiva, el lector se encontrará en ambos libros con el laboratorio literario de una de las escritoras más sorprendentes, originales y auténticas del pasado siglo. En ellos hay un poco de todo: desde comentarios sobre cómo se elaboraron algunos de sus relatos a reflexiones sobre el acto de escribir, desde recuerdos de su infancia o de sus viajes a pequeñas anécdotas domésticas, desde esbozos de relatos a auténticas epifanías, que la escritora denominaba «estados de gracia». Concretamente, una de las entradas recogidas en Aprendiendo a vivir recibe ese título y habla de ello. Algunas de estas crónicas han sido ampliamente comentadas, como es el caso de «Domingo, antes de dormir», incluido en Para no olvidar, que mereció dos sesudos ensayos de Hélène Cixous. Otro, como «Tortura y gloria», de Aprendiendo a vivir, es una primera versión del cuento «Felicidad clandestina» del libro homónimo, y que también glosó la ensayista francesa en su peculiar lectura de Clarice Lispector. Asimismo, nos encontramos con textos de una fuerza poética incontestable, como en el denominado «Los espejos», del volumen Para no olvidar, cuya reflexión sobre estos siempre inquietantes objetos recuerda a la que Teresa de Jesús hace en su Libro de la vida. Otro memorable es el dedicado a la ciudad de Brasilia, inaugurada en 1960 y que Clarice visitó, según explica, dos años después. También cabe destacar «La pesca milagrosa», de Para no olvidar, donde se compara la escritura con este lance, la palabra con el cebo y la entrelínea como el espacio inconmensurable del que emerge la idea. En general, el conjunto de las crónicas seleccionadas en ambos libros, con sus ine­vi­ta­bles altibajos, sirve como una aproximación a la obra clariceana, además de presentar algunos de los misterios que tanto sorprendieron a sus contemporáneos y que recordaría Drummomd de Andrade en el momento de su muerte.
Clarice fue una mujer inmersa en una cotidianidad vivida intensamente, una mística que fue a la vez un ama de casa, y una escritora célebre que no soportaba la celebridad. Había tenido un origen muy humilde, algo de lo que se enorgullecía, y por ello reconocía la falsedad que comporta el reconocimiento social. Para Clarice sólo existió un compromiso: el adquirido con la vida y sus secretos. Esto determinó el asunto de sus libros, que se repite uno tras otro y que acabará por desembocar en lo incognoscible, en esa variación de silencios que podría caracterizar toda su producción literaria: una fuerza que proviene de lo desconocido y que se pierde en lo desconocido, pero que por un breve momento se detiene en lo vivo y se manifiesta a través de ello: la energía silenciosa. 

 

01/04/2008

 
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