ARTÍCULO

Clara es cura

Planeta, Barcelona, 576 págs.
Premio de Novela Fernando Lara
 

A partir de un determinado momento, mientras leía esta novela, me martilleaba en la memoria la frase con la que el cáustico e impagable Karl Kraus definió la obra de Von Hofmannstahl: «Poseía el arte de crear flores artificiales que se marchitaban naturalmente». Y es que se trata de una narración a la que se le nota, de manera muy clara, que ha sido escrita para ganar un concurso de campanillas..., por lo cual, sensu contrario, y noblesse oblige, habría que felicitar a su autor, quien parece ser, a juzgar por los resultados, alguien que sabe lo que hace. Aunque la flor se mustie en el florero, naturalmente, apenas pase la fiebre vendedora del ganado premio.

Otra frase que me regurgitaba en la memoria es aquélla encontrada en uno de esos libros donde pacientes maestros recogen los disparates y sinsentidos que sus alumnos les propinan como respuestas a lo largo de los años. Era un libro holandés, y esta era la perla: «La técnica pictórica de Rembrandt: Clara es cura». Clara y la penumbra, la novela de José Carlos Somoza que aquí intento (intento) reseñar, es una obra de imaginación agarrotada por el andamiaje técnico que pretende explicar el producto de esa misma imaginación. En otras palabras, la penumbra, el claroscuro rembrandtiano, como la Clara del desatino infantil, es cura. En salud. Editorial.

Y aún hubo una tercera frase que se resistía a abandonar la pantalla del recuerdo durante la lectura de esta novela. ¿La conocen, esta frase de Woody Allen?: «He aprendido un método de lectura rápida. He leído Guerra y paz en veinte minutos. Trata de Rusia». Con Clara y la penumbra, que cuenta con un número de páginas algo así como la tercera parte de Guerra y paz, casi podría parafrasearla: «He leído Clara y lapenumbra en diez minutos. Trata de pintura». Pero tan solo sería un bonmot, porque le he dedicado al libro las varias horas que necesita hasta su desolador final: uno es un jornalero de la crítica y sólo escribe acerca de aquello que ha leído hasta apurar las heces.

En una especie de confesión autobiográfica, Cómo me hice escritor (Babelia, 20 de octubre de 2001), el autor de esta novela escribió: «Yo me hice escritor cuando dejé de soñar. Yo me hice escritor dejando desoñar» (las cursivas son suyas). Sin ánimo de ofender, esta cuarta frase se contabilizó como un exceso de literatura, y en todo caso se me hace que su razón debe seguir soñando, y ya saben ustedes desde don Paco de Goya lo que engendra el sueño de la razón.

La trama de la novela se desarrolla entre el 21 de junio y el 15 de julio del año 2006 (esta última fecha será el cuarto centenario del nacimiento del pintor cuya técnica definimos ya como «Clara es cura»), y se cuenta más o menos pronto, y más o menos así: la tendencia de moda, y la dominante, en el mundo de la pintura, en esos ya no tan lejanos años, será el hiperdramatismo (HD), que consiste en plasmar los cuadros sobre seres humanos, cuyos cuerpos pasan a la categoría de lienzos y son tratados como tales. Y por supuesto, dentro de la tendencia, existen grandes maestros, y entre ellos el Gran Maestro, el genio del HD, el holandés Van Tysch. Pero, claro está, poderoso caballero es Mr. Money, con lo que queda dicho que el entramado comercial detrás del montaje salta a la vista. Lo cual no es óbice para que algunos, el Gran Maestro incluido, se tomen en serio la cuestión, y además no sólo se lo tomen en serio sino que estén dispuestos a hacer todo, literalmente todo lo que sea, para crear Las meninas, La rondanocturna o (permítanme la broma de homologarlas con un icono filatélico) el Guernica de la pintura HD. Lo que de ello resulta es la narración que se titula Clara y la penumbra. Y hago constar expresamente que nada de lo que les he resumido en estas líneas les va a privar, ni tanto así, a quienes la compren y la lean, del suspenso del que vive esta novela.

Donde lo primero que no funciona es la perspectiva cronológica. La acción transcurre en el siglo XXI, pero el autor aún no ha abandonado mentalmente el XX . Así, nos habla de alguien que «utilizó su fortuna para convertir el arte HD en el más importante de este siglo», ¡y resulta que sólo estamos en el año 2006!, cuando el siglo XXI todavía está mamando en las silicónicas tetas de la anterior centuria: ¿no es un poco aventurada la inversión, en especial por parte de un capitalista? Y lo segundo que no funciona, y les puedo señalar una página tras otra donde el tal desaguisado sucede (vide 66, 81, 108, 111, 114, 148, 157, 373, 381 e ainda mais), es que hay personajes que se dedican a explicarles a otros personajes una cantidad de cosas que estos últimos ya saben (¡ojo!: deberían saber), con lo que sólo queda viable la explicación de que el autor a quien quiere explicárselas es a los lectores, pero, ¡ay!, erró en el método.

Algunas frases de la novela nos remiten más al surrealismo que al HD: «Cuando penetró en el Túnel sus ojos se cerraron sin necesidad de párpados». Otras que convierten a Gastón Levin, «uno de los marchantes más importantes de Francia», tan solo dos páginas más tarde, en «un marchante de poca monta», y no importa aquí que ambas valoraciones provengan de distinta fuente, al menos en la carpintería narrativa. Pero también las hay ante las que me saco el sombrero (perdón: la txapela), como ésta: «La verdadera obra maestra de Van Tysch y Stein eran todos los europeos: "Somos sus mejores cuadros hiperdramáticos, ¿no lo comprendes? Ése es el secreto de su increíble éxito"». O esta otra: «Que en Babel se hable inglés, y adelante con la torre, dice el mundo». Sinceramente: ¡Bravo!

Clara y la penumbra se lee bien, se lee de corrido. Uno es perro viejo en lo de abandonar la lectura a la página 50 (excusez-moi, monsieurProust!) cuando el mamotreto comienza a pesarme en las manos..., excepto si debo reseñar el libro. No es el caso. Quien compre éste, guiado por el afán de distraerse unas buenas horas con la lectura, no habrá invertido en vano. Ahora bien, qué es lo que ello tenga que ver con la literatura, ah, eso es harina de otro costal.

En todo caso, resulta bien sintomático que un libro cuyo objeto principal es la pintura ostente como adorable portada una de las fotos más emblemáticas del gran Edward Weston.

Otrosí, que no se me quede en el tintero electrónico: ¡Felicidades a los diagramadores del volumen! Excepto una coma (216) y una «r» (405) prófugas, y una «n» delante de una «b» (408), el balance es apabullantemente pedagógico. ¡Chapeau! Hay gente que sigue amando nuestro idioma en los oficios más modestos del menester editorial.

01/01/2002

 
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