ARTÍCULO

Ciudadanos y rebeldes

Ariel, Barcelona, 1998
160 págs.
Paidós, Barcelona, 1998
264 págs.
 

La desaparición del enemigo comunista común a las democracias parece haber dejado al descubierto el pudridero de la historia. Como si de una liberación de las fuerzas del mal se tratara, raro ha sido el país de la OCDE que ha quedado libre de sospecha de estar corroído, si no literalmente devorado, por la corrupción y la inmoralidad. Los casos de Grecia, Italia, Francia y, desde luego, España han sido clamorosos. Pero los escándalos no han estado ausentes de la vida pública en Alemania, Gran Bretaña y hasta Suecia, país semimítico en el que la ingenuidad analítica creía haber encontrado la síntesis perfecta entre libertad, eficacia y moralidad.

Con el fin de la guerra fría se han venido abajo convicciones que se reputaban sólidas y de profundas raíces. La tradición de la integridad republicana no ha resistido el embate. Hemos descubierto que las democracias no tienen patente de superioridad moral sobre las tiranías y hasta que la idea de que éstas plantean como requisito la existencia de personas íntegras, racionales, críticas, ciudadanos/as con recias conciencias morales no pasa de ser eso: un desiderátum en el mejor de los casos y un embeleco en el peor.

También a la filosofía moral y política de la democracia parece haberle llegado su hora posmoderna. Mientras se pudo contraponer la existencia de los Estados democráticos de derecho, con sus muchos defectos, a las dictaduras comunistas, cupo relegar las ominosas advertencias de los críticos radicales (Habermas, Offe, Gough, Quesada, González, Thiebaut, etc.) al ámbito de las Casandras eternamente aplazadas. Pero ahora que las democracias no compiten, han de mirarse en el espejo del (¿fin?) de la historia y no tienen a mano remedios caseros como la «crisis de legitimidad» o el «capitalismo tardío», el asunto cambia y ha sido necesario salir de nuevo a la intemperie, en busca de una nueva fundamentación ético-política para unos sistemas que parecían descomponerse entre el abuso de poder, la corrupción generalizada, la apatía ciudadana y los crímenes de Estado.

Y como, al menos en nuestro ámbito, parece haber una resistencia numantina a dar al César lo que le pertenece y a Dios lo suyo, reconociendo una modesta teoría de la democracia procedimental o de pura regla del mercado, se ha intentado reformular la teoría de la democracia como un proyecto ético (María Pía Lara), se ha hecho especial hincapié en la «tercera generación de derechos» (Peces-Barba), se ha formulado una ética de mínimos (Cortina), de individualismo escéptico pero responsable (Savater), o se ha cargado contra la agobiante presencia de una conciencia de sumisión ciudadana (López Calera, Capella, Romano).

A este esfuerzo viene a añadirse el libro de Camps y Giner, dos autores que llevan ya largos años en este frente de lucha pacífica por la regeneración de la conciencia cívica democrática. Basta recordar los trabajos de la primera sobre ética, la pareja vicios/virtudes públicas o su más reciente El malestar en la vida pública; igualmente, del segundo sus aportaciones sobre neocorporativismo, gobernabilidad, así como su última Carta sobre la democracia.

Su libro conjunto (que tampoco es su primer trabajo en colaboración) destaca por su carácter moderado, pausado y tranquilo. Tanto que algún malicioso podrá acusarlo de falta de cierto nervio. El Manual de civismo es un texto razonable, expositivo, en lenguaje sencillo y accesible, que huye de averiguaciones eruditas e intrincadas; como si sus autores hubieran tratado de buscar al público más amplio, lo que, por lo demás, viene siendo tendencia reciente entre quienes escriben de asuntos de ética. Casi puede decirse que recuerda un poco a los manuales clásicos de urbanidad, si bien debidamente actualizados: ya no son tan importantes las buenas maneras en la mesa como la capacidad para organizar actividades colectivas en el vecindario. Camps y Giner tienen palabras de elogio para la monumental obra de Norbert Elías sobre El proceso civilizatorio, fundada precisamente en el estudio exhaustivo de este tipo de textos y que me enorgullezco de haber traducido al español.

El Manual de civismo es un prontuario de buena educación para españoles concebidos como felices habitantes de una democracia (o de una politeya democrática, que diría Giner). Y, no tanto por lo que dicen como por lo que no dicen, da la impresión de que los autores, ambos grandes conocedores de otros países de antiguas y consolidadas tradiciones de tolerancia y democracia, así como buena vida en común, lamentaran que España no fuera Inglaterra o algún campus universitario de la costa este de los Estados Unidos. Hay recomendaciones tan pegadas a la experiencia cotidiana de cualquier español que suscitan la sonrisa: las motos de escape libre por las calles, por ejemplo, el trato educado y cortés (en el país de Braulio, el castellano viejo de Larra) o las complejas relaciones entre fumadores y no fumadores. Camps y Giner rehúyen las cuestiones más problemáticas, las de mayor densidad y más alambicada existencia, como lo relativo a la «natural» sociabilidad/insociabilidad humana, remitiendo la cuestión a la paradójica síntesis kantiana. Y seguramente tienen razón para sus propósitos en la obra, que no son habérselas con los fundamentos filosóficos de la ética, sino dar con una «ética de mínimos» que nos convierta en cives aceptables los unos para los otros, es decir, que haga de nosotros seres capaces de conllevarnos, como quería Ortega si bien con otra finalidad; seres capaces de con-vivir, de «vivir-con» los otros.

El esfuerzo, es meritorio y muy digno de encomio. Si cupiera hacerle alguna objeción sería la de que, a pesar de todo, a pesar de su permanente sentido crítico, se trata de una obra que retrata a una sociedad satisfecha consigo misma. Esto es, no hay un cuestionamiento del orden democrático y sus posibles disfuncionalidades, si acaso, se deben a nuestra falta de sentido crítico, nuestra incapacidad para decir «no» (según aconsejaba Mitscherlich en los años sesenta), nuestro abandono, nuestro desinterés, nuestra incuria. Algo habrá de ello, por supuesto, pero parece ingenuo pensar que, porque nuestros Estados sean Estados democráticos de derecho constitucionalmente hablando, hayamos pasado a vivir en el mejor de los mundos posibles y la única tarea ahora sea saber si vamos a estar a la altura de las circunstancias tanto nacionales como internacionales. A este respecto, resulta de interés completar esta crítica con la referencia a la obra de Michael Randle, quien parece representar lo contrario que Camps y Giner, tanto en el plano personal como en el intelectual, si ambos son distinguibles. Randle es un histórico del activismo de la resistencia civil en Gran Bretaña. Se declaró objetor a temprana edad, siguiendo los pasos de Russell, ha participado en todos los movimientos resistentes que quepa imaginar del mundo, especialmente en su propio país, ha sufrido persecución y cárcel por ello y es también un miembro prominente de la cofradía de pensadores sobre estos interesantes asuntos.

Una comparación de las dos obras en comentario no deja de ser ilustrativa sobre la naturaleza humana. Camps y Giner, que, como quien esto escribe, han pasado la mayor parte de sus vidas sometidos a una de las tiranías más ineptas y brutales y sólo recientemente se han constituido en ciudadanos de un Estado democrático de derecho, parecen tan satisfechos que, para ellos, el concepto de ciudadanía tiene un sentido fundamentalmente integrador, Michael Randle, en cambio, que ha nacido y crecido en una de las democracias más antiguas, sólidas y estables del mundo y no ha conocido otra cosa en su vida que la libertad y las garantías, acuña un concepto de ciudadanía que pivota sobre la capacidad de resistencia y de rebeldía. No deja de ser curioso pensar que el manual de Camps y Giner nos invita a alcanzar la madurez necesaria para integrarnos en un sistema político cuyos valores más arraigados incluyen el de ser respetuoso y hasta tolerante con la resistencia y la rebeldía.

Este es uno de los numerosos puntos que aborda Randle: la contradicción en los términos que significa la pretensión de legalizar la resistencia civil, incluso la desobediencia; un absurdo si ambos actos, la desobediencia y la legalización, se ven como simultáneos, pero no si se consideran consecutivamente, de forma que la desobediencia puede ser, en algunos casos, el inicio de un proceso de lege ferenda. En algunos casos, no en todos, porque depende de la determinación moral que muestren los desobedientes y del grado de simpatía y apoyo que obtengan. Es difícil ir más allá de estas consideraciones por cuanto Randle, que acumula gran cantidad de información sobre todo caso de resistencia civil que registra la historia (desde Antígona hasta la Campaña por el Desarme Nuclear de los años setenta y ochenta, pasando por los movimientos de resistencia en los países ex-socialistas), rara vez es específico en el uso de los términos. Para él tanto monta la campaña de Satyagraha de Gandhi como la guerra de guerrillas de Angola o la huelga general inglesa de 1926. La casuística, un procedimiento caro a la mentalidad empírica de los ingleses, acaba difuminando los conceptos.

Así, uno de los aspectos más difíciles de asimilar en la obra es la gran extensión que dedica a la definición y exposición de la defensa civil o «defensa basada en civiles» como propuesta pacifista para sustituir a los ejércitos; desarme unilateral y defensa civil. Randle recuerda que la idea del desarme unilateral apareció en el programa electoral del partido laborista, con el que éste perdió las elecciones de los años ochenta. Pero sostiene que, a pesar de todo, era una buena idea, lo que probablemente sea cierto pero resulta poco operativo.

Sin duda, la resistencia y la desobediencia son elementos característicos de las democracias (las dictaduras, por lo demás, son incompatibles con estas prácticas) pero ello no implica, como sostiene Randle, que sean también fuente de otros valores democráticos. Se puede acumular una plétora de tales valores y ser, al mismo tiempo, un ciudadano obediente. El ser humano es capaz de todo.

El libro, por cierto en una traducción muy deficiente, termina con el inevitable capítulo sobre la globalización y el impacto de ésta sobre las formas contemporáneas de resistencia civil.

01/06/1998

 
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