ARTÍCULO

La resurrección de Caín

Alfaguara, Madrid, 1997
520 págs.
 

Alguna vez, antes del exilio, Guillermo Cabrera Infante tuvo un alter ego, casi un heterónimo, un oscuro personaje que frecuentaba las salas oscuras y que escribía crónicas sobre las películas que había visto, en la revista Carteles, en Cuba. Ese crítico de cine se llamaba G. Caín. Un día, su inventor decidió acabar con él porque la criatura se había vuelto demasiado importante y porque Cabrera Infante quería reinventar el cine por otros medios, los de la literatura."G. Caín dejó de existir. Pero las películas seguían ahí, como obsesiones perennes, como medio, también, de fijar los pasos de la memoria y de seguir enraizado en una eterna niñez. Como es sabido, su madre (eso ya forma parte de su leyenda personal), lo llevó al cine a los pocos días de haber nacido. Las imágenes vistas entonces, las de Los cuatro jinetes del Apocalipsis, se le quedaron grabadas en la retina. ¿Quién, en esas condiciones, podría olvidar la pasión inicial? El cine siguió persiguiendo a Cabrera Infante. No como imagen, sino como necesidad de escritura. Ese espectador (ese mirón) insaciable que es el crítico de cine necesita contar la historia de las películas que ha visto. Se trata aquí de un ejercicio diferente al de la literatura, siempre experimental, repleto de juegos de palabras y de largos paréntesis que moldean los vaivenes de la memoria. Para hablar de lo que ha visto, Cabrera Infante se vuelve simple intercesor entre la pantalla y el lector. Simplifica al máximo el argumento y su exposición, para que el lector pueda visualizar, dejándolo a su vez libre de hacer volar su imaginación. Cine o sardina es una suma de películas clásicas, provenientes en su inmensa mayoría del cine americano.

Resulta a veces extraño que un escritor tan culto como Cabrera Infante haya hecho del cine de Hollywood el nec plus ultra del cine universal. Él ve las películas como simple entertainment, como diversión, haciendo la apología de la serie B, de la comedia musical, de los films de gangster o de los westerns. Poco le importa, a fin de cuentas, el llamado cine de autor, como si los muchachos de la nouvelle vague hubieran intentado desnaturalizar lo que era la esencia de la cosa filmada: el espectáculo, sin mayores pretensiones. El escritor es un fan de las estrellas, rubias de preferencia, pero no sólo: Gloria Grahame, Joan Crawford, Hedy Lamarr, Rita Hayworth, Marilyn Monroe, Ava Gardner y un largo etcétera. Todas actrices de carne y hueso, que cobran vida fuera de la pantalla por obra y gracia del crítico y voyeur. Cabrera Infante es casi una enciclopedia del cine hollywoodense. Conoce al dedillo la filmografía de cada una de ellas y, también, sus peripecias y milagros, sus aventuras y sus fracasos amorosos. Es que para él, el cine no es ilusión. Es la realidad que él se ha forjado desde la infancia hasta el exilio, la que le permite no caer en la desesperación ni en la locura. Una forma, tal vez, de practicar la nostalgia sin exponerla sobre la plaza pública, de llorar oculto en un rincón de una sala oscura o frente al vídeo.

No por eso, sin embargo, desdeña al Hollywood de hoy. Sus artículos sobre Quentin Tarantino o Steven Spielberg, su reivindicación de Pulp fiction (galardonada por el jurado de Cannes en que participaba Cabrera Infante) o de Blade Runner es algo así como un revival, como la constatación de la herencia dejada por un Alfred Hitchcock o por un Orson Welles. Esas páginas, así como aquellas en que alaba el cine de un Pedro Almodóvar, son las más discutibles. Cine o sardina vale más por su aspecto de historia iconoclasta del cine americano (por ejemplo, el artículo «Latinos y ladinos en Hollywood» contiene una mina de informaciones) que por la evaluación de las películas contemporáneas, muchas de ellas, a pesar del éxito de taquilla, previsiblemente perecederas. Cine o sardina no es sólo un compendio de críticas cinematográficas. Es, por momentos (demasiado raros), el lugar de encuentro entre la pantalla y la literatura. Es el caso de «Kafka va al cine» en que Cabrera Infante analiza brevemente la influencia del judío de Praga sobre la problemática de las películas de Charlie Chaplin, de Antonioni y, sobre todo, de la maravillosa M. Klein, de Joseph Losey, sin olvidar la adaptación del Proceso por Orson Welles. Aquí, el escritor tiende nuevos puentes entre la escritura y su interpretación, subrayando la influencia casi inconsciente que Kafka ejerce sobre cualquiera de los artistas primordiales del siglo XX.

Cine o sardina es la continuación directa de aquel Oficio del siglo XX que firmaba G. Caín, y de las conferencias reunidas en Arcadia todas las noches. Guillermo Cabrera Infante ha resucitado a Caín porque, como se sabe, los viejos críticos nunca mueren.

01/02/1998

 
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