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Cinco libros de autores noveles. Cinco novelas con escasos puntos en común que demuestran, cuanto menos, que en la narrativa española reciente hay un cierto afán de originalidad. También la constatación de que la cosa no va, necesariamente, por modas. Así, en este conjunto de novelas que acabo de leer hay diversidad de asuntos (del esperpento a la modernidad, pasando por la reflexión humana, la mirada sociopolítica o la recreación posvictoriana) pero también de estilos. De la morosidad a la levedad, pasando por el esteticismo, el enfoque funcional o el abiertamente descarnado. Todo ello quizá no sea extrapolable, pero sí un importante muestreo de que aquí y ahora hay ganas de contar cosas sin caer en reiteraciones o mimetismos. Amparo Serrano de Haro (Tetuán, 1960) es profesora de universidad y autora de una primera novela, Mujeres de mármol, por la que se desliza una profunda vocación estética. Es decir, en Serrano de Haro destaca el cuidado primoroso del lenguaje, que en su sutileza a veces sobrevuela la materia tratada. De origen posvictoriano y de ubicación obviamente británica. Sus protagonistas, cuatro mujeres a las que une la ascendencia común, ahora sí decididamente victoriana, y la inicial de sus nombres: siempre la V. Las cuatro son, a su manera, heroínas en un tiempo en que las mujeres reivindicaban algo tan elemental como una habitación propia. La referencia, como verá el lector de Mujeresde mármol, no es casual, como no lo es la sombra de Virginia Woolf, sin duda alargada aun siendo su suicidio cronológicamente posterior al de su homónima en la novela de Amparo Serrano de Haro. Quien no solamente posee un magnífico estilo sino que sabe crear atmósferas y dotar a sus personajes femeninos (los masculinos aparecen desvaídos, supongo que adrede) de vida, una vida sin duda marmórea, en consonancia con el título. Que luego tanta apariencia rígida y fría resulte llena de calidez es algo que debemos apuntar en el haber de Serrano de Haro, una novelista nueva que domina los paisajes interiores (y exteriores). Milagros Frías (Jerez de los Caballeros, 1955), periodista y socióloga, consigue crear en La sal de la vida un microclima peculiar, el de un pueblo provinciano, seguramente caluroso en verano y desolado en invierno, para, a partir de un puñado de historias de cada día, reinventar una realidad que roza peligrosamente el tópico. Lo roza pero no se recrea en él gracias a la habilidad de Frías para no ahondar en unas historias que solamente esboza. De esta manera el pretexto de la boda de dos –digamos– señoritos de pueblo, que a su vez provocará otras, resulta fructífero gracias a la técnica minimalista empleada por Milagros Frías. Ésta, en efecto, no se distrae en explicaciones farragosas que hubieran hundido la novela o dispersado la atención electora, concentrada así en los cuadritos, a veces naif, dispuestos por la autora. Quien aúna sus fogonazos a los del fotógrafo del pueblo, dispuesto no sólo a inmortalizar cuanto en éste ocurra sino a implicarse en las peripecias amorosas que conforman La sal de la vida. Novela coral o retablo de pequeñeces, escrita con un estilo vigoroso y frugal, que suministra credibilidad a la historia. Lo que no es poco para un conjunto de vivencias realistas y tiernas. Sin embargo los retazos de vida de los que da cuenta Milagros Frías hubieran volado más alto con unas cuantas gotas de magia o de fantasía. Ahora bien, Frías ha optado por el tratamiento lineal, ingenuo adrede, lo que imprime a su modo de contar, tan personal por otro lado, de un mayor encanto, con el peligro obvio de que su historia se quede justamente en encantadora. Lejos de escrituras suaves y levedades conceptuales, Jaime Romo (la solapa de su libro no indica fecha ni lugar de nacimiento, tampoco ocupación), ha preferido en Un cubo lleno de cangrejos contar una historia fuerte y exuberante, su «ópera prima» llega casi a las quinientas páginas, que bien pudiera servir a los historiadores y sociólogos del futuro para analizar ciertos aspectos de la España de hoy. Con la debida truculencia, eso sí, para que no quede duda de que la modernidad en Romo no se rebaja con sifón ni gaseosa. Veamos: un alto cargo político de algo parecido al Ministerio del Interior batalla laboriosa y heroicamente contra un grupo político cuyo logotipo representa una serpiente enroscada a un hacha. El susodicho alto cargo, promiscuo y abusador en su adolescencia de la hija de un guardia civil, está casado con una señora bien a la que entusiasman los atributos de su monitor de aeróbic. Como telón de fondo, además de la banda de la serpiente, escoltas y beneméritos, putas y grabaciones en vídeo, burgueses vascos y periodistas sensacionalistas, conforman un cóctel de graduación más que excesiva. Ocurre, sin embargo, que Jaime Romo maneja con cuidado tantos elementos y personajes, de modo que la historia no termina de írsele de las manos. Lo malo es que Un cubo lleno de cangrejos, novela que se lee muy bien, y que incluso alcanza a veces importantes cotas (el personaje de Aita es sin la menor duda memorable), adolece de truculencias, de «efectos especiales», de un timing poco adecuado a la hora de su desarrollo. Si Jaime Romo, narrador incontinente, hubiera reducido la historia a la mitad otro gallo le habría cantado a su superferolítica novela. En su haber cabría apuntar el sentido de humor, a veces de astracanada, que la impregna. Y que nos lleva de inmediato a autores como Maruja Torres, Javier Maqua, Ramón de España o el mismísimo Tom Sharpe. Sólo que en el caso Romo se trata de un humor decididamente soez, a veces con tintes tan añejos ya que ni a provocativo llega. El enero fósil de Manolo Moreno Márquez (Madrid, 1966), publicista de profesión, es en realidad una «nouvelle» que apunta tantas cosas y objetivos que bien pudieran haber servido de fundamento base para otras tantas historias. Y sin embargo, Manolo Moreno Márquez ha sabido embridar el recorrido central de su protagonista, suicida en el arranque del relato (puerto de Galapagar, Madrid encendido al fondo), por medio de la perspectiva de quienes le sobreviven. Éstos, sumergidos en sus celdillas, ocultos tras los visillos de los contestadores automáticos, irán pergeñando unos pequeños mundos repletos de perplejidad. Ahí, en el autismo de cada uno de ellos, en su descripción interior, radica el talento narrativo de Manolo Moreno Márquez. Un autor novel capaz e imaginativo, que salpica su «nouvelle» con historias y aun historietas intercaladas (la del enano, una auténtica joya) y momentos cómicos rayanos en el disparate, bien que a veces justificados por razones oníricas (la escena de la reina de Inglaterra y Boy George, otro instante glorioso). Olga Merino (no consta el lugar de nacimiento, que ocurrió en 1965) es periodista y como tal vivió en Moscú la transición del comunismo a la economía de mercado. Dicha transición, adobada con las siniestras mafias que hicieron en ella su agosto, las rameras que se convirtieron en sus improvisadas musas, y el coro de elementos que habitan una casa comunal de los tiempos de Stalin, es el fundamento de la novela de Merino, Cenizas rojas. Olga Merino demuestra en ella gran habilidad para manejar material diverso sin que se entremezcle en confusión chapucera; también para contextualizar la historia sin desbordarla con exceso de datos y situaciones demasiado concretas. Dentro de la masa coral dirigida por Merino tiene la voz solista Ginés, un ex niño de la guerra (de la civil española, ya se entiende), habitante de la citada kommunalka y en trance de volver a su Bilbao nativo. La mirada de Ginés, dentro de la estrategia coral de Olga Merino, será la que nos proyecte la actualidad rusa, orlada de intentos golpistas, pero también la que ilustre al lector en acertados «flash-backs» del acontecer en la URSS de aquellos niños enviados a un exilio especialmente absurdo. El personaje del ecuatoriano Lenin, cuyo cadáver protagoniza el arranque de la novela, da un cierto matiz negro a la historia pero quedándose –afortunadamente– en matiz. Con todo, a la novelista Olga Merino se le nota su procedencia del campo periodístico, y la tendencia a mudar el relato en reportaje le puede por momentos. Con lo que sale ganando el lector de Cenizas rojas que busca información, y perdiendo quien apuesta por la literatura en estado puro.

01/05/1999

 
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