ARTÍCULO

Ciencia y religión. Carta publicada en Le journal des débats el 18 de mayo de 1883

 

Al Director del Journal des débats:

Señor,
He leído en su estimable periódico del 29 de marzo pasado, un discurso sobre el islamismo y la ciencia pronunciado en la Sorbona, ante un distinguido auditorio, por el gran filósofo de nuestros tiempos, el ilustrado Sr. Renan, cuyo nombre ha llegado a todo Occidente y penetrado en los países más alejados de Oriente. Como el discurso me ha sugerido ciertas observaciones, me tomo la libertad de formularlas en esta carta que tengo el honor de dirigirle con el ruego de que le conceda hospitalidad en sus columnas.
El Sr. Renan ha querido esclarecer un punto de la historia de los árabes que hasta ahora se ha mantenido oscuro y arrojar luz sobre su pasado, luz quizá un poco cegadora para los que han dedicado un culto particular a este pueblo del que, sin embargo, no puede decirse que haya usurpado el lugar y el rango que antaño ocupó en el mundo.Tampoco creemos que el Sr. Renan busque destruir la gloria de los árabes, que es indestructible. Se ha empeñado en descubrir la verdad histórica y en darla a conocer tanto a los que la ignoran como a los que rastrean en la historia de las naciones, y en particular en la de la civilización, las huellas de las religiones. Me apresuro a reconocer que el Sr. Renan ha cumplido maravillosamente con esta tarea tan difícil alegando algunos hechos que habían pasado inadvertidos hasta nuestros días. Hallo en su discurso notorias observaciones, puntos de vista novedosos y un encanto indescriptible. No tengo, sin embargo, a mano más que una traducción más o menos fiel de este discurso. Si hubiera tenido la oportunidad de leerlo en francés, hubiera podido hacerme más con las ideas de este gran filósofo. Que reciba mi humilde saludo como un homenaje debido y como la sincera expresión de mi admiración. Le diría, por último, en esta circunstancia lo que al-Mutanabbi, un poeta que amó la filosofía, escribió hace siglos a un importante personaje del que celebraba las acciones: «Recibid –le decía– los elogios que puedo haceros; no me obligue a discernir entre los elogios que merecéis».
El discurso del Sr. Renan abarca dos puntos principales. El eminente filósofo se ha empeñado en demostrar que la religión musulmana se oponía, por su esencia misma, al desarrollo de la ciencia, y que el pueblo árabe, por su naturaleza, no ama ni las ciencias metafísicas ni la filosofía. Esta planta preciosa, parece decir el Sr. Renan, se seca entre las manos de aquél como abrasada por el viento del desierto. Pero tras la lectura de este discurso, uno no puede por menos de preguntarse si estos obstáculos proceden únicamente de la religión musulmana en sí misma o de la manera en que se propagó por el mundo, del carácter, de las costumbres y aptitudes de los pueblos que abrazaron esta religión o de los de las naciones en que se impuso por la fuerza. Es sin duda la falta de tiempo lo que le ha impedido al Sr. Renan elucidar estos puntos. Pero no por ello el daño deja de serlo y, si es difícil determinar las causas de una manera precisa y por medio de pruebas irrefutables, más complicado es aún indicar su remedio.
En lo que al primer punto se refiere, diría que, en su origen, ninguna nación es capaz de dejarse guiar por la razón pura. Habitada por terrores a los que no puede sustraerse, es incapaz de distinguir entre el bien y el mal, de conocer lo que puede hacerla feliz y lo que puede ser fuente inagotable de sus desgracias e infortunios. En una palabra: no sabe ni llegar a sus causas ni discernir sus efectos.
Esta laguna supone que a la nación no sabría conducírsela, ni por la fuerza ni por la persuasión, a practicar acciones que le serían quizá más provechosas, ni a desviarla de lo que no le conviene. Ha hecho falta que la humanidad busque fuera de sí misma un refugio, un apacible lugar en el que su conciencia atormentada pueda encontrar el reposo y ha sido entonces cuando ha surgido un educador cualquiera que no teniendo, como he dicho más arriba, el poder necesario para obligarla a seguir las inspiraciones de la razón, la abandona a lo desconocido, abriéndole los amplios horizontes en que la imaginación se complace y donde puede encontrar, si no la satisfacción completa de sus deseos, sí al menos un campo ilimitado para sus esperanzas. Y como en su origen la humanidad ignoraba las causas de los acontecimientos que acaecían frente a sus ojos y los secretos de las cosas, se vio obligada a seguir los consejos de sus preceptores y las órdenes que éstos le daban. Esta obediencia le fue impuesta en nombre del Ser supremo, al que estos educadores atribuían todos los acontecimientos, sin permitirle discutir sobre su utilidad o inconvenientes. Para el hombre es, sin duda, un yugo de lo más pesado y humillante, lo reconozco, pero no puede negarse que es gracias a esta educación religiosa, ya sea musulmana, cristiana o pagana, como todas las naciones han salido de la barbarie y han progresado hacia una civilización más avanzada.
Si es verdad que la religión musulmana es un obstáculo para el desarrollo de las ciencias, ¿puede afirmarse que este obstáculo no desaparecerá algún día? ¿En qué se diferencia sobre este punto la religión musulmana respecto a las demás? Todas las religiones son intolerantes, cada una a su manera. La religión cristiana, quiero decir la sociedad que sigue sus inspiraciones y enseñanzas y que se ha formado a su imagen, ha salido del primer período al que acabo de aludir. Y a partir de ahora, libre e independiente, parece avanzar rápidamente por la vía del progreso y de las ciencias, mientras que la musulmana no se ha liberado aún de la tutela de la religión. Pensando en todo caso que la religión cristiana ha precedido en varios siglos a la musulmana en el mundo, no puedo dejar de esperar que la sociedad mahometana llegue un día a quebrar sus lazos y a avanzar resueltamente por la vía de la civilización, a imagen de la sociedad occidental para la que la fe cristiana, a pesar de sus rigores e intolerancia, no ha supuesto ningún obstáculo invencible. Abogo aquí ante el Sr. Renan no por la causa de la religión musulmana, sino por la de varios cientos de millones de hombres que estarían así condenados a vivir en la barbarie y en la ignorancia.
En verdad, la religión musulmana ha intentado ahogar la ciencia y frenar sus propósitos. Ha conseguido así detener al movimiento intelectual o filosófico y desviar a los espíritus de la investigación sobre la verdad científica. Si no me equivoco, pareja tentativa llevó a cabo la religión cristiana y los venerados patriarcas de la Iglesia católica, que yo sepa, no han dado su brazo a torcer. Continúan luchando enérgicamente contra lo que llaman el espíritu del vértigo y del error. Conozco todas las dificultadas que los musulmanes tendrán que superar para alcanzar el mismo grado de civilización, estándoles prohibido el acceso a la verdad a la que conducen los procedimientos filosóficos y científicos. Un auténtico creyente debe, en efecto, desviarse de los estudios cuyo objeto es la verdad científica de la que toda verdad debe depender, según opinión aceptada al menos por algunos en Europa. Uncido como un buey al carro, al dogma del que es esclavo, debe andar eternamente por el mismo surco que ha sido trazado con anterioridad por los intérpretes de la ley. Convencido, además, de que la religión encierra en sí misma toda la moral y todas las ciencias, se aferra a ella resueltamente y no hace el menor esfuerzo para ir más allá. ¿Para qué agotarse en vanas tentativas? ¿De qué le serviría buscar la verdad si cree poseerla por entero? ¿Sería más feliz el día que hubiera perdido su fe, el día en que hubiera dejado de creer que toda perfección está en la religión que practica y no en otra? Por eso desprecia la ciencia. Sé de eso, pero sé igualmente que este niño musulmán y árabe, del que el Sr. Renan nos pinta un vigoroso retrato y que a una edad más avanzada se convierte en un «fanático imbuido del estúpido orgullo de poseer lo que cree ser la verdad absoluta», pertenece a una raza que ha dejado huellas de su paso por el mundo. Y no sólo huellas de sangre y fuego, sino de obras brillantes y fecundas que dan testimonio de su gusto por la ciencia, por todas las ciencias, incluida la filosofía con la que, debo reconocerlo, su matrimonio no ha durado mucho tiempo.
Esto me lleva a hablar del segundo punto que ha tratado el Sr. Renan en su conferencia con una incontestable autoridad. Nadie ignora que el pueblo árabe, cuando se encontraba en un estado de barbarie, se lanzó en pos de los progresos intelectuales y científicos con una velocidad sólo igualada por la rapidez de sus conquistas. Porque, en el curso de un siglo, adquirió y asimiló todas las ciencias griegas y persas que habían tardado siglos en desarrollarse en su suelo natal, ademas de extender su dominio de la Península Arábiga hasta las montañas del Himalaya y a las cimas de los Pirineos. Se puede decir que, durante todo este período, las ciencias hicieron unos progresos asombrosos entre los árabes y en todos los países sometidos a su dominio. Roma y Bizancio eran entonces sede de las ciencias teológicas y filosóficas, así como el centro luminoso y el hogar ardiente de todos los conocimientos humanos. Comprometidos desde hace siglos con la vía de la civilización, los griegos y romanos recorrieron, con paso firme, el amplio campo de la ciencia y de la filosofía. Llegó sin embargo un día en que sus investigaciones fueron abandonadas y sus estudios interrumpidos.
Los monumentos erigidos a la ciencia se desmoronaron y sus más preciosos libros fueron relegados al olvido. Los árabes, por muy ignorantes y bárbaros que fuesen en su origen, retomaron lo que había sido abandonado por las naciones civilizadas, reanimaron las ciencias extintas, las desarrollaron y les dieron el brillo que nunca tuvieron. ¿No es esto una prueba de su amor natural por las ciencias? Es cierto que los árabes tomaron de los griegos su filosofía, así como que despojaron a los persas de lo que les dio fama desde la Antigüedad. Pero estas ciencias que usurparon por derecho de conquista, las desarrollaron, ampliaron, esclarecieron, las perfeccionaron, las completaron y coordinaron, con perfecto gusto y notables precisión y exactitud. Por lo demás, los franceses, los alemanes y los ingleses no estaban tan alejados de Roma y Bizancio como los árabes, cuya capital estaba en Bagdad. Les hubiera resultado, por tanto, más fácil explotar los tesoros científicos que encerraban estas dos ciudades. No hicieron ningún esfuerzo en este sentido hasta el día en que la civilización árabe vino a esclarecer, con sus luces, las cumbres de los Pirineos y arrojar su resplandor y riquezas sobre Occidente. Los europeos le dieron buena acogida a Aristóteles, emigrado y convertido en árabe; pero nunca habían pensado en él cuando era un griego y un vecino. ¿No es ésta otra prueba, igual de evidente, de la superioridad de los árabes y de su simpatía natural por la filosofía? Es cierto que tras la caída del reino árabe en Oriente y en Occidente, los países que se habían convertido en los grandes centros de las ciencias, como Irak o Andalucía, volvieron a caer en la ignorancia y se convirtieron en el núcleo del fanatismo religioso; pero este triste espectáculo no debe llevarnos a la conclusión de que el progreso científico y filosófico en la Edad Media no se deba al pueblo árabe, hegemónico por entonces.
En esto, el Sr. Renan le hace justicia. Reconoce que los árabes conservaron y mantuvieron durante siglos el hogar de la ciencia. ¡Qué noble misión para un pueblo! Pero a la vez reconoce que desde el año 775 aproximadamente de la era cristiana hasta mediados el siglo XIII, es decir, durante cerca de quinientos años, hubo en los países musulmanes sabios, pensadores muy distinguidos, y que en esa época el mundo musulmán fue superior en el plano de la cultura intelectual al mundo cristiano, el Sr. Renan dice que los primeros filósofos de los primeros siglos del islamismo, así como los hombres de Estado ilustrados de esta época, procedían en su mayor parte de HarranNDT: Harran, pueblo caravanero del norte de Mesopotamia en el cruce de caminos hacia Anatolia. Según las fuentes árabes, fue allí donde nació Abraham. La Biblia lo cita con el nombre de Charan., de Andalucía y de Persia.También hubo transoxianos y monjes de Siria. No quiero negar las grandes cualidades de los sabios persas ni el papel que desempeñaron en el mundo árabe, pero concédaseme decir que los harraníes eran árabes y que los árabes, al conquistar España y Andalucía, no perdieron su nacionalidad. Siguieron siendo árabes. Varios siglos antes del islam, la lengua árabe era, efectivamente, la que hablaban los harraníes. El hecho de que conservaran su antigua religión, el sabeísmo, no permite que se les considere ajenos a la nacionalidad árabe.También los monjes sirios eran en su mayoría árabes gasaníes convertidos al cristianismo. En cuanto a Ibn-Baya, Averroes y Abentofail no puede decirse que no eran árabes, al igual que Al-Kindi, porque no nacieron en la misma Arabia, sobre todo si se tiene en cuenta que las razas humanas no se distinguen más que por sus lenguas y, si esta distinción desapareciese, las naciones no tardarían en olvidar sus diversos orígenes. Los árabes, que pusieron sus armas al servicio de la religión mahometana y que fueron guerreros y apóstoles a la vez, no impusieron su lengua a los vencidos y allá donde se establecieron la conservaron para sí, con celoso cuidado. Sin duda, al penetrar el islamismo en los países conquistados con la violencia que se conoce, transplantó en ellos su lengua, sus costumbres y su doctrina y estos países no pudieron, a partir de entonces, sustraerse a su influencia. Ejemplo de ello es Persia, pero quizá al remontarnos a los siglos que precedieron al islamismo veríamos que la lengua árabe no era del todo desconocida por los sabios persas. La expansión del islamismo le dio, es cierto, un nuevo auge y los sabios persas, convertidos a la fe mahometana, se honraban en escribir sus libros en la lengua del Corán. Los árabes no podrían sin lugar a dudas reivindicar la gloria que acompaña a estos escritores, pero creemos que no necesitan tal reivindicación: entre ellos ha habido suficientes sabios y escritores célebres. ¿Qué ocurriría si, remontándose a los primeros tiempos de la dominación árabe, se siguiera paso a paso al primer grupo que formó este pueblo conquistador que extendió su poder por el mundo, y si, eliminando todo lo ajeno a este grupo o a su descendencia, no se tuviera en cuenta ni la influencia que ejerció sobre los espíritus ni el impulso que le dio a las ciencias? ¿No llegaríamos entonces a no reconocerle a estos pueblos conquistadores más méritos ni virtudes que los que proceden del hecho material de la conquista? Todos los pueblos vencidos recobrarían así su autonomía moral y se atribuirían toda la gloria, de la que ninguna parte podría ser legítimamente reivindicada por la potencia que fecundó y desarrolló sus gérmenes. De este modo, Italia le diría a Francia que ni Mazarino ni Bonaparte le pertenecen; Alemania o Inglaterra reclamarían a su vez los sabios que, llegados a Francia, sentaron cátedra y realzaron el brillo de su fama científica. Por su parte, los franceses reivindicarían para ellos la gloria de los vástagos de las ilustres familias que, tras el edicto de Nantes, emigraron a toda Europa. Si todos los europeos pertenecen a la misma cepa, puede pretenderse, con todo el derecho, que los harraníes y los sirios, que son semitas, pertenecen igualmente a la gran familia árabe.
Sin embargo, es legítimo preguntarse cómo la civilización árabe, tras haber repartido tan viva luz por el mundo, se apagó de golpe; cómo la llama no ha vuelto a encenderse después y por qué el mundo árabe permanece envuelto en profundas tinieblas.
En este punto se manifiesta totalmente la responsabilidad de la religión musulmana. Está claro que allá donde se estableció, esta religión quiso ahogar a las ciencias, empeño en el que sirvió extraordinariamente el despotismo. Al-Siuli narra que el califa Al-Hadi ejecutó en Bagdad a cinco mil filósofos para extirpar las ciencias hasta la raíz en los países musulmanes. Aun admitiendo que este historiador haya exagerado el número de víctimas, de lo que no cabe duda es que esta persecución tuvo lugar y supone una mancha sangrienta para la historia de una religión como para la historia de un pueblo. Podría encontrar en el pasado de la religión cristiana hechos análogos. Las religiones, se designen como se designen, se parecen todas. Ningún entendimiento ni reconciliación son posibles entre estas religiones y la filosofía. La religión impone al hombre su fe y creencia, mientras que la filosofía lo libera totalmente o en parte. ¿Cómo pretender entonces que se entiendan entre sí? Cuando la religión cristiana, bajo sus formas más modestas y atractivas, entró en Atenas y en Alejandría, que eran, como todo el mundo sabe, los dos principales centros de la ciencia y la filosofía, su primer empeño fue, después de establecerse sólidamente en las dos ciudades, apartar tanto a la ciencia propiamente dicha como a la filosofía, buscando ahogarlas bajo el matorral de las discusiones teológicas, para explicar los inexplicables misterios de la Trinidad, de la Encarnación y de la Transubstanciación.Y así ocurrirá siempre. Cada vez que sea la religión la que gane la partida, eliminará a la filosofía.Y sucede lo contrario cuando es la filosofía la que se convierte en soberana. En tanto exista la humanidad, no cesará la contienda entre el dogma y el libre examen, entre la religión y la filosofía, en una encarnizada lucha en la que –me temo– el triunfo no será para el libre pensamiento, porque la razón desagrada a las masas y porque sus enseñanzas no son comprendidas más que por ciertas inteligencias de las élites, a la vez que la ciencia, por hermosa que sea, no satisfará por entero a una humanidad sedienta de un ideal y a la que le gusta refugiarse en las oscuras y lejanas regiones que los filósofos y los sabios no pueden percibir ni explorar.

Traducción de Cecilia Fernández Suzor

01/01/2006

 
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