ARTÍCULO

Eppur si legge!

Edición conmemorativa. Real Academia
756 pp. 9,75 €
 

Muchos años después –cuarenta para ser exactos–, cómo no recordar al hacer esta reseña aquel día remoto en que mi mentor de entonces, Francisco Porrúa, me hizo conocer en Buenos Aires la obra de García Márquez...
Vaya por delante que de ningún modo piensa ponerse uno, a estas alturas del partido, a hacer una reseña de Cien años de soledad. Si acaso, y nada más, de esta edición conmemorativa y homenajeante, cuyo calibre más bien parece destinado a intimidar al público. Ahí es nada que el libro cuente con la friolera de cinco prólogos, firmados por pesos pesados tales como Álvaro Mutis, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Víctor García de la Concha y Claudio Guillén, amén de cuatro epílogos de otros tantos pesos semipesados. Ahí es nada que los responsables de la edición sean la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española. Ahí es nada que el propio autor de la novela se haya tomado la molestia de revisar –especialmente para el caso– el texto de su obra magna. Y podría añadir un par de superlativos, pero baste con los dichos como aperitivo. Concentrémonos, pues, en esta edición.
Me siento irrestrictamente a favor de la nota editorial sobre el texto, el árbol genealógico de los Buendía, la bibliografía, el glosario y el índice onomástico. Entre otras cosas, porque el glosario pone en su lugar [«desharrapados»] el «desarrapados» de la primera página de la novela, que no me llamaría la atención si no fuera por los soldaditos «harapientos» de la página 71 y el apuesto caballero que se volvió «harapiento» en la 228, siendo la etimología de ambas palabras la misma. Pero caramba, esta edición la han hecho al alimón todas las Academias de la Lengua, hubieran sido ganas de tirar piedras al propio tejado.
Ahora bien: los cinco dizque prólogos más los cuatro dizque epílogos suman 195 páginas, las de los primeros en números romanos, las de los segundos continuando la numeración arábiga de las páginas de la novela, lo que ya me parece una monstruosa ruptura de estilo en una edición de estas características. Sólo que semejante pormenor morfológico es lo de menos.
Lo de más es que el dizque prólogo de Vargas Llosa se reduce a ser un resumen quirúrgico de la primera parte del séptimo capítulo de Historia de un deicidio, cuyas 138 páginas están dedicadas a Cien años de soledad. Encuentro magnífico que Vargas Llosa haya autorizado la reimpresión de esas escasas 34 páginas, pero mi opinión personal es que la edición habría ganado mucho si incluyera íntegro el exquisito bocado de cardenal que es ese capítulo séptimo. Aún sobrarían entonces 57 páginas para que los ocho restantes prologuistas y epiloguistas escribieran cada uno unas siete páginas, con lo que todos saldríamos ganando, hasta ellos mismos. De manera que en tal aspecto pienso que esta edición ha sido una ocasión como la de aquellas carambolas que le ponían a Fernando VII, sólo que bastante miopemente desaprovechada.
[Lo anterior no cuenta para Álvaro Mutis, quien tuvo la elegancia de limitarse a dos páginas, de nuevo dos páginas, tantas como las de su poema en prosa El viaje, que es, como tantas veces lo he dicho, ese cubito de caldo concentrado que diluido en el agua bendita de una irrepetible prosa dio lugar al banquete de Cien años de soledad].
Summa summarum por lo que se refiere a la edición: la relación calidad/precio del libro como producto, como manufactura, está conseguida. Con lo que quiero decir que el precio es barato, y la calidad, también. La verdad es que siento tentaciones de prestarle mi ejemplar a alguien, con la absoluta seguridad de que después de mi trasiego de sus páginas, al pobre amigo a quien se lo prestara se le desencuadernaría entre las manos y se vería obligado, si tuviese un mínimo de vergüenza, a comprarme un ejemplar nuevo. Pero mi mala leche no llega a tanto: la reservo íntegra para los editores de este mazacote de hojas pegoteado al lomo.
Last but not least 1.º: Después de la apoteosis del Nobel en 1982, y la de estos veinticinco años más tarde, ahora lo único que resta es esperar que tras la muerte del autor (a quien sinceramente le deseo que viva todavía muchos años y que disfrute jugando con sus nietos), las autoridades colombianas remitan al Vaticano el expediente preceptivo para la canonización de San Gabo.
Milagros no van a faltar en él. Bastaría con la ascensión de Remedios la bella, en cuerpo y alma, a los cielos, pues la Iglesia de Roma ya admitió, hasta como dogma, el precedente de la asunción de la Virgen María en las mismas condiciones. Y recordemos lo que sabiamente dice Fernanda del Carpio –muy católica ella– a propósito de su patraña de la presunta llegada del bebé Aureliano Babilonia flotando en una canastilla, como Moisés, y saliéndole así al paso a la compasiva objeción de la monja, la de que nadie se lo creerá: «Si se lo creyeron a las Sagradas Escrituras, no veo por qué no han de creérmelo a mí». [Este sí que es un catolicismo de veras, hasta el tan inteligente Benedicto XVI se vería en problemas para contraargumentarle.]
Sólo me quedaría por añadir la minucia de que, fatalmente, para poder hacer la reseña de esta edición, me sentí obligado, contra mi voluntad, a re­leer el texto de la novela que la provocaba. Pero ello merece un par de párrafos aparte, que en modo alguno deben entenderse como reseña de Cien años de soledad, sino nada más como impresiones de una relectura. Porque después de las miles de páginas que se han escrito sobre ella, después de los cientos de simposios que la tuvieron como protagonista, después de las docenas de tesis doctorales que se le han dedicado, a mí no me parece que sea una nueva reseña lo que le haga falta.
Soy persona de muchas relecturas, algunas circunstanciales y otras regulares y canónicas, como la obra completa de Ibsen desde Los pilares de la sociedad (no la anterior), cualquiera de mis dieciséis volúmenes de Bernard Shaw, El difunto Matías Pascal de Pirandello, Servidumbre humana de Somerset Maugham, Contrapunto de Aldous Huxley, Lady Jane & John Thomas de D. H. Lawrence, y Banderas sobre el polvo de William Faulkner, amén del Quijote y Borges con frecuencia y al buen tuntún. Hay en cambio tres libros que nunca volví a leer por miedo a que se me cayeran del pedestal –y de las manos–: La muerte de Virgilio de Hermann Broch, Rayuela de Julio Cortázar y estos Cien años de soledad que, obligado por el encargo de la reseña, he releído ahora, al cabo de cuarenta años de no hacerlo.
Conste, eso sí, que empecé a releer esta novela, y que a no mediar el susodicho encargo –que conllevaba el deber de una cuidadosa anotación– me hubiera jalado de una sentada y sin parar las 463 páginas que la componen.
Había releído –casi inmediatamente antes– otra de mis novelas predilectas, Orgullo y prejuicio de Jane Austen, cero de realismo mágico y diez de magia real. Pocas veces ha penetrado tan hondo y tan certero el bisturí de la palabra en el alma de unos seres humanos. Y aunque no tengo nada en contra de la levitación del padre Nicanor Reyna tras la ingestión de un chocolate espeso, ni tampoco del enjambre de mariposas amarillas señalando la presencia de Mauricio Babilonia, estoy más a favor del análisis de las conductas humanas, muy humanas. Todo eso que me falta, y es la gran falta, en Cien años de soledad.
Ojo, no estoy negando que sea una gran novela, ni que sea una obra de arte: es una gran novela y es una obra de arte. Tan solo me atrevo heréticamente a decir que me parece mero andamio de palabras, sin seres humanos de carne y hueso que lo sostengan ni lo habiten. Los Buendía y su familia son –perdón de antemano por la aparente paradoja– realmente fantásticos, y lo son en el sentido que usa este adjetivo Vargas Llosa en ese sustancioso capítulo séptimo de su Historia de un deicidio: «pura objetivación de la fantasía, estricta invención».
De siempre me he preguntado: ¿dónde están en las obras de García Márquez las personas de carne y hueso cuyos huesos y cuyas carnes sean algo más que palabras, palabras, palabras? Tomemos en esta novela a un solo personaje, Úrsula Iguarán, «aquella mujer de nervios inquebrantables» de la página 17, pero que ya en la 13 «perdió la paciencia» y en la 30 «se salía de sus casillas con las locuras de su marido». Passim. ¿En qué nivel de lo inquebrantable situar sus nervios?  Huelga decir que todas estas incongruencias remiten a otra afirmación del autor, acerca de su «defecto incorregible de no medir a tiempo mis adjetivos», una afirmación que se queda corta porque son varias otras cosas, muchas más, las que tampoco mide.
Primer ejemplo: el hecho de que la bisabuela de Úrsula Iguarán de la página 29 se convierta en su tatarabuela una página más adelante, y si dicha bisabuela vive y es madre de dos hijos cuando el ataque de sir Francis Drake a Riohacha, 1596, y la bisnieta –no tataranieta– es una mujer madura cuando aparece el daguerrotipo en Macondo, o los padres o los abuelos de tal bisnieta ­–o todos ellos– también tienen que haber sido bastante más que centenarios. Segundo ejemplo: que Francisco el Hombre sea una persona de casi doscientos años, pero también por la misma época del daguerrotipo (inventado en 1833) tocaba el mismo acordeón que le regalara en Guayana sir Walter Raleigh, fallecido en 1619. Y tercer ejemplo: no es posible que Aureliano Segundo, en una familia como la de los Buendía, no se dé cuenta en la página 249 de que los diecisiete hijos del coronel Aureliano no pueden ser sus primos, sino sus tíos: basta mirar el árbol genealógico: de quien son primos es de su padre Arcadio.
¿Ven ya por dónde voy?  Mi mirada ha perdido la inocencia de hace cuarenta años.
Me cuesta admitir la conducta de Amaranta con Pietro Crespi y con el coronel Gerineldo Márquez. Me cuesta admitir la inexplicada muerte violenta de José Arcadio y la subsiguiente viudez hermética de Rebeca. Me cuesta admitir que una niña aún no tenga nombre con su mamá ya embarazada por segunda vez. Y lo que más me cuesta admitir son las explicaciones que se imagina Úrsula Iguarán, en un vano intento psicologizante [¡ojo: del autor, no de ella!] por atar varias moscas por el rabo.
Se me argüirá que es que todo el libro implica una suspensión de la congruencia, pero esa es una falacia fácilmente rebatible. Porque, excepto en las incongruencias atrabilarias, como todas aquellas de que dejo constancia (hay más), el resto del libro es de una congruencia ejemplar. Todo encaja perfectamente en un juego magistral como de encaje de bolillos. Y es por eso que el libro, pese a todo, se sostiene. Parafraseando a Galileo: Eppur si legge! [¡Y sin embargo, se lee!] ¡Y cómo!
Pienso que la atracción casi magnética que ejerce esta obra se debe a su carácter fundacional y pionero, al hecho de que desbrozó definitivamente un camino que ya habían transitado otros sin la misma fortuna (El éxodo de Yangana, del ecuatoriano Ángel Felicísimo Rojas, sería el más preclaro anticipo), y que entretanto es una vereda enfangada de tanto tráfago, incluido el de su muy repetitivo desbrozador. Pero también pienso que a García Márquez le falta lo que George Steiner llama, en el caso del Shakespeare tardío, «el modo abreviado» [o Buero Vallejo en el de Velázquez, «la segunda manera»]. Le falta el soplo de la grandeza, inmolado en el altar de lo bien dicho, y a veces, demasiadas veces, de lo redicho: «fundaron a Macondo», «asaltó a Riohacha», etcétera, y eso escrito por alguien que despotrica contra la Academia. Ay, diosito...
Me bastaría con recordar lo que el autor confesó en Vivir para contarla, a propósito de su preocupación estilística («Soy muy sensible a la debilidad de una frase en la que dos palabras cercanas rimen entre sí, aunque sea en rima vocálica, y prefiero no publicarla mientras no la tenga resuelta»), y ponerlo en relación con la todavía más célebre frase que inau­gura su novela: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». ¿Debo añadir, retóricamente, que todas las cursivas de esta cita son mías?
He llegado a la conclusión de que lo real maravilloso, o lo real mágico, no es tanto lo que se cuenta sino el modo cómo se cuenta. Es la misma naturalidad con que Scheherazade, una de las mil y una noches, concretamente entre la 980 y la 989, relata cómo Alí Babá –escondido en un abrupto repecho– ve llegar delante de una peña a los cuarenta ladrones, y oye a su capitán gritar con una voz tonante: «¡Sésamo, ábrete», y cómo «al punto la peña se abrió cuan ancha era». Lo fantástico (y una vez más uso el término en la misma tesitura que Vargas Llosa en Historia de un deicidio) sucede sin necesidad de explicación. Como Tertuliano con la resurrección de Jesús, te lo crees porque es absurdo.
Last but not least 2.º: Apenas terminé de releer Cien años de soledad, me sentí jodido por un pensamiento insidioso. Enfrentado a su también célebre última frase («Todo lo  escrito en ellos [los pergaminos de Melquíades que contienen en clave la historia entera de la familia Buendía] era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra»), casi me pareció ver en ella una advertencia indesoíble a no haber releído esta novela. Pero ya era demasiado tarde para mí. 

01/06/2007

 
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