ARTÍCULO

Europa, el islam y sus descontentos

 

Si no con alarma, sí al menos con alguna variante de aquella ansiedad –identitaria, política, religiosa, moral– que se ha apoderado de Europa en las últimas décadas: así es como me imagino que ha de terminar el lector europeo de este libro del periodista estadounidense Christopher Caldwell, editor del The Weekly Standard y colaborador regular de periódicos como The Financial Times o The Wall Street Journal. A diferencia de otros libros sobre el tema, sin embargo –piénsese en los de Oriana Fallaci, por ejemplo, o en el de Christopher Hitchins sobre la religión–, Reflections on the Revolution in Europe es un libro muy alejado de las estridencias del panfleto o la tendenciosidad del tratado ideológico. Su tono es mesurado y reflexivo, y se ampara antes en la autoridad de los datos que en la de las opiniones –datos que presenta en abundancia y que trata con habilidad–, pero no deja de ser un libro polémico y cuyo claro objetivo es despertar a su audiencia europea de su sueño dogmático con relación a la inmigración, en particular la de origen islámico. Y aunque lo hace, cabe decirlo, de manera brillante y bien argumentada, se trata sin duda de un libro controvertido.
Ya el título constituye hasta cierto punto una provocación. Vincular la situación de la Europa actual con la Europa de la Revolución Francesa que fue motivo de las meditaciones políticas de Edmund Burke implica afirmar que en nuestros tiempos están gestándose fenómenos similares a los que sacudieron los cimientos de la civilización europea y mundial durante tal período, caracterizado por movimientos radicales, abundante derramamiento de sangre y un cambio general en las instituciones (y en el espíritu de la época). De la Revolución Francesa surgió el Estado moderno, pero también dio origen a las burocracias déspotas del comunismo y el fascismo. Si aquella revolución la provocaron agentes varios, como la decadencia del estamento aristocrático, desarrollos económicos y tecnológicos diversos, así como las ideas de la Ilustración, la que estaríamos viviendo ahora, según Caldwell, viene causada sobre todo por la masiva inmigración de origen islámico en Europa y la confusa (o decadente, si se quiere) cultura dominante europea que la hizo posible.
La intención polémica del libro opera, bien vista, en tres niveles. En primer lugar, dirige sus argumentos no tanto contra el islam –al que considera formidable en su energía unificadora– en tanto que corpus religioso o identidad cultural, sino contra la idea de que éste sea compatible con el sistema democrático occidental y con la cultura europea en particular. Esta compatibilidad sigue siendo defendida por buena parte del gremio político e intelectual europeo, por lo que su segundo frente de ataque es contra la élite intelectual y política europea de los últimos cincuenta años, sobre todo en lo que respecta a sus ideas utópicas sobre la inmigración y las minorías. Y, por último, este libro tiene como trasfondo la lastrada relación entre Europa y América, una relación caracterizada no pocas veces por la ambivalencia y el desentendimiento, y se trata, en cierto modo, de un ajuste de cuentas con el antiamericanismo tradicional de los europeos, una manera de decirles a estos últimos que sus ideas y prácticas, por bienintencionadas que hayan sido, les han llevado a un callejón sin salida, del que su herencia cultural no podrá ahora salvarles.
La primera parte del libro se dedica, por tanto, a demoler los argumentos tradicionales de los gobiernos europeos sobre la inmigración y el trato que se debe a las minorías étnicas. Después de la Segunda Guerra Mundial, Europa se vio de pronto necesitada de mano de obra. Al no poder hallarla en los países colindantes, dirigió la mirada hacia los países situados al sureste y sur de Europa, de mayoría musulmana. Los programas de trabajadores inmigrantes o huéspedes (los famosos Gastarbeiter de Alemania, por ejemplo) suponían que los inmigrantes trabajarían un par de años en Europa para luego regresar a su país de origen. Como se sabe, ocurrió más bien lo contrario, los inmigrantes se quedaron y trajeron en masa a sus familias, creando un ímpetu migratorio que aún no ha terminado.
Como la justificación de la temporalidad dejó de tener sentido, la élite política e intelectual creó la doctrina del multiculturalismo, de justificación sobre todo moral y, por consiguiente, allende los linderos del debate democrático. El horror de la Segunda Guerra Mundial había impuesto sobre la conciencia europea un complejo de culpa agobiante, que sólo podía aliviarse con una actitud tolerante con relación a las minorías, sin cuestionamiento de su naturaleza cultural o étnica. Asegurarse de que algo así como el nazismo no podría volver a surgir en estas viejas tierras suponía una protección para cualquier grupo que viniera a asentarse dentro de sus fronteras, sin importar su procedencia. Además, los derechos universales del hombre así lo determinaban, y ¿no era la Europa secular de donde procedían dichos derechos universales? De este modo, abrió sus puertas a una migración masiva, sin darse cuenta de que una gran mayoría era de religión musulmana, convencidas las élites de que las instituciones europeas estaban, por su misma secularización, bien protegidas de la intrusión de cualquier religión en la res publica. Pero, arguye Caldwell, las leyes e instituciones europeas se hicieron seculares por contraste con la religión cristiana, no la musulmana, una tradición distinta, y sujeta a otras premisas culturales, morales e institucionales, y esto ocurrió tras siglos de lucha y emancipación.
Europa se vio entonces en la paradójica situación de acoger en nombre de la tolerancia a una cultura global, el islam, con inclinaciones menos tolerantes que las esperadas, con un crecimiento demográfico que las hará dejar de ser minorías en un par de décadas, cuyo supuesto valor económico es más que dudoso y cuya integración en la cultura de acogida es, en una palabra, un fracaso. Fracaso que Europa, antes que preguntarse por las características intrínsecas de las culturas renuentes a la integración, sigue atribuyendo, en un acto reflejo que se repite a menudo, a factores ajenos a la naturaleza cultural del principal grupo que la constituye, el islam, como la discriminación, la pobreza o el colonialismo, factores todos en los que las minorías son más bien víctimas, no agentes en posesión de un ímpetu propio y cada vez más extendido. Un ímpetu que les hace elegir el islam por encima de una cultura que perciben como decadente, débil y hostil.
Estos últimos constituyen los temas de las partes segunda y tercera del libro, un análisis de las razones por las que los habitantes de cultura musulmana demuestran tanta resistencia a la adaptación cultural, razones que harán cambiar a Europa, según Caldwell, hasta dejarla irreconocible (el subtítulo del libro reza: «¿Puede Europa ser la misma con distintos habitantes?». La respuesta de Caldwell es, huelga decirlo ya, no). Europa se encontró, pues, de pronto («in a fit of absence of mind», escribe el autor) llena de inmigrantes islámicos, cuyos valores, antes que orientarlos hacia la integración con la sociedad que los ha hospedado, les llevan a la segregación y la animadversión del anfitrión, del cual se aprovechan de manera estratégica, pero hacia el que no sienten afinidad espiritual y no más lealtad que la circunstancial. Europa misma no sabe, por ende, lo que es ni lo que significa en este panorama de multiculturalismo globalizado. Incierta sobre sus valores y herencia cultural, escéptica en alma y práctica, ¿cómo puede oponer resistencia a una fuerza unificadora como la del islam? Sólo tímidamente y a trompicones, como sucede ahora que los huéspedes han empezado a hacerse notar, no sólo en la economía o la cultura, sino en la política nacional e internacional y en los temores de los ciudadanos nativos (término que utiliza Caldwell de modo flexible para referirse al habitante europeo con ancestros europeos).
El caso es que varios de los hechos que aduce Caldwell para apoyar su tesis son incontrovertibles, aun cuando su interpretación de los mismos no lo sea: la demografía de la Europa actual no puede llamar a engaño, por ejemplo. El incremento de la inmigración ha sido constante y países como España han experimentado un crecimiento migratorio de hasta el 21 por ciento anual (algo que hace escribir a Caldwell, como advertencia irónica para el lector, que la cifra no es un error tipográfico). La tecnología de las comunicaciones está creando un islam global, sin duda, del que los barrios periféricos de muchas ciudades europeas, llenos de satélites y provistos de Internet, se sienten parte. Hay ahora muchas más mezquitas que hace veinte años y una miríada de grupos de presión islámicos, con demandas cada vez más acuciantes y extensas. Ofender al islam en territorio europeo es cualquier cosa menos seguro, pues las fronteras son irrelevantes para cualquier fatwa ocasional, venga de donde venga, y que será aprobada con entusiasmo por no pocos habitantes musulmanes de la propia Europa. La mayoría de la población musulmana de varios países está desempleada y suele ser joven y desencantada, material perfecto para una eventual quinta columna musulmana que ya ha empezado a moverse, a veces espasmódicamente, como con las bombas de Londres o Madrid, o de forma imperceptible, con su crecimiento demográfico y su creciente aplomo social. Y Europa continúa convenciéndose a sí misma de que el problema es solucionable con más burocracia, mejores leyes y la misma inocencia de siempre.
Este libro ha sido acusado, como cabía esperar, de contribuir a un clima de enfrentamiento y de demonizar al islam. Estas acusaciones no son del todo espurias, pero no cabe duda de que Caldwell ha puesto el dedo en una llaga muy abierta de la situación europea actual. Caldwell, en tanto que pensador conservador, no es hostil a la tradición religiosa como tal y su libro destila admiración por el poder estabilizador y unificador del islam, justamente la razón por la que lo cree capaz de crear problemas revolucionarios en la endeble sociedad europea. Muchos estudios y encuestas avalan, además, varias de sus conclusiones, en la medida en que una y otra vez puede comprobarse que la lealtad primera (y muchas veces, la única) de una buena parte de los habitantes musulmanes de Europa no es para con aquella entidad abstracta que llamamos Unión Europea, o con el país que les ha dado acogida, sino para con el país de origen y, sobre todo, para con la Umma, la comunidad islámica. De ello no se deduce que todo musulmán europeo esté dispuesto a volarse por los aires para defender Palestina, pero sí que hay muy pocas personas musulmanas en Europa para las que Palestina, o Irak, o Afganistán, no constituyan una prueba de la animosidad de Occidente para con su religión, para las que el rol de víctimas del imperialismo estadounidense no sea una tentación demostrable, o para las que la civilización occidental sea superior moralmente a la propia comunidad. Y esto, arguye Caldwell, no puede ser una buena receta para la integración o la convivencia pacífica.
Cadlwell exagera, por supuesto, la peligrosidad del islam por mor de su argumentación general, pero no lo hace sin razones sólidas y apoyo documental, algo que debieran aprender nuestros políticos. Caldwell sí parece, empero, subestimar el poder moderador de la práctica democrática moderna, algo de lo que los inmigrantes musulmanes tienen poca experiencia, incluso en Europa, donde los gobiernos europeos han solido crear organismos de representación musulmana con los que poder dialogar con más efectividad, siquiera supuestamente, ya que las prácticas democráticas de sus interlocutores son poco menos que inexistentes y, en el fondo, no representan más que a minorías, a tribus o mafias avezadas que quieren aprovecharse conscientemente de los gobiernos europeos. Estos órganos no representan a la mayoría musulmana real, como no lo hacen los terroristas o los agitadores más radicales.
La cultura democrática y de derechos universales no echa raíces en una generación, ni en dos, y tiene que ser aprendida, por lo que pasará mucha agua bajo el río antes de que los beneficios de la participación política puedan competir con los de la adscripción identitaria en la comunidad musulmana europea. Es cierto que, ante la lealtad y compromiso que exigen las religiones, con su moralidad y sus mitos, sus héroes y sus símbolos, sus epopeyas y leyendas, las lealtades democráticas son pálidas y deshuesadas, pero esta es quizá su propia fortaleza, el tener mecanismos intrínsecos que eviten la solidificación ideológica y el fanatismo. A la larga, lo más probable es que, no sin problemas y quizá no sin algo de sangre de por medio todavía, ambos, la cultura europea y el islam, se beneficiarán de su contacto mutuo. Pero ello tomará tiempo, el tiempo que Caldwell no cree que tenga ya Europa y que es lo que más tiene el islam.

01/02/2010

 
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