ARTÍCULO

Las civilizaciones del profesor Huntington

Paidós, Barcelona, Buenos Aires, México, 1997
Trad. de J. P. Tosaus Abadía, revisión técnica R. Grasa
448 págs.
 

Cualquier lector de Borges lo sabe: los libros, las bibliotecas, son lugares peligrosos y enigmáticos. Mientras curioseamos los estantes de una librería podemos toparnos, entre Albert Camus y Javier Muguerza, con José María Carrascal. Tal vez un acontecimiento similar inspiró en el fondo a Sartre, Kierkegaard o Unamuno. Y es que prestamos poca atención a la aventurera labor de archiveros, bibliotecarios, cartógrafos, «politólogos comparativistas» (¡dios, qué nombre!) y, en general, a los esfuerzos de todos aquellos que tratan de ordenar universos caóticos y darles cierta forma. Acaso sólo descubrimos su importancia al ser sorprendidos por alguna de las grietas que surgen del delirio clasificatorio. Puesto que Samuel Huntington parece empeñado en un intento similar, bueno es que empecemos reconociendo la magnitud de su tarea..., así como alguna de las asombrosas decisiones previas que la acompañan.

Políticamente hablando, el mundo se ordena hoy alrededor de las civilizaciones. He aquí una primera decisión reflexiva que parece razonable. Pero las civilizaciones, a su vez, se ordenan de acuerdo con identidades culturales, y estas últimas se reducen a religiones. Los ortodoxos se enfrentan a los cristianos (protestantes y católicos están aquí juntos sin que sepamos por qué o por qué no. Una sospecha: los ortodoxos son cristianos, pero también son mayoritariamente rusos), los cristianos se oponen a los musulmanes, éstos a los budistas o confucianos o hinduistas, etc. En las primeras páginas del libro encontramos tres mapas. El primero dibuja en blanco y negro la dicotomía the West and the Rest hacia 1920. El segundo representa, con la inclusión del gris, el mundo de la guerra fría hacia 1960 (mundo libre, bloque comunista y no alineados). Al tercero le son necesarias nueve gradaciones de tinta para describir el mundo de las civilizaciones de los años noventa (occidental, latinoamericana, africana, islamista, china, hinduista, ortodoxa, budista y japonesa).

Empecemos, por el momento, con algunas perplejidades histórico-clasificatorias:

1) España, Grecia, Turquía, la Persia del sha eran parte del «mundo libre» (!) en los sesenta; Grecia pasa a ser ortodoxa («Grecia no forma parte de la civilización occidental», sic, pág. 193), Turquía es una sociedad desgarrada, Irán es hoy islámica y España se mantiene en Occidente en los noventa «por decisión de sus líderes» (pág. 160), dado que siempre pudo, según cree Huntington, encabezar una civilización latinoamericana alternativa [si bien es cierto que aquí no existiría (¿por qué?), como en el caso turco, «desgarro» alguno producto de esa elección].

2) Costa Rica o Chile, al parecer, nunca han sido occidentales, a pesar de poseer una rica historia como democracias estables (rota, en ocasiones, precisamente, por la intrusión de EEUU). Y la razón para ello es que Latinoamérica tiene una cultura autoritaria y su religión es, hasta muy recientemente, exclusivamente católica (pág. 51) y no esa peculiar mezcla de catolicismo y protestantismo típica del mundo occidental, aunque, confiesa Huntington tras dilatarse en esas ocurrentes explicaciones, hay que confesar que Latinoamérica «está cerca» de Occidente (pág. 287). Obsesionado con la búsqueda de diferencias cultural-religiosas que sirvan a su clasificación, el autor estadounidense descuida un factor crucial que le hubiera ayudado a establecer su distinción: son pobres.

3) La definición de las civilizaciones rusa y china es también cultural-religiosa y no considera, como parecería razonable, su reciente pasado, o su todavía presente, comunista como elemento diferenciador. Las identidades culturales y religiosas surgen intocadas tras setenta años de vivir, como el Guadiana, bajo tierra. De hecho no se trata sólo de una peculiaridad rusa o china: esta sorprendente capacidad para vivir enterradas de las identidades cultural-religiosas pertenece igualmente a Europa: lo que los europeos «quieren oír» es que Europa termina donde lo hace el cristianismo y empiezan los ortodoxos o el islam (pág. 190).

Estas y otras perplejidades que contiene el libro tienen una explicación: la sorprendente ausencia de política. O, mejor, la reducción de la política a las políticas de identidad que han dominado el horizonte estadounidense durante las últimas décadas. De hecho, las civilizaciones y sus choques recuerdan fuertemente a los conflictos multiculturales internos de los EEUU (afroamericanos, hispanos, orientales, musulmanes, etc.) y a la percepción de la política exterior en clave igualmente estadounidense (Rusia, Japón, etc.). Dicho con un ejemplo: Latianoamérica es una civilización distinta porque es una minoría diferenciada en el interior de los EEUU... y así casi con todo lo demás. (Les diré algo, aunque ustedes ya lo sospechan: Samuel Huntington es estadounidense.)

Enterradas entre los pliegues de esta explicación religioso-identitaria del mundo de las civilizaciones, existen algunas intuiciones válidas. Por ejemplo, la idea de que la religión es un arma antioccidental en sociedades no occidentales, es decir que, como decía Regis Debray, «no es el opio del pueblo, sino las vitaminas de los débiles» (pág. 119), o bien, la importancia de la comunalidad cultural como factor de la política contemporánea, etc. Pero pronto el exceso con el que persigue sus fines arruina la intención de Huntington: la mayor diferencia que puede existir entre la gente es la religiosa (pág. 304), las civilizaciones son las últimas tribus humanas y el choque de civilizaciones es el conflicto tribal a escala global (pág. 247), nadie tiene intereses globales de seguridad que sean significativos –ni ecológicos, ni nucleares, etc. (págs. 186)–, lo que cuenta ante una crisis es «la sangre, la creencia, la fe y la familia», la identificación cultural-religiosa desplaza a todo lo demás (págs. 147 y ss.), etc. Así las cosas, y puesto que las identidades cultural-religiosas no son negociables (es decir: no son políticas), los choques son inevitables: en el nivel macrocivilizatorio tenemos como choque primordial el de Occidente versus el resto, en el microcivilizatorio el del islam versus los otros (pág. 306). Tales choques, es innecesario repetirlo, no son económicos, sociales, políticos, etc., son cultural-religiosos, producto de la diferencia (pág. 251), que impide la confianza y la amistad entre las civilizaciones así definidas (pág. 247), aunque permite alianzas tácticas (la «conexión islámico-confuciana», pág. 285) generalmente contra Occidente.

Si a esta descripción le añadimos la decadencia (económica, política, cultural) de Occidente respecto del exterior y su decadencia interna (económica, demográfica, de la familia, de la ética del trabajo, religiosa, etc.), el riesgo de guerra civilizatoria, que «no es inevitable, pero puede suceder» (pág. 362), se convierte en el primer mensaje del libro. Y las recetas para afrontar ese riesgo son varias, pero pueden reducirse a dos tipos: internas y exteriores.

Las pertenecientes al primer tipo son mecanismos de reforzamiento del entramado interno de Occidente. Reforzamiento cultural religioso (a Huntington le preocupa la enorme cantidad de descreídos que hay en Europa, aunque admite que tantos ateos y agnósticos puede que sólo sean una amenaza a largo plazo –pág. 305–, lo que tampoco se entiende muy bien si recordamos que la religión es su principio definidor de las civilizaciones). Reforzamiento de los lazos de la cultura occidental (lo que significa lucha contra el ideal multiculturalista tan presente en EEUU y la búsqueda de la asimilación de los inmigrantes o las minorías). Revitalización de la propia cultura (renovación de la vida moral, aumento de la comunalidad cultural e incremento de la seguridad mutua). Etc. En una palabra: hay que cerrar, reforzar y homogeneizar Occidente. El segundo tipo de recetas se refiere a la acción exterior de Occidente. Aquí se trata de dejar de apoyar sociedades multicivilizatorias y retrazar las fronteras en términos religioso-culturales, o bien no pretender reformar otras civilizaciones imponiéndoles ideas occidentales tales como los derechos humanos, o bien abstenerse de intervenir en los conflictos de otras civilizaciones, etc. En una palabra: hay que volver a los equilibrios inestables de la guerra fría definidos ahora, no ideológicamente, sino de acuerdo con las políticas de identidad.

Para que se entiendan bien las consecuencias de ambos tipos de recetas consideremos un ejemplo que nuestro autor nos ofrece: el caso bosnio (págs. 337 y ss.). Durante el conflicto todo funcionó de acuerdo con las políticas de identidad: los rusos apoyaron a los serbios-ortodoxos, los europeos a los croatas-católicos y los islámicos a los musulmanes-bosnios. Sólo Estados Unidos, para irritación de Huntington, se saltó las líneas civilizatorias al apoyar a Bosnia, obligando a nuestro autor a buscar razones en la realpolitik o en la legendaria «ingenuidad» yanqui para justificar ese comportamiento no alineado con las civilizaciones (pág. 347). Si la guerra civil española fue preludio de la II Guerra Mundial, el conflicto en la ex Yugoslavia será el preludio del choque de civilizaciones (pág. 348). Y aquí hemos tocado fondo. Nosotros los occidentales no podemos ni debemos identificarnos con un proyecto político como el bosnio, multicultural, tolerante y enfrentado a sus adversarios en un medio de limpiezas étnicas y genocidios. No podemos ni debemos apoyar la creación de sociedades multicivilizatorias tolerantes (esto es, parece, un absurdo), aunque esto sea precisamente lo que aconsejaría la cultura política liberal-democrática que consideramos nuestra. Aunque yo sienta los valores políticos de la causa bosnia como mis valores, aunque crea que la tolerancia y la paz son las soluciones más legítimas (confieso que no sé si, a estas alturas, son también las más eficaces) para los conflictos sangrientos vividos en esa zona del planeta, pese a todo ello, debo renunciar a mi cultura política para proteger mis identificaciones cultural-religiosas.

Volvamos, pues, al principio: Borges, las enigmáticas y arriesgadas bibliotecas, la aventurera labor de los archivistas... Huntington el cartógrafo ha equivocado el criterio clasificador. No es que las identidades culturales no sean importantes (es evidente que lo son), es que ni son únicas, ni son innegociables, ni pueden reducirse a la religión, ni están cristalizadas de una vez y para siempre. Como el ejemplo de Bosnia muestra con claridad nuestra identificación con ciertos valores políticos puede ser más poderosa que otras identificaciones. Es más, toda identidad (y también en cierta medida las religiosas) es el producto de la acción política y su resultado, no únicamente su supuesto. La idea de que la I Guerra Mundial fue una lucha entre las democracias liberales y la autocracia prusiana sólo surge en y tras el conflicto mismo. La idea de que Sadam Hussein era defensor del islam sólo surge en y tras la Guerra del Golfo (y tal descripción hubiera sorprendido a cualquier observador si se hubiera realizado antes del conflicto).

El rígido esquema identitario-culturalista de Huntington elimina los matices, el dinamismo político y también las dificultades y las elecciones trágicas a las que nos vemos enfrentados en política internacional hoy. No estamos, sin embargo, «condenados a la identidad», sino obligados a manejarnos en una densa trama de identidades. Y es el juicio político aplicado a esos «materiales identitarios» dúctiles lo que nos permite reorganizarlos, reinterpretarlos, recrearlos y transformarlos políticamente. De hecho, creo, eso es lo que hoy constituye nuestra libertad política en el mundo de lo globalHay que agradecer la prontitud con la que la editorial Paidós ha trasladado esta obra al castellano. También hay que agradecer la pulcritud y el buen hacer de los traductores. Si acaso podría haberse mejorado la edición española incluyendo un índice analítico, que sí existe en la edición original de Simon & Schuster, y que resulta muy útil en este tipo de obras.

01/05/1997

 
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