ARTÍCULO

El viaje iniciático de Chéjov

Ediciones Ostrov, Madrid, 1998
Traducción, introducción y notas de Víctor Gallego
 

Al igual que cualquier hombre que se siente cercado y oprimido en su país o en su entorno, Antón Chéjov anheló en ciertos momentos de su vida escapar, liberarse, situar en un lugar muy distante la meta de aquella necesidad que era salvar su intimidad, su deseo de soledad, su tiempo de escritor. En muchas ocasiones había soñado con los países de Europa occidental pero una vez pensó en el extremo opuesto, un punto en los confines del Imperio ruso, la lejana isla Sajalín en las frías aguas del Pacífico norte, de dificilísimo acceso a través de miles de kilómetros, pues aún no existía el Transiberiano; como si cualquier otro lugar le pareciese demasiado próximo.

Esa huida la llevó a cabo cuando tenía treinta años, en 1890, y fue un viaje que ejerció profunda influencia en su obra posterior; su resultado práctico fue un largo estudio de los establecimientos penitenciarios en la isla y una crónica de viajero, ambos aspectos curiosos e interesantes del libro que publicó en 1895, que está completado con 206 notas aclaratorias del texto. Libro que aparece ahora traducido al castellano –con meticulosa traducción y una documentada introducción por Víctor Gallego–, lo que antes no se había hecho en España pues Chéjov ha sido conocido y admirado como cuentista y autor teatral.

Sorpresa produjo en amigos y familiares de Chéjov la decisión de este viaje sin finalidad concreta, y sus biógrafos buscaron el motivo de tan peligrosa travesía, que tendría que hacer en coches de caballos o en barcos inseguros por los grandes ríos, y sufrir penalidades agravadas por el delicado estado de salud del escritor. Se ha propuesto la justificación en un proyecto científico relacionado más o menos con la medicina, propio de su profesión; se ha pensado en una frustración amorosa, estúpida interpretación de quienes no sabían que Chéjov amaba a las mujeres pero serenamente, estableciendo con ellas una distancia afectiva en defensa de su independencia y libertad. Él mismo, en una carta –que se reproduce en la introducción–, al famoso editor y amigo Suvórin, poco más de un mes antes de partir, reconoce: «Mi viaje no constituirá una notable contribución para la literatura ni para la ciencia», afirmación que niega propósitos especiales.

Desde que era un muchacho, Antón Chéjov había sido cargado con la responsabilidad de la familia, tan desvalida ésta que tuvo en él un único apoyo. Antón, ya estudiante de medicina, se veía obligado a colaborar en modestas revistas de humor para lograr escasas ganancias con que mantener a sus padres y hermanos, en total siete personas. Sólo veladamente lamentó esta sujeción porque su sentido del deber, su equilibrio mental, su piedad por las debilidades humanas le llevaron a ser un padre en un conjunto familiar donde el padre era un pobre hombre y de los dos hermanos mayores, inútiles, nada esperaba sino envidia. El segundo, Nikolai, enfermó y al tenerlo que trasladar al campo, nadie de la familia se prestaba a hacerlo y Antón, en una carta, escribía: «Qué carga para un creador. Uno está enfermo, otro enamorado, el tercero habla mucho, etc. Qué de preocupaciones tengo con ellos». Chéjov soportó como episodio corriente tener que asistir al enfermo en un pueblo, más su muerte. Días antes de ésta escribía a un amigo: «Sería feliz de poder huir a París y contemplar el mundo desde lo alto de la torre Eiffel pero, ay, estoy atado de pies y manos y no tengo derecho a cambiar de lugar»; después del entierro, escribía: «Quiero ir a algún sitio. ¿Dónde?, no lo sé».

Por entonces concibe el plan de Sajalín, lógico impulso para zafarse de tantas obligaciones que él asumió con resignación y comprensión de las carencias familiares. Su discreción y su tolerancia fueron unas de sus notables cualidades que no son elogios de sus biógrafos sino evidente comprobación del espíritu de sus maravillosos cuentos y de lo que se dice en el escenario de Tío Vania o Tres hermanas.

Escapa a Sajalín, recorre el centro y el sur de la isla y se dedica a estudiar lo que era colonizar un territorio mediante población carcelaria en un clima durísimo y con falta de los medios imprescindibles. El cuadro que describe es penoso por la miseria, el sufrimiento, la pasividad de los deportados que iban allí con esposas e hijos. Durante tres meses visitó, acompañado de un guardián, por seguridad, los presidios y las chozas de los forzados, pues las autoridades no se opusieron sino que le ayudaron en sus tareas. Levantó un censo detallado de aquella población, lo que representaba varios miles de presos, y encontró que muchos no recordaban los años que llevaban allí o su origen. Apuntó infinidad de temas de lo que era la existencia humana, los paisajes, la economía, la sanidad, las costumbres primitivas; por ejemplo, al llegar del continente los grupos de mujeres presas, eran designadas éstas para el servicio de quienes lo solicitaban, considerando que dignidad y sentimientos habían desaparecido en ellas por el hecho de delinquir, con lo que la prostitución estaba generalizada. Una naturaleza grandiosa, con riquezas inexplotadas, estaba regida por unos representantes del poder que carecían de capacitación para su cometido. Como en toda la Rusia de entonces, el monopolio oficial del vodka extendía el alcoholismo, acentuando la torpeza en el trabajo y en el castigo de los deportados.

Una conciencia tan delicada, tan civilizada como era la de Chéjov pronto quedó herida por cuanto allí veía y le pareció un infierno la existencia en aquel territorio que por su situación geográfica más pertenecía a Oriente, a Japón o a China que a Rusia. Tan alejado del mundo conocido, su descripción se creerá sólo apropiada a estudiosos de la organización de prisiones y aspectos sociales de éstos; por el contrario, el talento de Chéjov da amenidad a la amplitud de intereses que abarca. El gran narrador que fue siempre, aquí convierte en relatos, parecidos a algunos cuentos suyos, las conversaciones que mantiene, las historias singulares que le cuentan, las escenas que ante él tienen lugar y que describe con hábil detallismo, valentía y ternura, característica admirable de sus mejores creaciones.

01/08/1998

 
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