ARTÍCULO

La restitución del padre

Espasa Calpe, Madrid, 1998
264 págs.
 

Esta obra, y el hecho más decisivo en la vida de Fernando Arrabal, comienza el 17 de julio de 1936 en Melilla, lugar donde el teniente Fernando Arrabal, llamado en la narración Ruizbal, es detenido por no sublevarse contra el gobierno legalmente constituido. Fue condenado a muerte al no querer aceptar otro gobierno que el de Casares Quiroga. La guerra civil española había comenzado. El 7 de abril de 1937 un consejo de guerra de oficiales generales, en Ceuta, le condenaría a reclusión perpetua. En 1939 ingresa en la prisión central de Burgos y a finales de 1941, estando preso en un psiquiátrico, se fuga sin que se volviera a saber nada más sobre él. Pero el escritor Fernando Arrabal tardó en saber que su padre podría estar vivo por la sencilla y terrible razón de que su madre se lo ocultó. Lo dio por muerto. Esta es la causa de que la obra y la vida que refleja se constituyan en la restauración de la vida de ese teniente: primero, entre datos e imaginación, a través de la narración de su último día; luego –sin duda la parte más dramática y testimonial, aunque menor tal vez en su valor literario en una obra presentada en una colección de «narrativa»–, en la reconstrucción novelística y teatral de los datos que su madre le fue transmitiendo sobre la prisión y «muerte», luego desaparición, de su padre. Por fin, los documentos: la correspondencia entre Arrabal y su madre, diversos informes y la conocida «Carta al general Franco», que circuló en el tardofranquismo de manera clandestina y que, releída ahora, sigue emocionando por su valor testimonial irrefutable.

El joven Arrabal descubre en la alacena de la casa una serie de documentos ocultados por su madre, que son el detonante de una larvada sospecha: su madre había tenido un comportamiento poco ejemplar con su padre durante el tiempo en que éste estuvo preso. Descubre, además, cartas enviadas al director de la cárcel de Burgos, en las que quiere hacer ver que su marido «estaba trastornado». «Tratabas –le escribe Arrabal a su madre– de convencer, envuelta en humo, a la Administración, para que cuando alcanzara la "libertad condicional" le encerraran de nuevo.» En carta posterior a su hijo, ella confirma esa intención, aduciendo la supuesta enfermedad mental de su marido y la imposibilidad material de atenderlo. Así que cuando le levantaron la condena y pudo salir, fue directamente a un manicomio de donde se fugó meses más tarde. Arrabal no lo dice, pero es lo más evidente: es muy probable que su detención y fusilamiento fueran inmediatos.

La actitud materna, aquí documentada y dramatizada, fue educar al hijo en la imitación de los vencedores. «Se diría –escribe Arrabal a su madre tratando de dar una explicación sociológica y psicológica a un tiempo– que te impulsaron las circunstancias a aceptar la violencia del agresor, su victoria y angustia.» No sabemos por qué su madre se empeñó en convertirlo en ferviente católico, militar y en el enemigo ideológico de su padre. Por lo que con dureza confiesa su madre, no tiene del teniente Arrabal una gran opinión, y lo que dice parece lo opuesto a los testimonios recogidos por su hijo a lo largo de los años. La ocultación de la huida del padre se convierte en Arrabal en una búsqueda denodada y dramática. Pensó que había muerto y estaba vivo, pero lo peor es que la madre a la que quiere (un amor odio que Arrabal investiga poco) se constituye en enterradora y por lo tanto condena a su hijo a la orfandad. Hay dos aspectos en esta obra: uno, el social y político representado por el alzamiento militar y la condena a muerte, convertida en prisión perpetua y luego liberación del teniente Arrabal; dos, la ambigüedad de su madre, su temperamento dado al chantaje emocional y su voluntad de educar a su único hijo (la madre no se volvió a casar aunque se da a entender una relación afectiva con un comandante denominado en la narración Jotefón) con los valores de la «nueva España», procurando en una hipérbole de interiorización del verdugo, de que hiciera la carrera militar, lo que lo convertiría, en lo imaginario, en cómplice del encarcelamiento/muerte/desaparición de su padre. ¿Qué le queda al lector? Un testimonio, por momentos valioso, de uno de los dramas de nuestra guerra civil y de la dictadura, y un documento para comprender mejor la vida y la obra del escritor Fernando Arrabal.

01/09/1998

 
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