ARTÍCULO

Zonas muertas

Pre-Textos, Valencia
154 pp. 13 €
 

Gonzalo Calcedo ocupa un lugar privilegiado en el panorama del cuento español actual, circunstancia que no lo exime de la invisibilidad ante las grandes tribunas de la divulgación literaria. Entre las causas figura la marginalidad de un género que sobrelleva la existencia del superviviente que sabe perfeccionarse y obtener estímulos con las circunstancias de la precariedad. Pero también habría que considerar la incómoda ambición de una escritura empeñada en desvelar la verdad sobre algunas de las enfermedades morales de nuestro tiempo, sin atenuantes ni simplificaciones éticas o formales.
Tras Temporada de huracanes (2007), los seis relatos de Cenizas siguen la misma senda de inquisición en las zonas muertas que oculta una parte de nuestra sociedad bajo un simulacro de beatitud satisfecha por la opulencia. Como los árboles petrificados de la taiga, los personajes de estos cuentos, enfrentados a su declive profesional y vital, sólo conservan una latencia apenas perceptible de lo que antes fue vida (esperanza, sentimientos nobles, amor). El narrador, impecable en su distancia moral, da fe de la última irrupción de ese oculto latir de la vida, generalmente mediante algún reencuentro («Época de tigres», «Emboscada») o experiencia que permite la recuperación del pasado. Pero esa fulguración es sólo momentánea, y su calidez efímera es la de los últimos rescoldos que agonizan entre cenizas frías.
Esa imagen central de las cenizas da color a los espacios de la desolación: oficinas impersonales donde se incuba la traición y el fracaso; urbanizaciones burguesas en las que todo es distancia; una casa familiar en su deterioro inapelable. Y, en estrecha continuidad con esos enclaves cenicientos, el páramo del alma, donde no hay asideros ni remisión para la desgracia. En ese entorno tan cercano a la muerte, los personajes chocan y se reprueban mutuamente en una agonía dramática donde brillan los diálogos inteligentes y esenciales, demoledores. Esa crueldad acentuada por el sarcasmo y la desesperanza de los agonistas es, no obstante, su forma desesperada de sentirse aún vivos. Pero, a diferencia de la tragedia clásica, no es posible la catarsis liberadora, de modo que, tras su clímax, cada historia deja a sus protagonistas a la intemperie de su propio vacío. Un vacío del que son plenamente responsables y que los convoca a una perpetuación en forma de fantasmas.

01/12/2008

 
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