ARTÍCULO

El hombre que ganó

El País-Aguilar, Madrid, 300 págs.
 

Este Cela, el hombre que quiso ganar que ha escrito Ian Gibson es muy probable que sea el mejor libro publicado hasta la fecha sobre el escritor y Premio Nobel gallego. Es un libro bastante precipitado, quizás algo oportunista, tremendamente descompensado, un tanto ligero y arriesgado en muchos de sus juicios e impresiones, inexacto a veces, equivocado en detalles. Pero consigue hacer un retrato, no sé si apasionado –¿vendría aquí a cuento aquel término «etopeya»?– en contra y a favor de Camilo José Cela como persona y como artista que resulta de una veracidad y perspicacia ciertamente notables.

Frente a otros libros también apresurados y sin duda más oportunistas que recientemente trataron de sacar provecho de la actualidad propiciada por la muerte de Cela y por un cierto morbo en torno a las circunstancias familiares o judiciales –los libros de Francisco Umbral y Tomás García Yebra, por ejemplo–, Gibson va construyendo un esbozo de biografía y de valoración de la obra celiana basada en el análisis meditado de los textos y un cotejo razonable de las fuentes más accesibles que, unidos a una intuición e inteligencia certeras, conducen a unos razonamientos y conclusiones más que plausibles. Para alguien que no conociera a Camilo José Cela, o que no tuviera formada una opinión sobre él –si es que eso es posible en el ámbito español–, Cela,el hombre que quiso ganar es un ensayo excelente para acercarse al autor y a su obra. Y para quien la tuviera, de confirmarla o modificarla.

Según nos explica –sobre todo en entrevistas concedidas a raíz de la aparición del libro–, Gibson partió de un sentimiento de hostilidad hacia el objeto de su trabajo y fue paulatinamente reconciliándose con él al conocer mejor lo que había escrito y comprender que era un literato monumental y que la mayoría de las críticas de sus críticos, o eran personales o procedían –y proceden–, de quienes casi no lo habían leído.

Por supuesto que la leyenda del personaje ganador Camilo José Cela, el que obsesiona a Ian Gibson, se la construyó él mismo con toda deliberación. El que resiste, gana, pues. No es descubrir nada nuevo decir que Cela sentía una pulsión incontrolable por ser protagonista de todo y centro de atención de cuantos más, mejor. Pero al elaborar ese personaje agudo y bronco, procaz y desvergonzado que lograría hacer popular se fabricaba asimismo una coartada que le permitía, frente a los editores, escribir lo que le daba la gana y asegurarles que podrían venderlo. Por ejemplo, Oficio de tinieblas, 5, una obra maestra de la prosa poética surrealista, es un libro que en 1973 podría aspirar a tener dos o tres mil lectores en España, como mucho, pero la editorial Noguer vendió al menos cincuenta mil ejemplares. Igual pasa con la mayoría de sus novelas posteriores. Así que Cela no sólo fue un gran escritor sino un genio del marketing –incluso avant-la-lettre– que encontró el modo perfecto para satisfacer su ego, solventar su economía y no hacer concesiones a la hora de cumplir con su conciencia de creador. Lástima que el personaje, como bien relata Gibson, se le escapase de las manos entre la adulación de sus últimos años.

La facilidad de acceso del material relativo a esos últimos años –el Premio Nobel, el divorcio y segundo matrimonio, las polémicas absurdas y los pies sacados del tiesto, el entierro y el testamento– es lo que produce el mayor desequilibrio en el conjunto del libro de Gibson y el mejor testimonio de su apresuramiento a la hora de redactar el trabajo.

Ese apresuramiento propicia abundantes descuidos e imprecisiones que desmerecen un tanto el producto y parecen pedir a gritos, si no la biografía definitiva y bien documentada que el propio Gibson reclama en diversas ocasiones –y para la que él no se postula abiertamente, pero para la que sin duda sería un magnífico candidato a la vista de los resultados de esta primera cala–, sí al menos una edición revisada, porque lo paradójico del caso es que Gibson ejerce repetidas veces de maestro Ciruela y critica aquí y allá detalles minúsculos en las ediciones que maneja de las obras de Cela, elegidas con criterio bastante inadecuado. La paja en el ojo ajeno.

Reclama, por ejemplo, una datación de los artículos de Cela en la prensa, pero no tenía más que haberse hecho con un ejemplar de los tomos de la Obra completa (Ed. Destino) donde se recogen (los que hay hasta ahora, claro está) para encontrar la referencia de cada una de las ediciones de esos textos meticulosamente anotada por ese gran bibliógrafo y celista que es Fernando Huarte Morton. Otra de las cosas que Gibson reclama son los índices onomásticos para casi todo. No hay más remedio que sumarse a ese desideratum, pero me temo que no es algo que se pueda contabilizar en el «debe» de Cela, sino más bien en el de las casas editoriales españolas. Y si se hacen índices, deben revisarse con buen cuidado, y evitar que el poeta José García Nieto aparezca con ese nombre y con el de José Nieto –Gibson lo cita así un par de veces (págs. 123 y 167), cuando así nunca lo llamó nadie– como si fueran personas distintas. Por ejemplo.

Se excede Gibson cuando pone como jocoso ejemplo del nulo inglés de Cela que «ni sabe que prick es una de las variantes jocosas de "pene" más conocidas en el idioma que él tanto se porfía en desconocer» al citar un relato de Samuel Beckett, «A Wet Night», incluido en un librito de 1934, More Pricks than Kicks, títulos que en Memorias, entendimientos y voluntades se transcriben «A West Night» y More Picks... Efectivamente, el inglés de Cela era inexistente, pero en dos ediciones del ejemplo que Gibson aduce –las de Sedmay y Obra completa (tomo XV) de la Enciclopedia delerotismo, no dispongo de la primera publicación en la Revista de Occidente – leo pricks y no picks, aunque sí West, lo que más bien da a entender errata que ignorancia.

En todas partes cuecen erratas. Y en todas partes cuecen descuidos, incluidos los libros del picajoso Ian Gibson, gran aficionado a los sics. Vayan muestras: en la página 170 se menciona el 2 de febrero del año 2002 (sic) en vez de 2003 como fecha de la muerte de Charo Conde, aunque más adelante se hable de que sólo hace «unos meses», es decir, en 2003, dato correcto. Sin razón aparente se obstina en mencionar a san Camilo de Leilis (sic) en vez de Lelis, como escribe siempre Cela, o Lellis, que también recogen los santorales. Comete errores gramaticales serios, como leísmos (pág. 201: «[Marina Castaño] consiguió que se le (sic) presentasen [a Cela].»), o anacolutos (págs. 170-171: «Visitó a Caballero Bonald en Mallorca un tal Daniel Rosselló... y su amante».). En el texto se habla del libro El camaleón solitario, que en la bibliografía se cita correctamente: El camaleón soltero. Y así.

Hay alguna quiebra más, como no haber leído y utilizado una novela iluminadora para estudiar la relación de Cela con su madre, de la que se ocupa en extenso: Mrs. Caldwell hablacon su hijo, que se cita de pasada en el texto, pero ni siquiera aparece en la bibliografía. Y la propia bibliografía, tan incompleta y pobremente seleccionada, pues, aun sin atender temas de critica literaria, bien hubiera podido presentar alguna lectura orientadora y no tantas invenciones de la pólvora o descubrimientos del Mediterráneo al hablar, a veces con cierta extensión, de esas cuestiones.

Podríamos seguir así muchas más líneas, o discutir paso a paso ciertos juicios que Gibson nos propone. Pero, con todo, lo realmente sorprendente es que, a pesar de haberse basado casi sólo en dos libros de memorias –noveladas, dice con razón– y en prensa reciente, tendríamos que llegar a la misma conclusión apuntada al principio: que quizá sea éste el mejor libro que hay hoy sobre el escritor y Premio Nobel gallego. Y hay bastantes.

01/09/2003

 
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